Rogue Trooper: Muerte de un soldado. Desmontando la épica bélica

Hay algo profundamente enternecedor en el universo de Rogue Trooper. No por sus personajes, claro. Ahí lo más parecido a un abrazo suele ser una explosión química en la cara o un superior gritándote mientras te manda a morir por la patria (lo normal en los ejércitos de todo el mundo). No, lo enternecedor es comprobar que, incluso miles de años en el futuro, la humanidad seguirá pensando que la mejor manera de solucionar problemas es crear supersoldados genéticamente alterados, meterles la conciencia de sus amigos muertos en electrodomésticos militares y luego sorprenderse muchísimo cuando todo eso deriva en traumas, conspiraciones y cadáveres amontonados bajo toneladas de barro tóxico. La ciencia avanza. La estupidez militar, aparentemente, también.

En medio de semejante festival de decisiones cuestionables aparece el tomo de «Rogue Trooper: Muerte de un soldado», donde Garth Ennis regresa al personaje con la misma energía de alguien que acaba de encontrar una caja llena de munición vieja y piensa: “esto todavía puede hacer mucho daño”. Porque si algo le gusta a Ennis más que escribir soldados desquiciados, es escribir soldados desquiciados atrapados en guerras absurdas dirigidas por mandos militares todavía más desquiciados. El hombre lleva décadas convirtiendo el horror bélico en entretenimiento maravillosamente cínico y aquí vuelve a demostrar que entiende a la perfección el ADN de Rogue Trooper. Que tampoco era difícil pillar el tono, sinceramente.

Estamos hablando de una franquicia nacida en las páginas de 2000 AD, ese lugar mágico donde los británicos decidieron que la mejor forma de procesar la ansiedad política y social de los años ochenta era publicar historias donde todo el mundo vive bajo gobiernos fascistas, las ciudades son estercoleros violentos y los protagonistas tienen el aspecto psicológico de alguien que lleva quince años durmiendo dentro de una trituradora industrial. El optimismo nunca fue una prioridad.

Rogue Trooper siempre tuvo algo distinto. Debajo de toda la estética pulp, de los rifles gigantescos y de los nombres de lugares que suenan a detergente radiactivo, había una idea bastante triste: un soldado que sigue luchando acompañado literalmente por las conciencias digitalizadas de sus amigos muertos. Lo normal, vaya. Lo que para cualquier otro cómic habría sido una excusa graciosa para vender juguetes parlantes, aquí se convierte en un recordatorio constante de que la guerra ha destruido a todo el mundo hasta niveles absurdos.

Eso es precisamente lo que Ennis aprovecha en estas páginas. Porque el tebeo arranca con una premisa que ya huele sospechosamente mal desde el minuto uno: resulta que regresar de la muerte en forma de biochip tiene ciertos “efectos secundarios”. Una noticia impactante. Quién podría haber imaginado que almacenar la conciencia humana en hardware militar experimental quizá no fuese un procedimiento médicamente recomendable. Seguro que nadie en el Mando Militar vio venir este problema. Debían estar demasiado ocupados enterrando secretos y redactando informes llenos de frases como “daños asumibles” y “gastemos más en balas que el presupuesto está para algo”.

La historia gira alrededor de esos soldados muertos cuyos biochips siguen “vivos”, aunque cada vez queda menos claro qué significa exactamente seguir vivo en este universo. Ahí Ennis se pone especialmente juguetón, porque lo que podría haber sido solo una aventura bélica de tiros y monstruos termina convirtiéndose en una historia bastante amarga sobre identidad, memoria y manipulación militar. Todo ello, eso sí, sin dejar de lado las explosiones. Porque una cosa no quita la otra. Además, el guionista aprovecha para recuperar y expandir conceptos clásicos de la serie original sin que parezca el típico ejercicio de nostalgia cansina de “¿recordáis esto de los ochenta?”. Aquí las referencias tienen sentido. Especialmente todo lo relacionado con Gunnar y ciertos experimentos militares que ya apuntaban maneras turbias en historias anteriores. Ennis ata cabos sueltos como quien encuentra un cadáver escondido debajo de una alfombra y decide que quizá conviene investigar un poco más. Y lo hace con una naturalidad admirable. Nunca tienes la sensación de estar leyendo un cómic obsesionado con reverenciar el pasado. Al contrario, funciona perfectamente como relato autónomo. Puedes entrar sin haberte leído media biblioteca de 2000 AD y seguir disfrutando de la experiencia. Aunque probablemente acabes pensando que el ejército de Tierra Nu debería ser investigado por absolutamente todos los tribunales galácticos posibles.

También ayuda muchísimo que Patrick Goddard esté completamente desatado en el apartado gráfico. Su dibujo tiene exactamente el nivel de suciedad industrial que necesita Rogue Trooper. Aquí todo parece incómodo de tocar. Las armas tienen pinta de pesar más que un frigorífico lleno de ladrillos, los vehículos parecen construidos por mecánicos con problemas de ira y los paisajes desprenden una toxicidad que casi atraviesa las páginas. Hay viñetas donde puedes notar físicamente la humedad radiactiva. Y qué maravilla le sienta el blanco y negro a esta historia. Porque Goddard entiende que Tierra Nu no necesita colores brillantes. Este mundo funciona mejor cubierto de sombras, humo y barro. El resultado visual recuerda constantemente a ese cómic británico clásico donde todo parecía diseñado para darte hepatitis con solo mirarlo. Un cumplido enorme, por cierto.

En cuanto a la edición de Dolmen Editorial, poco que reprochar. El tomo con traducción de Alberto Díaz viene como el resto de la colección. Con la introducción de Barsen Sánchez explicando lo que nos encontraremos en el tebeo. Y además resulta interesante la entrevista a Ennis incluida al final, donde habla sobre su relación con los personajes clásicos de 2000 AD y demuestra, una vez más, que probablemente disfruta escribiendo guerras futuristas más que cualquier ser humano razonable. También se incluyen las portadas originales y textos contextualizando la obra, algo que siempre se agradece en este tipo de ediciones.

Al final este tebeo de «Rogue Tropper: Muerte de un soldado» no reinventará el género ni cambiará la historia del cómic británico. Pero tampoco le hace falta. Lo que hace es recordarte por qué Rogue Trooper sigue funcionando décadas después: porque debajo de toda la munición, los rifles absurdamente grandes y las armaduras imposibles siempre hubo una historia profundamente humana sobre la pérdida, la lealtad y la forma en que los sistemas militares convierten personas en herramientas desechables. Todo ello, claro, mientras alguien explota espectacularmente en segundo plano. Porque esto sigue siendo 2000 AD.

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