Volvemos a la carga con ese señor bajito con unas garras que cortan hasta el aire y que nunca consigue que lo dejen en paz. Porque claro, todos conocemos a Lobezno como ese señor calmado que se dedica a la jardinería, hace yoga y quizá colecciona tazas de “Vive, Ríe, Desagarra”. Pero no. En cuanto alguien pronuncia las palabras “viejos enemigos”, “Hulk” o “trauma postapocalíptico”, el hombre vuelve a sacar las garras como quien abre una lata de fabada un domingo. Eso es exactamente lo que ocurre en el quinto Marvel Saga TPB del «El Viejo Logan», un tomo que llega dispuesto a recordarte que en Marvel nadie supera jamás sus problemas. Los reciclan. Como buenos superhéroes ecológicos.

Tras la marcha de Jeff Lemire, muchos nos quedamos mirando la colección con el mismo miedo con el que uno mira una croqueta sospechosamente líquida. Lemire había convertido El Viejo Logan en una serie melancólica, introspectiva y sorprendentemente humana para tratarse de un señor que resuelve conflictos atravesando gente con cuchillas en los nudillos. Su Logan era un viejo cansado, roto por el pasado y perseguido constantemente por los recuerdos de los Baldíos. Una especie de Clint Eastwood mutante que caminaba por el universo Marvel como quien pasea por un tanatorio. Entonces llega Ed Brisson y dice: “Sí, bueno… ¿y si ahora todo explota muchísimo?”. Y oye, tampoco sale mal.
Brisson no intenta copiar a Lemire, que probablemente era la decisión más inteligente posible. En lugar de continuar aquella depresión con garras, opta por convertir la serie en un festival de violencia gamma, persecuciones, puñetazos y tipos enormes gritándose mutuamente. El resultado es un cómic mucho más entretenido, mucho más exagerado y mucho más consciente de que su premisa consiste básicamente en enfrentar a un anciano canadiense extremadamente enfadado contra la peor familia de la América postapocalíptica. Porque sí, regresan los Hulks del Yermo. Esa encantadora familia de psicópatas radiactivos creada para demostrar que Bruce Banner, si se lo propone, puede convertirse en el peor árbol genealógico imaginable. Vuelven con ganas de venganza, porque aparentemente que Logan asesinara a casi toda la familia dejó cierto mal rollo en las cenas de Navidad. Cosas que pasan.

El problema es que Brisson plantea ideas interesantes y luego parece olvidarse un poco de ellas por el camino. Hay conceptos potentes aquí: el peso del pasado, los paralelismos entre Logan y sus enemigos, la imposibilidad de escapar de los errores cometidos. Pero todo queda enterrado bajo toneladas de músculo irradiado y escenas donde la solución a cualquier conflicto consiste en atravesar a alguien contra una pared. El guion funciona, entretiene y mantiene un ritmo muy sólido, pero rara vez profundiza tanto como podría. Los personajes se mueven muchas veces dentro de arquetipos bastante básicos y algunos giros tienen la misma sutileza que Hulk entrando en una cristalería. Eso sí, el tomo tiene una enorme virtud: jamás se avergüenza de lo que es. Eso, en el fondo, se agradece muchísimo.
Brisson entiende perfectamente que esta etapa debe sentirse distinta. Aquí no hay espacio para largas reflexiones mirando la lluvia caer desde una ventana mientras Logan recuerda sus errores. Aquí tenemos a Maestro apareciendo como si hubiera salido directamente de un concurso de “¿Cuál es la versión más aterradora posible de Hulk?”. Y claro, cuando metes a Maestro en una historia, automáticamente todo adquiere energía de jefe final de videojuego noventero. La presencia del personaje es probablemente lo mejor del tomo. Sigue siendo una idea maravillosa: coger a Hulk y preguntarse “¿y si además fuese un dictador monstruoso con inteligencia maquiavélica?”. El resultado sigue imponiendo décadas después. Y Mike Deodato lo dibuja como una absoluta pesadilla andante.

Porque sí, gráficamente el tomo entra por los ojos como un puñetazo de radiación verde. El trabajo de Mike Deodato aquí es curioso, porque representa perfectamente todas las virtudes y defectos de su estilo. Cuando funciona, funciona de manera espectacular. Sus composiciones tienen fuerza, los personajes parecen gigantescos y cada aparición de Maestro transmite sensación de amenaza real. Hay viñetas donde Logan parece literalmente un animal acorralado, y ahí Deodato brilla muchísimo. Pero también sigue teniendo esas otras formas de crear que convierten las escenas de acción en algo ligeramente rígido. Hay momentos donde da la impresión de que los personajes posan para una portada de colonia masculina en mitad de una pelea. Luego están los colores de Frank Martin Jr., que toman la decisión artística de hacer que todo parezca permanentemente cubierto por una mezcla de barro, sudor y radiación nuclear. Hay páginas donde los contrastes funcionan muy bien y otras donde parece que alguien ha ajustado el brillo de la televisión después de una discusión familiar. El acabado general encaja con el tono sucio y brutal de la historia, aunque visualmente puede hacerse algo pesado por momentos.
El problema es que la serie continúa demasiado obsesionada con exprimir la historia creada por Mark Millar como concepto. Tanto Lemire antes como Brisson aquí parecen incapaces de dejar atrás completamente los Baldíos. Cada pocos números alguien vuelve a mencionar el trauma, los Hulks o el horror del pasado, como si Marvel tuviera miedo de que olvidemos por qué este Logan es “el viejo”. Y claro, llega un punto donde la nostalgia del cómic original empieza a convertirse en una especie de karaoke postapocalíptico. “¿Recordáis aquella historia famosa? Pues aquí está otra vez. Pero más vieja. Y más enfadada.” Que tampoco es necesariamente malo. Simplemente limita un poco la sensación de evolución real del personaje.

Sobre la edición de Panini Comics, poco que reprochar. Con traducción de Santiago García de los números Old Man Logan 25-30 , el formato Marvel Saga TPB sigue siendo muy cómodo y agradable de leer. Las portadas incluidas como extras siempre son un añadido simpático para quienes disfrutamos viendo a Lobezno posar agresivamente en veinte variantes distintas. Además, el prólogo de Julián Clemente ayuda bastante a contextualizar el cambio creativo y el momento editorial de la colección.
En definitiva, este quinto tomo de Marvel Saga TPB. El Viejo Logan no es una obra especialmente profunda ni revolucionaria, pero sí un entretenimiento heroico muy consciente de lo que quiere ofrecer. Ed Brisson cambia la introspección por la contundencia, convierte la serie en una montaña rusa de violencia gamma y entrega un arranque de etapa que funciona mejor cuando deja de intentar ser trascendente y abraza completamente su naturaleza de blockbuster mutante. No alcanza las cotas emocionales de Lemire ni aporta demasiadas ideas nuevas al mito de Logan, pero tampoco pretende hacerlo. Esto va de ver a un Lobezno anciano atravesando monstruos irradiados mientras intenta sobrevivir a otro martes infernal en el universo Marvel. Y sinceramente, hay algo casi reconfortante en eso. Porque algunos personajes evolucionan. Otros aprenden lecciones. Otros encuentran paz interior. Y luego está Logan, que lleva cincuenta años demostrando que el verdadero poder mutante consiste en tener exactamente los mismos problemas para siempre.
