Hay tebeos que nacen con una misión clara: educar, inspirar y, con un poco de suerte, evitar que los adultos acaben explicando la vida de Antoni Gaudí con frases del tipo “era un señor que hacía casas raras en Barcelona y ya”. Este tebeo llamado «Gaudí, el arquitecto de los sueños imposibles», escrito por Jordi Folck e ilustrado por Ximena Maier, llega precisamente para impedir ese desastre o al menos para ponerle un poco de orden a la imaginación desbocada de los adultos cuando intentan resumir el Modernismo en cinco minutos antes de cenar.

El planteamiento es claro desde la primera página. Acercar la figura de Antoni Gaudí a un público infantil que, en teoría, debería estar más interesado en dragones, superhéroes o cómo evitar ducharse que en arquitectos catalanes del siglo XIX. Pero aquí entra el truco. Gaudí no es un arquitecto cualquiera. Es, básicamente, el tipo que decidió que las reglas de la geometría eran sugerencias opcionales y que la naturaleza era su mundo personal.
El tebeo se presenta como una biografía accesible, desde su infancia hasta su consagración como el gran mago del Modernismo. Y sí, lo de “mago” no es exageración. Si uno lee esto con ojos adultos, a veces tiene la sensación de que Gaudí no construía edificios, sino que hacía hechizos estructurales con mosaicos y columnas inclinadas mientras murmuraba algo sobre lagartos encantados. Aquí el texto de Jordi Folck intenta algo complicado. Contar una vida real sin que parezca una clase de historia de esas que provocan siestas involuntarias. Y lo consigue a medias, lo cual ya es bastante teniendo en cuenta que hablamos de explicar a un niño cómo un hijo de caldereros terminó diseñando una de las ciudades más fotografiadas del mundo. El problema no es Gaudí, claro. El problema es intentar convertir una biografía en algo que un niño no cierre a los tres minutos para irse a mirar TikTok (o cualquier red social que os queráis inventar).

El resultado es un texto que oscila entre lo fascinante y lo ligeramente solemne, como si el comic estuviera constantemente intentando recordar: “esto es importante, esto es cultura, por favor no te distraigas con el dragón de la página anterior”. A ratos lo consigue. A ratos uno siente que la infancia de Gaudí se está contando con la gravedad de un documental de domingo por la tarde, pero con dibujos más bonitos. Y aquí entra Ximena Maier, que probablemente es la verdadera razón por la que este tebeo no se convierte en un ladrillo ilustrado con buenas intenciones. Las ilustraciones son el punto donde el libro deja de ser “biografía infantil educativa” y pasa a ser “Barcelona reinterpretada por alguien que claramente ha entendido que la realidad es mejorable”. Colores, formas y detalles. Todo respira ese universo que parece diseñado por alguien que dijo: “¿líneas rectas? No gracias, hoy prefiero alucinaciones arquitectónicas”.
Es difícil no pensar que Gaudí, si hubiera vivido en la era del diseño digital, habría sido ese usuario de Photoshop que nunca usa capas normales, solo máscaras imposibles y pinceles con nombre de fenómeno atmosférico. El tebeo lo capta bastante bien, y eso ayuda muchísimo a que el lector infantil no abandone la lectura para irse a construir casa en el Minecraft sin ningún sentido estético (o peor aún: torres perfectamente rectas, el horror).

La estructura del comic es bastante lineal: infancia, descubrimiento del talento, crecimiento, obras y legado. Nada que sorprenda demasiado a nivel narrativo, pero tampoco lo necesita. Esto no es una novela de giros inesperados sobre Gaudí convirtiéndose en supervillano del Modernismo. Es una biografía adaptada, y cumple con su función como quien cumple con lavarse los dientes: no es emocionante, pero es necesario.
Eso sí, hay momentos en los que el lenguaje se pone un poco más denso de lo que uno esperaría en un libro “para público infantil”. No llega a ser una tesis doctoral disfrazada de cuento, pero sí tiene algún pasaje en el que uno imagina a los niños mirando a sus padres con esa expresión de “¿esto era divertido o me lo he inventado yo?”. No es grave, pero sí hace sospechar que tiene un pie en el aula y otro en la mesita de noche, sin decidirse del todo.

Ahora bien, lo realmente interesante de esta obra no es tanto lo que cuenta, sino lo que provoca. Porque leer sobre Antoni Gaudí no es solo aprender biografía. Es el pretexto perfecto para acabar buscando fotos de la Sagrada Familia, del Park Güell o de cualquier edificio donde la arquitectura parece haber tenido un ataque de imaginación descontrolada. Ahí el libro gana puntos, porque empuja a la curiosidad, que es justo lo que debería hacer cualquier libro infantil que no quiera acabar como tope de puerta.
Como única pega clara, además del vocabulario a veces ligeramente elevado, está esa sensación de que el tebeo se toma tan en serio su objetivo educativo que se olvida de que está hablando de un personaje que, visto desde fuera, es casi un personaje de fantasía. Gaudí no necesita demasiada solemnidad. Su vida ya es suficientemente extraña, interesante y exagerada como para permitirle al texto un poco más de juego, un poco más de chispa. Porque, siendo sinceros, si hay alguien que se presta a una narración más juguetona es precisamente él. Un arquitecto que convierte edificios en organismos vivos, que hace chimeneas que parecen guerreros medievales y que logra que una iglesia siga sin terminar después de más de un siglo no necesita demasiada ayuda para parecer fascinante.

En conjunto, «Gaudí, el arquitecto de los sueños imposibles» es un tebeo correcto y con buenas intenciones educativas, que cumple su función de puerta de entrada al universo de uno de los grandes genios de la arquitectura. Es un buen paseo por un parque lleno de formas imposibles, colores intensos y la sensación constante de que la realidad, con Gaudí cerca, siempre estaba un poco en modo “versión mejorada”. Quizá ese sea el mayor mérito de este tebeo editado por Anaya en su línea infantil y juvenil sea conseguir que un lector infantil no solo entienda quién fue Gaudí, sino que empiece a sospechar que el mundo sería más divertido si más arquitectos hubieran decidido ignorar los ángulos rectos.
