Vivimos tiempos maravillosos para el entretenimiento. Tiempos en los que una película necesita que explote un planeta cada siete minutos para mantener nuestra atención y donde media humanidad considera “aventura” ir a un brunch temático y subir una foto desenfocada del café con leche. Así que enfrentarse hoy a «La ilusión de Overlain» provoca una sensación extrañísima. La de encontrarte una obra hecha por alguien que todavía cree que imaginar cosas es importante. Qué antigua y sospechosa es esa costumbre. Porque Luis Durán no hace cómics “normales”. No le interesa que cierres el libro diciendo “qué entretenido”. Él quiere que acabes mirando al techo como un explorador derrotado, preguntándote si las historias existen antes que las personas y si África sigue siendo un lugar real o únicamente un recuerdo colectivo construido por novelas de aventuras, películas viejas y señores con sombrero colonial claramente deshidratados.

Uno entra en el cómic pensando que va a leer una expedición exótica con cierto aroma clásico y termina atrapado en un viaje espiritual, narrativo y emocional donde hasta Arthur Conan Doyle aparece repartiendo espiritismo por Kenia como si fuese un influencer místico del año 1928. El protagonista de esta historia es Mr. Douglas, antropólogo, nostálgico profesional y firme candidato al premio “hombre incapaz de superar una etapa concreta de su vida”. El buen señor vive obsesionado con los años que pasó en África y decide regresar antes de morir, porque en la ficción los hombres mayores nunca gestionan sus emociones de manera sana. Siempre necesitan emprender una última expedición llena de secretos, traumas y revelaciones crípticas dichas mirando al horizonte (otros se compran una moto de gran cilindrada por fardar)
Para ello arrastra a su hijo Vincent con la clásica promesa de “tengo algo importante que contarte”. Una frase que en cualquier familia normal significa una herencia o un problema legal, pero que en un cómic de Luis Durán puede desembocar perfectamente en fantasmas metafísicos, cuentos tribales y reflexiones sobre el poder de la ficción. Y lo mejor es que el autor logra que todo eso funcione con absoluta naturalidad. Porque este tebeo tiene una cualidad rarísima. Parece narrado por alguien que todavía cree sinceramente en el poder de los relatos. No como concepto intelectual bonito para entrevistas culturales, sino como necesidad vital. Aquí las historias importan. Los cuentos importan. Las leyendas importan. Los personajes viven dentro de narraciones y son transformados por ellas constantemente.

Lo fascinante es que Durán convierte esa idea en la auténtica aventura del libro. Sí, hay viajes, selvas, expediciones y referencias al gran imaginario colonial de la novela clásica. Pero el verdadero recorrido ocurre dentro de los personajes y dentro del propio lector, que poco a poco empieza a aceptar que quizá el cómic funciona más como un sueño que como una historia tradicional. Y eso puede sonar insoportable explicado así. Lo sé. Parece el típico cómic que alguien recomendaría diciendo “hay que leerlo despacio” mientras sostiene una copa de vino y mira con desprecio a la gente que disfruta de cosas sencillas como ser feliz. Pero aquí está el milagro: Luis Durán evita completamente esa pedantería vacía. El libro es profundo, sí, pero también es enormemente humano. Tiene humor, melancolía, misterio y una sensación constante de fascinación infantil por el acto de contar historias. Y eso hace que incluso sus momentos más abstractos se sientan cercanos.
Gráficamente, además, el cómic es una barbaridad. El dibujo de Durán parece realizado por alguien que decidió ignorar todas las normas anatómicas modernas para centrarse exclusivamente en crear atmósferas. Sus personajes tienen formas imposibles, las páginas fluyen como recuerdos y las composiciones parecen moverse entre la ilustración clásica y el delirio onírico. Este dibujante tiene un estilo tan particular que cualquier viñeta que te enseñen por separado se puede identificar sin ningún tipo de problema.

Luego llega esta edición restaurada de Dolmen Editorial y directamente decide humillar a nuestras estanterías. Aunque ya se editó en su momento en blanco y negro por Planeta. Ahora el tebeo entra por los ojos de otra manera. En cartoné con 176 páginas, gran formato y un coloreado realizado por el propio autor que transforma completamente la experiencia original. Aquí viene lo importante: el color no destruye la esencia del cómic, sino que la amplifica. África adquiere una dimensión todavía más mítica y fantasmal. Todo parece suspendido entre recuerdo y sueño. Hay páginas que no parecen coloreadas: parecen iluminadas por nostalgia.
Quizá esa sea la palabra clave de todo el cómic: nostalgia. Pero no nostalgia vacía de “todo tiempo pasado fue mejor”, sino nostalgia por un mundo donde todavía quedaban misterios. Por una época donde viajar implicaba descubrir algo desconocido y no simplemente comprobar si el hotel tiene buen wifi. Durán habla constantemente de la desaparición de la magia. De cómo la modernidad ha convertido el mundo en algo medible, racional y aburridamente explicable. Por eso la obra está llena de espiritismo, máscaras rituales, cuentos africanos y personajes obsesionados con relatos antiguos. Porque todos parecen resistirse a aceptar un universo completamente desprovisto de misterio. Y sinceramente, viendo cómo vivimos ahora, cuesta darles la razón contraria.

También hay algo muy hermoso en la forma en que el autor entiende la ficción como refugio. Sus personajes necesitan las historias para soportar la realidad. Y el lector también. El propio cómic parece susurrarte constantemente que imaginar sigue siendo importante incluso cuando el mundo insiste en convertirnos en adultos funcionales obsesionados con facturas, productividad y contraseñas del banco. Por eso leer «La ilusión de Overlain» se siente casi como un acto de resistencia cultural. Un recordatorio de que todavía existen autores que crean obras personales sin preocuparse por tendencias, algoritmos o adaptaciones audiovisuales protagonizadas por actores incapaces de cerrar la boca completamente debido a las operaciones estéticas. Y qué descanso da eso.
Porque el cómic no intenta gustar a todo el mundo. No busca ser frenético, cool ni sarcástico cada treinta segundos para evitar parecer vulnerable. Tiene personalidad propia. Ritmo propio. Silencios propios. Y exige algo muy extraño hoy en día: paciencia. Pero a cambio ofrece algo todavía más raro: una experiencia auténtica. Cuando terminas el tebeo no recuerdas únicamente escenas concretas. Recuerdas sensaciones. Fragmentos. Conversaciones alrededor del fuego. Rostros deformados por sombras africanas. Historias que se mezclan unas con otras hasta formar una especie de gran relato imposible sobre la memoria, los sueños y la necesidad humana de seguir contando cuentos, aunque el mundo se esté volviendo insoportablemente literal. Y ahí está el verdadero truco de Luis Durán. No pretende impresionarte. Pretende hechizarte lentamente. Como esos viejos narradores que sabían que una buena historia no necesita correr porque tarde o temprano acabará entrando bajo tu piel. Aunque luego tengas que volver a la realidad, abrir Twitter o X (como lo queráis llamar) cinco minutos y recordar inmediatamente por qué necesitamos cómics así desesperadamente.
