Todas las veces que me hice mayor: aceptarse a uno mismo

Hay una etapa en la vida en la que los adultos te dicen que eres “muy maduro para tu edad” y tú, ingenuamente, piensas que es un cumplido. Años después descubres que en realidad significaba: “nos viene fenomenal que este niño gestione emociones que nosotros no sabemos manejar”. Pues bien, «Todas las veces que me hice mayor», de Giulio Macaione, gira precisamente alrededor de ese maravilloso deporte olímpico llamado crecer deprisa porque el mundo no piensa esperar a que estés preparado. Y vaya si duele. Pero de una forma preciosa. Como pisar una pieza de LEGO hecha con recuerdos.

Lucio, el protagonista, carga desde pequeño con la etiqueta de chico responsable. El típico adolescente al que los adultos miran con aprobación porque “da pocos problemas”. Que siempre es sospechoso. Porque un adolescente sin problemas normalmente no existe: lo que existe es uno que se los guarda para no fastidiar a nadie. Y ahí tenemos a Lucio, intentando ser buen hijo, buen estudiante, buena persona y, si sobra tiempo, un ser humano con identidad propia. La historia nos lleva a la Palermo de los noventa, que aquí aparece como una mezcla entre postal luminosa mediterránea y trituradora emocional de alta precisión. Calles llenas de vida, vecinos pendientes de todo, tradición religiosa hasta en el aire y ese ambiente constante de “la gente va a hablar”. Porque pocas cosas hay más eficientes que una comunidad pequeña para convertir cualquier diferencia en un asunto de interés público. Y mientras tanto, Lucio intenta descubrir quién es realmente. En secreto, claro. Porque crecer siendo distinto ya es difícil de por sí; hacerlo mientras tu entorno espera que encajes perfectamente en un molde heredado del siglo anterior convierte cada conversación familiar en una misión táctica.

Lo brillante del cómic es que no exagera nada. No necesita hacerlo. Macaione entiende que las heridas más profundas muchas veces llegan envueltas en frases aparentemente inocentes. “Es una fase”. “No compliques las cosas”. “Piensa en tu familia”, “Que raro es este niño”. Ese tipo de comentarios que no parecen graves hasta que llevas años construyendo tu personalidad alrededor de no decepcionar a nadie. Y Lucio decepciona. Claro que decepciona. Porque llega un momento en la vida en que existir honestamente ya decepciona a alguien. Bienvenidos a la edad adulta. Café a la derecha y ansiedad existencial al fondo del pasillo.

Eso sí, el cómic nunca cae en el dramatismo exagerado. Nadie se pasa veinte páginas llorando bajo la lluvia mientras suena música de piano. Aquí el dolor es mucho más realista: silencios incómodos en la mesa, miradas que duran medio segundo de más, conversaciones interrumpidas justo antes de decir lo importante. El terror cotidiano. El premium. Ese que muchas veces es difícil definir con palabras y muchos menos desarrollar con detalle en una reseña. En medio de todo eso aparece la cultura salvando vidas, como suele hacer. Porque Lucio encuentra refugio en el manga, en el comic (con gran homenaje a ciertos autores) como   en He-Man, en Madonna, en Sailor Moon, en Barbie y en toda esa maravilla ochentera y noventera que muchos adultos consideraban “tonterías” mientras literalmente ayudaban a una generación entera a construir una identidad mínimamente estable. Qué importante era encontrar personajes exagerados, brillantes y libres cuando tu entorno insistía en que fueras discreto, correcto y silencioso. Usagi Tsukino y sus amigas hizo más terapia emocional que media Europa católica, sinceramente.

El dibujo de Giulio Macaione acompaña todo esto de manera espectacular. Tiene una suavidad engañosa: parece delicado, cálido, casi amable. Hasta que te das cuenta de que te está arrancando recuerdos de la adolescencia como si fueran tiritas. Hay páginas enteras que parecen susurrarte “¿te acuerdas de cuando intentabas caerle bien a todo el mundo porque todavía no sabías gustarte a ti mismo?”. Y tú ahí, mirando el tebeo en silencio como si acabara de humillarte personalmente. También se reconocen influencias del manga o del cómic europeo, pero todo fluye con naturalidad. Nada parece postureo artístico ni “mirad qué sensible soy”. De hecho, una de las mejores cosas del tebeo es precisamente que jamás intenta parecer importante. Y por eso termina siendo importantísimo.

La familia de Lucio está escrita con una honestidad dolorosa. Porque sería muy fácil convertir a los padres en villanos caricaturescos y listo. Pero no. Aquí los adultos son personas agotadas, llenas de frustraciones, miedo y contradicciones. Gente que seguramente quería hacerlo bien y terminó reproduciendo sin querer las mismas presiones que heredaron. Lo cual es mucho más incómodo de leer, porque te obliga a reconocer cosas reales. Especialmente dura es la relación con la religión y la culpa. Esa sensación constante de estar haciendo algo mal incluso cuando simplemente existes. El cómic retrata muy bien cómo ciertos entornos convierten la identidad en una especie de examen moral permanente. Y claro, crecer así significa aprender a esconder partes de ti mismo para sobrevivir. Como si fueras un espía infiltrado en tu propia vida.

Lucio además quiere dibujar. Quiere contar historias. Quiere crear. Lo cual en muchas familias se recibe aproximadamente igual que si anunciaras que vas a abandonar la civilización para criar mapaches en un pantano. Porque ser artista siempre parece una idea maravillosa, mientras le pase al hijo de otro. Y ahí aparece uno de los temas más bonitos del cómic: el arte como refugio. No como solución mágica, sino como espacio seguro. Dibujar no arregla la vida de Lucio, pero le permite entenderla un poco mejor. Que ya es muchísimo más de lo que consiguen la mayoría de adultos después de tres podcasts de desarrollo personal y un retiro con piedras energéticas. Hay escenas especialmente brillantes por cómo mezclan humor y tristeza. Porque el cómic entiende algo fundamental. La adolescencia muchas veces es ridícula incluso cuando te está destrozando emocionalmente. Puedes estar viviendo una crisis identitaria monumental y al mismo tiempo preocuparte porque alguien ha criticado tu camiseta. El cerebro adolescente funciona así. Todo parece el fin del mundo. Y honestamente, qué agotador era aquello. Aunque también tengo que reconocer que la vida que vemos de Lucio no es fácil y eso podría reflejarse en mucha de la gente que se acerque a este tebeo. Cuando un niño tiene que hacer de adulto funcional, de creyente religioso, de hermano mayor, aprender de su sexualidad y de cuidador de sus padres si sale indemne psicológicamente se le podría considerar un héroe de leyenda, por esos estas paginas son tan interesantes.

La edición de Liana Editorial está cuidadísima. El formato le sienta genial a la obra y permite disfrutar muchísimo del dibujo y de los silencios visuales que Macaione maneja tan bien. La traducción de Inés Sánchez Mesonero conserva perfectamente esa mezcla de cercanía, ironía y vulnerabilidad, mientras que la rotulación de Gabriel Regueiro Poza acompaña el tono sin invadir nunca la página. Y sí, impresiona todavía más leer este trabajo sabiendo que Macaione llega respaldado por el reconocimiento internacional de los Premios Eisner 2025. Aunque lo curioso es que este cómic jamás parece hecho para ganar premios. Parece hecho para salvarle un pedacito de alma a alguien. Y probablemente lo haga.

Porque al final «Todas las veces que me hice mayor» habla de algo muy sencillo y muy difícil. El momento en que entiendes que pasarte la vida intentando no decepcionar a los demás puede acabar convirtiéndose en la forma más triste de decepcionarte a ti mismo. Por eso, cuando llegas a la última página no sientes que hayas leído “otro cómic sobre crecer”. Sientes más bien que alguien ha abierto una vieja caja llena de versiones antiguas de ti mismo: el adolescente que fingía seguridad, el que decía “me da igual” cuando claramente no le daba igual, el que aprendió demasiado pronto a medir cada palabra para no incomodar a nadie. A veces hacerse mayor consiste simplemente en dejar de pedir perdón por existir de una manera distinta a la que otros habían imaginado para ti. Y ahí está la gran victoria de Lucio. No convertirse en alguien perfecto. No solucionar mágicamente sus heridas. Sino empezar a mirarse sin tanta culpa. Que honestamente, viendo cómo está el mundo, ya es prácticamente un superpoder.

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