Cuando volvió a caer en mis manos el tebeo de Gert me vino a la cabeza como empezar esta reseña. Y dando vueltas pensé en mi trabajo y claro empecé atando cabos. Porque hay dos tipos de personas en este mundo. Las que crecieron soñando con vivir en un reino mágico lleno de unicornios, hadas cantarinas y criaturas adorables y las que nos tocó trabajar de cara al público. Estas últimas entendemos perfectamente a Gert. Porque este primer Omnibus de «I Hate Fairyland» no es realmente un cómic de fantasía. Es un documental sobre lo que ocurre cuando una persona pasa demasiado tiempo rodeada de seres insoportables y bastantes molestos. Básicamente, es una semana en Disneyland durante agosto, pero con más decapitaciones y con unas colas interminables para subir a las atracciones.

La idea inicial parece escrita por alguien que mezcló un cuento infantil con un ataque de ansiedad severo. Una niña entra en un mundo mágico. Todo es precioso. Todo es adorable. Todo canta canciones sobre amistad, esperanza y mierdas varias. Y entonces… pasan treinta años. Treinta. Años. Sin salida. Sin descanso. Sin un triste psicólogo especializado en problemas que saliera de Narnia. Normal que Gert vaya por Fairyland con la misma energía que un repartidor de Amazon en pleno diciembre. Ahí está la genialidad enfermiza de Skottie Young. Coge toda la estética de cuento adorable y la convertirte en una pesadilla burocrática llena de criaturas sonrientes que merecen ser empujadas por un barranco. Porque Fairyland no da ternura. Fairyland da ganas de llamar a sanidad y denunciar una plaga de ositos fluorescentes. Cada rincón del reino parece diseñado por una fábrica ilegal de cereales infantiles. Los árboles sonríen. Las flores hablan. Los animales tienen nombres estúpidos. Y todo desprende esa energía insoportable de monitor de campamento que te obliga a “disfrutar la experiencia”. Después de diez páginas entiendes perfectamente por qué Gert responde a cualquier inconveniente con un hacha gigantesca y vocabulario de borracho de taberna. Porque seamos sinceros: cualquiera de nosotros haría exactamente lo mismo antes de la página cincuenta.
Lo maravilloso de la serie es que Skottie Young comprende que el lector también acabaría odiando Fairyland a los quince minutos. Ese es el truco. Fairyland no es un lugar mágico. Fairyland es Benidorm para esquizofrénicos hiperactivos (vamos lo que son los turistas británicos). Todo canta. Todo ríe. Todo tiene nombres estúpidos. Todo parece diseñado por alguien que jamás ha conocido el sufrimiento humano. Y cuanto más intenta el mundo ser adorable, más ganas tienes de verlo arder junto a Gert. Porque Fairyland es insoportable. Deliberadamente insoportable. Y funciona de maravilla. Cada criatura parece salida de una pesadilla provocada por sobredosis de azúcar glas(los niveles de glucosa a la cuarta página están en las nubes). Los diálogos están llenos de entusiasmo tóxico. Las sonrisas parecen amenazas pasivo-agresivas. Y tú, como lector, empiezas a entender que Gert no está loca: simplemente lleva demasiado tiempo viviendo dentro de un parque temático diseñado por un puñetero loco sonriente (y no el bendito Joker precisamente, que es más lógico).
Por supuesto, la solución de Gert ante cualquier inconveniente consiste en matar cosas(si trabajáis en comercio eso se refleja en los primeros días de rebajas). Y eso convierte este cómic en una experiencia casi terapéutica. Hay algo profundamente relajante en verla reaccionar con violencia extrema ante personajes que hablan demasiado. Es como observar a alguien perder definitivamente la paciencia en una cola de supermercado, salvo que aquí las consecuencias incluyen decapitaciones, mutilaciones y charcos de sangre decorando paisajes pastel. Y qué maravilla de violencia, por Dios. Este tebeo maneja el gore con la misma alegría despreocupada con la que otros cómics dibujan abrazos. Aquí las tripas son prácticamente elementos decorativos. Hay cuerpos explotando, ojos saltando, criaturas desmembradas y litros de sangre repartidos por páginas que parecen portadas de cuadernos escolares para niños pequeños. El contraste es tan brutal que termina siendo hipnótico. Como ver a un Teletubby cometer delitos fiscales mientras escucha death metal.

En el aspecto gráfico, el dibujo de Skottie Young es el gran culpable de que todo esto funcione. Porque el hombre tiene uno de los estilos más engañosos del cómic moderno. Ese trazo de dibujo animado, redondeado y adorable debería servir para contar historias tiernas sobre animalitos aprendiendo a compartir galletas. Pero Young lo utiliza para ilustrar masacres con entusiasmo de psicópata creativo. Cada página parece gritarte: “Mira qué bonito todo”. Y cinco segundos después alguien pierde el bazo. La expresividad de Gert es otro nivel. Esa mujer lleva décadas acumulando odio puro y absoluto, y cada gesto suyo transmite la energía de alguien a quien le acaban de cancelar el último tren después de una jornada infernal o tiene unas retenciones en carretera de tres pares de narices. Sus ojos tienen la mirada vacía de un trabajador de atención al cliente en Navidad. Su sonrisa parece una amenaza legal. Y cuando explota, que ocurre aproximadamente cada tres páginas, la serie alcanza niveles de comedia absurda maravillosos. Porque sí: esto es una comedia. Una muy enferma, pero una comedia. También tenemos a más gente aportando su granito de arena en esta maravillosa locura. Jeffrey “Chamba” Cruz y Dean Rankine nos ofrecen su dibujo en los capítulos octavo y decimotercero y Jean-Francois Beaulieu juega la liga del color llevándonos a esos mundos que podrían causar una diabetes galopante.
La estructura repetitiva es parte esencial del chiste. Gert cree encontrar una pista para escapar. Todo sale mal. Alguien muere de forma ridícula. Fairyland sigue siendo un infierno de colores. Repetir la fórmula veinte números debería ser agotador, pero Skottie Young entiende perfectamente el arte de la escalada absurda. Cada nueva situación es más idiota, más cruel y más desquiciada que la anterior. El cómic avanza como una bola de demolición cargada de chuches y resentimiento. Y entonces aparece Larry.

Ah, Larry. Esa mosca fumadora merece un monumento nacional. Porque toda heroína necesita un compañero leal y sabio, y Gert tiene un insecto agotado por la vida que parece llevar cuarenta años pensando: “Esto acabará horriblemente”. Larry tiene energía de taxista nocturno que ya ha visto demasiado sufrimiento humano. Su relación con Gert funciona porque ambos están rotísimos. Son como una pareja divorciada atrapada en un parque de atracciones satánico. Lo mejor es que incluso cuando la serie se vuelve completamente estúpida (ocurre constantemente) nunca pierde de vista el drama central. Gert está destruida psicológicamente. Fairyland le ha devorado la cabeza. Lleva tanto tiempo atrapada en ese universo absurdo que ya no sabe funcionar de otra manera. La violencia no es solo un chiste: es el único mecanismo activo que le queda. Pero tranquilo, porque justo cuando el cómic amenaza con ponerse demasiado profundo, alguien explota atravesando una pared de caramelo y volvemos a la programación habitual.
Entonces llegamos a la edición de Panini Comics. Qué barbaridad más hermosa. Aunque ya se publicó en su momento, este omnibus tiene un encanto un poco especial. Quinientas sesenta páginas de caos absoluto que incluyen los primeros veinte números de la serie encuadernadas con cariño y probablemente odio hacia las estanterías pequeñas. El formato es espectacular, el papel aguanta perfectamente el festival cromático y la sensación general es la de tener entre manos una edición hecha para coleccionistas y para personas con problemas lumbares. Además, incluye “I Hate Image”, que ya es Skottie Young diciendo: “¿Sabéis qué? Voy a perder completamente la cabeza”. Ver a Gert invadiendo universos de Image Comics es una experiencia espiritual. Porque resulta que meter a esta psicópata infantil en mundos como Este del Oeste, Saga(con el gato ese de las mentiras) o disfrutar del primo Spawn haciendo pose superheroica con Gert no tiene precio. La aparición de la niña de los rizos verdes consigue que ELLA parezca la persona más peligrosa de la habitación. Y eso tiene muchísimo mérito. El especial funciona como una carta de amor degenerada al propio medio. Young se ríe de todo: de los crossovers, de las franquicias, de los clichés del cómic independiente y de la solemnidad ridícula con la que a veces se trata este mundillo. Incluso de sus propios compañeros o los “jefazos” de Image que tantas ganas tiene de ver Gert. Por eso “I Hate Fairyland” tiene algo muy importante: jamás pretende parecer más inteligente de lo que es. Sabe perfectamente que su premisa es demencial y decide abrazarla con entusiasmo homicida. Y eso la hace tremendamente refrescante.

Además, hay algo casi catártico en el odio absoluto que Gert siente hacia Fairyland. Todos hemos tenido momentos así. Todos hemos querido escapar de trabajos absurdos, conversaciones insoportables o situaciones interminables. Gert simplemente canaliza esa frustración de manera ligeramente más extrema. Tú aprietas los dientes en una reunión inútil. Ella aplasta duendes con un hacha gigante. Diferentes métodos. Mismo espíritu. Y cuanto más avanza la serie, más evidente resulta que Fairyland y Gert se merecen mutuamente. El mundo está tan loco como ella. Esa es la gran broma. Fairyland no es una víctima inocente. Es un universo insufrible que genera monstruos como mecanismo de defensa. Gert es simplemente el resultado lógico de vivir demasiado tiempo dentro de una sobredosis de optimismo tóxico.
Al final, leer este omnibus se parece mucho a pasar un día trabajando de cara al público mientras alguien te golpea con un bate cubierto de purpurina. Sales agotado, ligeramente preocupado por tu salud mental y absolutamente encantado con la experiencia (bueno eso se puede discutir) Porque «I Hate Fairyland» no es solo una sátira de los cuentos infantiles. Es una declaración de guerra contra la obligación constante de ser feliz, adorable y correcto. Es un cómic que entiende perfectamente que la fantasía también puede ser asfixiante. Que los mundos mágicos probablemente serían insoportables después de una semana. Y que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos querido reaccionar ante la realidad exactamente igual que Gert: gritando obscenidades y balanceando un hacha enorme. Por eso es una obra maestra absoluta del desequilibrio mental ilustrado.
