En busca de la ciudad del sol poniente: soñando sin correa

Hay escritores que crean mundos para que el lector escape de la realidad. Luego está H. P. Lovecraft, que construía mundos para recordarte que escapar de la realidad probablemente sea peor idea de lo que parece. Aun así aquí estamos, casi cien años después, entrando voluntariamente en sus libros como quien acepta una invitación a dormir en un castillo abandonado cuyo mayordomo lleva demasiado tiempo sonriendo sin parpadear y ofreciendo un cuenco de sopa de extraña procedencia. Por eso, «En busca de la ciudad del sol poniente» es uno de esos títulos que parecen escritos por alguien que dejó abierta la puerta del subconsciente durante una tormenta eléctrica. No es solo una novela de fantasía oscura. Tampoco es exactamente horror. Es más bien una alucinación barroca, un poema gigantesco sobre la obsesión y la nostalgia, una peregrinación onírica donde cada página parece preguntarte: “¿Seguro que quieres seguir avanzando?”. Y la respuesta, naturalmente, es sí. Aunque uno sospeche desde el principio que todo acabará regular. Porque con Lovecraft las vacaciones mentales siempre terminan incluyendo dioses indiferentes, criaturas indescriptibles y la sensación constante de que el universo sería incapaz de reconocerte en una rueda de identificación.

La premisa parece sencilla. Randolph Carter, soñador profesional contempla durante tres noches una ciudad imposible. Una urbe dorada y majestuosa que resplandece bajo la luz del atardecer con columnas de mármol, jardines perfumados y fuentes que parecen diseñadas por un arquitecto con severos problemas de insomnio místico. Carter queda fascinado. Pero cada vez que intenta entrar en la ciudad, despierta bruscamente. Y claro, lo que para cualquier persona equilibrada habría quedado como “vaya sueño más curioso” se convierte para Carter en una obsesión absoluta. Porque los protagonistas lovecraftianos nunca reaccionan de manera proporcionada a nada. Si ven una ciudad misteriosa en sueños, no siguen con su vida. No se preparan un café. No salen a caminar. Deciden desafiar a los dioses del universo y cruzar dimensiones imposibles para encontrarla. Así funcionan estas historias. La salud mental aquí es más decorativa que funcional. De modo que Carter inicia una búsqueda desesperada hacia Kadath, la morada de los dioses del sueño. Ahí es donde la novela se convierte en una odisea monumental. Lo que sigue es un desfile interminable de ciudades imposibles, criaturas grotescas, gatos heroicos, sacerdotes siniestros, barcos negros, túneles ciclópeos y paisajes que parecen surgir de una mezcla entre un cuadro simbolista y una fiebre de cuarenta grados.

Lo fascinante es que Lovecraft escribe todo esto con absoluta seriedad. No hay ironía interna. No hay guiños cómplices. Él cree profundamente en la majestuosidad de cada estatua de ónice y cada escalera infinita que describe. Precisamente por eso funciona. Porque la novela posee una convicción tan extrema que termina arrastrando al lector aunque a veces tenga la sensación de estar leyendo el diario de sueños de un arqueólogo poseído por una biblioteca.

Aquí aparece una de las grandes virtudes del libro: su capacidad para crear imágenes inolvidables. Lovecraft no describe lugares; los invoca. Las Tierras del Sueño no funcionan con lógica narrativa convencional. Funcionan con lógica emocional. Uno no recuerda exactamente todos los trayectos de Carter, pero sí la sensación de haber atravesado un territorio inmenso y antiguo donde cualquier esquina puede esconder una maravilla o un horror viscoso con demasiados ojos. Es que esta novela contiene probablemente el Lovecraft más imaginativo de toda su carrera. El autor de Providence, famoso por convertir calamares gigantes y geometrías imposibles en iconos culturales, aquí se libera completamente. Ya no necesita fingir verosimilitud científica ni construir relatos detectivescos. Puede dejar que el subconsciente haga horas extra. El resultado es una obra desbordante, excesiva y completamente hipnótica.

Claro que también hay que entrar en su frecuencia. Porque Lovecraft escribe como si cada frase hubiera sido traducida directamente del idioma oficial de un monasterio maldito del siglo XVIII. Su prosa aquí es densa, ornamentada y orgullosamente barroca. Hay párrafos tan cargados de adjetivos que parecen decorados por un aristócrata gótico que descubrió el terciopelo demasiado pronto. Y, sin embargo, esa exageración acaba formando parte del encanto. La novela no quiere sonar moderna. Quiere sonar antigua, ceremonial, casi litúrgica.

En gran medida porque En busca de la ciudad del sol poniente es una elegía. Lovecraft estaba escribiendo desde la derrota personal. Había regresado de Nueva York sintiéndose humillado, arruinado y profundamente desconectado del mundo moderno. La gran ciudad le parecía un monstruo mecánico devorando toda belleza posible. Así que hizo lo que mejor sabía hacer: refugiarse en los sueños. Y Randolph Carter es exactamente eso. Un hombre incapaz de aceptar la vulgaridad del presente. La ciudad soñada representa un ideal perdido, una perfección imposible, una especie de Arcadia personal donde aún existe la belleza absoluta. Carter no busca poder. Ni riqueza. Ni siquiera conocimiento. Busca algo mucho más peligroso: una emoción perfecta. Naturalmente, eso jamás puede terminar bien en este universo. Porque, aunque esta novela tenga más fantasía que horror puro, el pesimismo cósmico sigue latiendo debajo de cada página. Los dioses continúan siendo indiferentes. El universo sigue funcionando con una lógica incomprensible para los humanos. Y Carter, por mucho que avance, nunca deja de ser una criatura diminuta atravesando territorios infinitos que podrían destruirlo sin esfuerzo.

Ahí reside la grandeza secreta del libro. Bajo toda la imaginería fantástica hay una reflexión brutal sobre el deseo humano. Sobre esa tendencia nuestra a perseguir obsesivamente algo que intuimos perfecto, aunque probablemente nos destruya. Carter persigue una visión. Una promesa. Una idea. Y cuanto más se acerca a ella, más parece alejarse de cualquier forma reconocible de estabilidad emocional. También resulta curioso cómo esta novela conecta con la tradición épica clásica. Carter atraviesa las Tierras del Sueño como un Ulises onírico, encontrándose monstruos, aliados improbables y ciudades legendarias. Pero Lovecraft subvierte constantemente la épica tradicional. Aquí no hay gloria heroica. No hay destino grandioso. El protagonista avanza movido por una mezcla de fascinación, melancolía y absoluta terquedad existencial. Y todo ello rodeado de una imaginación prodigiosa.

Los zoogs, los gules, las criaturas lunares, Nyarlathotep y toda esa colección de entidades que parecen diseñadas por alguien incapaz de dormir más de tres horas seguidas forman un ecosistema literario único. Lovecraft tenía una habilidad extraordinaria para sugerir dimensiones enteras detrás de una simple descripción. Cada criatura parece venir acompañada de siglos de historia no contada. Cada ciudad transmite la sensación de haber existido muchísimo antes que la humanidad y de seguir ahí cuando esta desaparezca. Eso explica por qué su obra sigue fascinando incluso a lectores que jamás tocarían una novela de terror convencional. Lovecraft no da miedo solo por sus monstruos. Da miedo por escala. Por perspectiva. Porque convierte al ser humano en una mota de polvo perdida dentro de una maquinaria cósmica indiferente. Esa idea sigue siendo tremendamente moderna. Quizá más ahora que nunca.

La edición ilustrada potencia todavía más esa sensación. El trabajo de Gonzalo Gruber es magnífico porque entiende perfectamente qué debe hacer una ilustración sobre los personajes o entornos descritos. Es no aclararlo todo. Sus imágenes poseen una cualidad espectral, casi enfermiza, como si fueran fragmentos arrancados de un sueño especialmente intenso. Hay algo profundamente elegante en cómo representa las arquitecturas imposibles y las criaturas ambiguas sin destruir el misterio. No intenta domesticar el caos de Lovecraft. Lo acompaña hasta llegar hasta el mismísimo Kadath junto a Nyarlathotep.

También merece mención especial la traducción de Francisco Torres Oliver. Traducir a Lovecraft no consiste únicamente en trasladar palabras. Hay que conservar el ritmo hipnótico, la musicalidad arcaica y ese tono grandilocuente que a veces parece escrito por un fantasma victoriano obsesionado con las bibliotecas húmedas. Torres Oliver lo consigue de manera admirable. El texto mantiene toda su densidad atmosférica sin convertirse en una muralla ilegible. Eso convierte esta edición de Alianza Editorial en un auténtico objeto de culto para cualquier amante de la fantasía oscura. Porque las ilustraciones no interrumpen la lectura; la amplifican. Funcionan como pequeñas ventanas abiertas directamente a las Tierras del Sueño. Uno casi espera que alguna de esas páginas empiece a susurrar a medianoche.

Por todos estos detalles, «En busca de la ciudad del sol poniente» representa quizá la forma más hermosa de ese terror. Aquí el horror no entra derribando puertas. Se desliza lentamente entre paisajes maravillosos. Se mezcla con la belleza. Con el deseo. Con la nostalgia. Hasta que el lector comprende que la verdadera amenaza no son las criaturas deformes ni los dioses ancestrales. La verdadera amenaza es la obsesión humana por alcanzar algo absoluto. Al final, Randolph Carter no está buscando una ciudad. Está buscando un significado. Y Lovecraft, con toda su imaginación desatada y todo su pesimismo cósmico, parece susurrarnos algo inquietante desde las sombras: cuidado con encontrarlo.

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