Recursos inhumanos: nueva entrevista de trabajo

Uno de los grandes placeres de la vida adulta consiste en abrir LinkedIn un lunes por la mañana y descubrir que alguien acaba de publicar una foto sonriendo junto a una frase tipo: “El éxito no se persigue, se construye”. Normalmente acompañada de un café ecológico, una americana azul marino y la mirada vacía de quien lleva tres meses durmiendo abrazado a un Excel. Pues bien, «Recursos inhumanos» parece escrito exactamente para toda esa fauna empresarial moderna. Y no precisamente para felicitarla. Porque este cómic no habla realmente de oficinas. Habla de humillación. De cómo el sistema laboral actual puede convertir a un tipo competente y experimentado en un mueble viejo al que nadie quiere recoger de la calle. Y lo hace además con la delicadeza de una grapadora lanzada a la frente. Que es algo bastante refrescante.

La obra adapta una novela de Pierre Lemaitre, autor francés especialista en convertir la miseria humana en entretenimiento elegantemente empaquetado. Y la verdad es que el hombre tiene talento para eso. En Francia lo veneran porque escribe thrillers inteligentes, oscuros y con ese aroma europeo tan sofisticado que hace que incluso las desgracias huelan a premio literario. Aquí, gracias a Yermo Ediciones, seguimos entrando poco a poco en su universo mediante estas publicaciones que ya empieza a parecer un catálogo de maneras diferentes de perder la fe en la humanidad.

En Recursos inhumanos conocemos a Alain Delambre, un ex-directivo de Recursos Humanos que ronda los sesenta y lleva demasiado tiempo atrapado en el desempleo. Pero no hablamos del paro “simpático” de película indie donde el protagonista aprovecha para redescubrirse haciendo pan artesano. No. Aquí el paro es una trituradora lenta y humillante. Alain acepta trabajos basura, soporta desprecios constantes y vive atrapado en esa sensación insoportable de inutilidad que produce sentirse descartado por el sistema. Y el cómic entiende muy bien esa angustia. Porque el verdadero terror aquí no son los disparos ni las conspiraciones empresariales. El verdadero miedo es esa llamada telefónica que nunca llega después de una entrevista. Esa mirada incómoda de los reclutadores cuando ven tu fecha de nacimiento. Ese “ya te llamaremos” que en lenguaje corporativo significa “preferimos contratar a alguien que todavía diga brainstorming sin sentir vergüenza física”.

Claro, Alain está desesperado. Y cuando aparece una oportunidad laboral aparentemente importante, se agarra a ella como si fuera el último bote salvavidas del Titanic. Lo que ocurre después ya entra directamente en el terreno del thriller retorcido. La empresa organiza una especie de simulacro de secuestro terrorista para evaluar las capacidades de los candidatos. Sí, habéis leído bien. Recursos Humanos convertido en Saw corporativo. Y aquí el lector tiene dos opciones. La primera: aceptar que la premisa es una barbaridad exagerada. La segunda: recordar algunas dinámicas reales del mercado laboral moderno y pensar “bueno… tampoco está tan lejos”. Porque el cómic exagera, sí, pero exagera sobre una base muy reconocible. Todos hemos visto ofertas laborales delirantes, entrevistas humillantes o empresas vendiendo explotación laboral bajo nombres como “ambiente joven y dinámico”. Así que cuando Recursos inhumanos lleva las cosas al extremo, uno no se ríe tanto como debería.

El gran mérito de la historia es cómo transforma algo tan gris como el desempleo en una bomba de tensión constante. El guion de Pascal Bertho construye el relato como un puzle lleno de trampas, flashbacks y revelaciones. El cómic empieza prácticamente por el desastre: Alain ya está en prisión. Y desde ahí vamos reconstruyendo cómo demonios ha terminado semejante señor respetable convertido en noticia de sucesos. La estructura fragmentada funciona sorprendentemente bien. Cada salto temporal añade nueva información y obliga al lector a reinterpretar lo anterior. Hay momentos en los que uno se siente menos lector y más auditor financiero intentando descubrir dónde está escondido el cadáver narrativo. Pero el cómic nunca pierde el control. Incluso cuando acumula subtramas, engaños y personajes secundarios, mantiene una claridad admirable. Eso sí, este tebeo también tiene algo profundamente tramposo. Empieza vendiéndose como una gran crítica feroz al capitalismo salvaje, pero poco a poco deriva hacia otra cosa. El componente social sigue ahí, claro, pero termina convertido casi en decoración de lujo para un thriller cada vez más enrevesado. Y esto puede decepcionar a quien espere una obra verdaderamente incendiaria.

Porque Alain, lejos de convertirse en símbolo heroico de la lucha obrera, acaba revelándose como un tipo bastante turbio. Cuanto más avanza la historia, más claro queda que el hombre tiene bastante más en común con los tiburones empresariales de lo que le gustaría admitir. Es manipulador, obsesivo y capaz de cruzar líneas morales bastante serias sin pestañear demasiado. Y ahí está precisamente lo interesante del personaje. Alain no es un mártir perfecto. Es una persona rota. Un hombre aplastado por años de frustración que termina convirtiéndose en algo peligrosamente parecido a aquello que odia. El sistema le ha deformado tanto que ya no sabe actuar fuera de sus reglas. Y el cómic juega continuamente con esa ambigüedad moral.

Hay incluso cierto placer perverso viendo cómo Alain desmonta los planes de esa gran empresa llena de ejecutivos sonrientes y psicópatas con corbata italiana. Porque el comic entiende perfectamente algo fundamental: nadie disfruta viendo caer a un millonario dando discursos motivacionales. Nadie. Es imposible no alegrarse un poco cuando la maquinaria corporativa empieza a gripar. Pero tampoco conviene engañarse. El cómic no busca realismo absoluto. Algunas situaciones son bastante difíciles de creer. La famosa simulación terrorista tiene momentos que parecen escritos por un guionista de Hollywood después de tres cafés y una crisis nerviosa. Y la transformación progresiva de Alain en una especie de cerebro criminal hipercompetente exige cierta suspensión de incredulidad. Aun así, el ritmo es tan bueno que uno termina aceptando prácticamente cualquier cosa. El cómic avanza con una energía brutal, encadenando giros y revelaciones sin darte demasiado tiempo para pensar “espera, esto igual no tiene mucho sentido”. Y cuando una historia consigue eso, significa que algo está haciendo muy bien.

Gráficamente, la obra también juega sobre seguro, pero con bastante elegancia. Giuseppe Liotti apuesta por un estilo clásico muy funcional. Nada de experimentos extraños ni páginas diseñadas para parecer una exposición de arte contemporáneo. Aquí la prioridad absoluta es contar bien la historia. Y lo consigue. Los personajes tienen fuerza expresiva, los escenarios están muy trabajados y el dibujo es clarísimo incluso en los momentos más fragmentados. Se nota muchísimo el esfuerzo por facilitar la lectura de una trama bastante compleja. Especialmente importante resulta el trabajo de Gaétan Georges, que utiliza diferentes tonalidades para distinguir líneas temporales sin necesidad de sobreexplicar constantemente qué está ocurriendo. Todo tiene un aspecto sobrio, elegante y muy europeo. De ese europeo serio donde incluso la miseria laboral parece sofisticada. Alain puede estar hundiéndose psicológicamente, pero lo hace entre oficinas impecables, restaurantes caros y salas de reuniones donde seguramente sirven agua con pepino.

La edición de Yermo Ediciones también cumple perfectamente. Cartoné sólido, gran tamaño y traducción de Fernando Ballesteros. Quizá se echan en falta algunos extras sobre la adaptación o el proceso creativo, especialmente teniendo en cuenta el prestigio de Lemaitre y el éxito de otras versiones de la obra. Pero bueno, bastante extras emocionales trae ya el argumento como para pedir más sufrimiento en anexos.

Eso sí, tampoco es una obra perfecta. Hay momentos donde la crítica social se queda sorprendentemente superficial. Se mencionan las injusticias del sistema, la crueldad empresarial y la precariedad laboral, pero rara vez se profundiza demasiado en ellas. Todo termina subordinado al suspense y a la intriga. En otras palabras. El cómic prefiere ser entretenido antes que verdaderamente incómodo. Y eso puede dejar cierta sensación de oportunidad perdida. Porque el material tenía potencial para convertirse en un retrato devastador del capitalismo moderno y acaba optando por el camino más comercial del thriller sofisticado.

Aunque quizá esa sea precisamente la jugada inteligente. Porque gracias a eso la obra entra con facilidad, engancha muchísimo y mantiene al lector pegado hasta el final. Y sinceramente, no todas las críticas sociales necesitan convertirse en un sermón de trescientas páginas lleno de gente mirando fábricas bajo la lluvia. «Recursos inhumanos» funciona porque sabe equilibrar tensión, drama y espectáculo. Porque convierte algo tan reconocible como la desesperación laboral en una historia llena de adrenalina. Porque entiende que el auténtico horror contemporáneo no vive en castillos encantados ni en cementerios indios malditos. Vive en una entrevista de trabajo donde un tipo veinte años menor que tú te pregunta si sabes “adaptarte a entornos cambiantes”. Y eso sí que da miedo.

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