Hay momentos que uno acepta cosas sin hacer demasiadas preguntas. Como otro evento mutante imposible de seguir con quince miniseries cruzadas, por ejemplo. Resucitar personajes muertos por séptima vez. Poner a Lobezno en absolutamente todo producto existente, incluidos probablemente yogures y seguros de coche. Luego llega «La Era de Revelación: Chicos Omega» y Marvel decide que lo que realmente necesitábamos era un cómic sobre adolescentes telépatas inestables dirigidos por Quentin Quire. El equivalente mutante a ese chaval de instituto que descubrió Twitter demasiado pronto y lleva quince años convencido de que es el único ser inteligente del planeta. Y claro, uno entra pensando: “Bueno, seguro que esto será una historia ligerita sobre jóvenes aprendiendo valores”. Error. Gravísimo error. Esto es básicamente El club de los cinco dirigido por George Orwell después de discutir durante seis horas con un estudiante de Filosofía que lleva una camiseta de Magneto diciendo “tenía razón”. Aquí no hay amistad sana ni crecimiento personal. Aquí hay niños capaces de freírte el cerebro mientras cuestionan la moralidad del poder absoluto y convierten la terapia grupal en un crimen de guerra psíquico.

La premisa ya viene calentita. El mundo de La Era de Revelación parte de una idea sencillísima: “¿Y si Doug Ramsey, el mutante cuyo superpoder originalmente parecía útil solo para traducir instrucciones de IKEA, se convirtiera en un dictador mesiánico mutante?”. Y la respuesta, por supuesto, es una distopía mutante donde todo parece precioso hasta que descubres que el gobierno puede arrancarte literalmente la capacidad de hablar si molestas demasiado. En medio de este paraíso eco fascista teñido de neón tenemos a Quentin Quire, antiguo alumno rebelde de Xavier, filósofo de bar con poderes omega y ser humano que jamás conoció la palabra “autocrítica”. Quentin ahora lidera una red de espionaje formada por chavales psíquicos capaces de vigilar pensamientos, manipular recuerdos y destruir mentes con la misma facilidad con la que un adolescente normal pierde tres horas viendo vídeos absurdos en internet. Y aquí está la maravilla del cómic: Quentin cree sinceramente que está haciendo un buen trabajo. Eso es lo aterrador.
Tony Fleecs entiende perfectamente al personaje. Quentin siempre fue un imbécil carismático, pero aquí lo convierte además en ese adulto joven que piensa que puede arreglar a las nuevas generaciones “guiándolas adecuadamente”, cuando en realidad apenas puede gestionar su propio desastre vital. Es como darle una guardería nuclear a alguien cuyo estado mental depende de la cantidad de café ingerido antes del desayuno. Los Chicos Omega son directamente una fábrica de pesadillas. Curtis, Nell, Ayla y la pequeña Bailey parecen sacados de un experimento social donde alguien preguntó: “¿Qué ocurriría si mezclamos niños superdotados, poderes telepáticos y cero supervisión psicológica?”. La respuesta es: problemas. Muchísimos problemas. Bailey especialmente merece mención aparte. Tiene ocho años y transmite la energía de una ejecutiva despiadada atrapada en el cuerpo de una niña rubia adorable. Cada vez que aparece en escena parece que alguien va a terminar llorando, muerto o peor aún: reflexionando sobre el sistema político mutante actual. El cómic juega constantemente con esa incomodidad. Quentin intenta enseñar moralidad mientras utiliza niños soldado para proteger una dictadura mutante. Intenta actuar como figura paternal mientras sus alumnos se convierten lentamente en pequeños monstruos psíquicos incapaces de empatizar con nadie. Es decir, básicamente el sueño húmedo de cualquier comité educativo distópico.

Mientras tanto, el lector disfruta como un cerdo en barro radiactivo. Porque Fleecs tiene muy claro el tono. Esto no va de héroes clásicos salvando el día con discursos esperanzadores. Esto va de poder, control y generaciones creciendo en un entorno tan podrido que la línea entre víctima y monstruo acaba completamente triturada. Todo el cómic transmite la sensación de que algo va horriblemente mal incluso cuando aparentemente todo está funcionando. Lo mejor es que Chicos Omega nunca cae en el sermón pesado. Todo está integrado dentro de una historia que avanza con ritmo, tensión y suficientes giros para mantenerte enganchado. Hay conspiraciones, insurgentes, simulaciones mentales y adolescentes mutantes teniendo más crisis de identidad que un grupo entero de influencers encerrados sin conexión a internet.
En cuanto al dibujo de Andrés Genolet, que encaja como un guante en esta locura. Su estilo tiene ese equilibrio perfecto entre juventud, expresividad y amenaza constante. Los personajes parecen vivos, dinámicos, incluso simpáticos… hasta que recuerdas que cualquiera de ellos podría convertir tu cerebro en puré psicológico mientras se comen unas patatas fritas. El color de Fer Sifuentes-Sujo merece también una reverencia mutante. El rosa psíquico domina cada página como si Quentin Quire hubiese explotado sobre la paleta de colores. Todo vibra, brilla y parece ligeramente alucinógeno. La estética mental del cómic es fantástica: preciosa y profundamente incómoda al mismo tiempo.

La edición de Panini Comics España funciona muy bien para este tipo de historia compacta y explosiva. Son solo tres números, pero dejan más ideas interesantes que muchas macrosagas mutantes de veinte entregas llenas de personajes gritando en portadas holográficas. Honestamente, ahí está la gracia de «Chicos Omega»: es raro. Muy raro. Incómodo. Sarcástico. Violento emocionalmente. Un cómic que utiliza chavales telépatas para hablar de adoctrinamiento, radicalización y generaciones criadas dentro del miedo constante. Todo mientras Quentin Quire intenta convencerse de que todavía es “uno de los buenos”, aunque cada decisión que toma haga sonar alarmas morales del tamaño de Krakoa. Este tomito es como darle acceso ilimitado a internet, filosofía nihilista y poderes cósmicos a un grupo de adolescentes emocionalmente rotos y luego fingir sorpresa cuando todo termina regular. Una absoluta maravilla mutante llena de paranoia, colorines psicodélicos y traumas mentales premium. Y sinceramente, después de leerlo, uno entiende perfectamente por qué Xavier acabó calvo.
