La era de revelación: Pícara / Tormenta. Una figura divina desatada

Vale, aquí alguien se ha levantado un día y ha dicho: “hoy no vamos a arreglar nada, hoy vamos a ver cuánto sufrimiento mutante cabe en un solo tomo sin que el papel empiece a pedir ayuda”. Y así, con la alegría de quien pisa un botón rojo pensando que era el ascensor, nace “La era de la revelación: Pícara / Tormenta”, un cómic que entra por los ojos como una fiesta y te deja emocionalmente como si la fiesta hubiese terminado con incendio, ruptura sentimental colectiva y una discusión filosófica con rayos incluidos. Porque claro, la premisa ya es de esas que alguien debería leer en voz alta antes de aprobarla. El mundo está hecho un cuadro, los dioses han desaparecido (probablemente hartos del coñazo del ser humano), y la última figura divina que queda no está precisamente en modo “salvar la humanidad con una sonrisa”. No, está en modo “si el clima tiene algo que decir, hoy lo dice gritando”.

En este futuro apocalíptico donde la estabilidad es un mito urbano, la humanidad depende de una sola persona que debería estar en el top de “personas que no deberían tener un mal día nunca jamás”. Vamos que se puede deletrear la palabra: T-o-r-m-e-n-t-a. Pero sorpresa: lo está teniendo. Y no un mal día tipo “se me ha quemado el café”, no. Un mal día tipo “he perdido la fe, la paciencia, el equilibrio y probablemente el manual de instrucciones de mis propios poderes”. Y aquí es donde el universo Marvel hace lo que mejor sabe hacer: en lugar de terapia, envía problemas más grandes.

Entra en escena Pícara, con cara de “esto no me gusta a mí más que a ti, pero alguien tiene que hacerlo”. Pícara lidera un grupo(X-Force) que no es tanto un equipo como una reunión de gente que claramente necesita vacaciones, descanso mental y probablemente cambiar de universo un rato. Su misión es tan sencilla de explicar como imposible de digerir. Matar a Tormenta para salvar el mundo.

Es el tipo de plan que si lo presentas en una reunión normal te dicen “igual lo revisamos con más calma”, pero aquí es canon. Y no solo es canon, es urgente. Porque Tormenta no está controlando el clima, está negociando con él como si fuera un ex tóxico con poderes elementales ilimitados. El conflicto entre ambas es de esos que hacen que el lector se pregunte si está leyendo un cómic o asistiendo a una tragedia griega con efectos especiales. Pícara no quiere hacerlo. Tormenta no quiere ser el problema. Y el mundo, mientras tanto, está en la esquina diciendo “yo no quería molestar, pero me estoy congelando un poco”.

Todo esto viene firmado por Murewa Ayodele, que escribe como si cada viñeta tuviera que dejarte patidifuso y un poco más implicado de lo que te gustaría admitir en público. Aquí nadie suelta frases vacías. Todo tiene peso, historia, trauma o al menos una mala decisión previa que todavía está cobrando intereses. Y claro, en medio de este lío aparece también Gambito, porque si algo necesita una crisis global es un tipo con acento peligroso, carisma imposible y la capacidad de hacer que cualquier conversación suene a preludio de desastre romántico. Gambito no entra en la historia, la historia se gira nerviosa cuando él aparece. Y después de su aparición tenemos magia, mucha magia. Mutantes que sufren lo que no está escrito y un señor (si es que se le puede llamar así) que quiere liar una jarana que únicamente Ororo puede solucionar.

Gráficamente, el cómic es un festival de “no hay descanso para nadie”. El trabajo de Roland Boschi convierte cada página en una especie de pelea constante entre la belleza y el caos. No hay viñeta tranquila. No hay respiro, no hay “momento de paz”. Todo está en modo intensidad máxima, como si el cómic hubiera tomado tres cafés preparados con Red Bull donde te dan un poquito más de cantidad y puedes llegar a ver el tiempo. El color de Neeraj Menon ayuda a que todo esto parezca aún más serio de lo que ya es, jugando con contrastes que no combinan, chocan. Rojos que parecen advertencias, azules que parecen juicio final, y en general una sensación de que el clima del cómic está oficialmente descontrolado (irónicamente apropiado, dado uno de los personajes principales).

La historia avanza como una escalada constante de decisiones horribles pero comprensibles. Nadie es malvado por gusto. Nadie está disfrutando esto (bueno, yo un poco, pero eso ya es otro debate ético). Pícara carga con la responsabilidad de hacer lo impensable, mientras Tormenta se convierte en una figura cada vez más lejana de lo que era, como si el poder la hubiera convertido en un fenómeno natural más que en una persona. Y eso es lo interesante: no hay villanos de manual (bueno si hay uno, pero es mejor no desvelarlo). Hay personas que han cruzado líneas que nadie quería cruzar, pero que tampoco había muchas alternativas para evitar. Es ese tipo de narrativa donde el “bien” y el “mal” no están peleando, están discutiendo por quién tiene menos culpa en el desastre. Incluso cuando la acción estalla, no es solo acción. Es consecuencia. Cada golpe parece tener historia detrás. Cada enfrentamiento parece venir con una conversación previa que nunca viste pero puedes sentir. Y eso hace que todo pese más de lo normal. Las portadas de Humberto Ramos y Edgar Delgado ya te avisan desde la estantería: “esto no es ligero, esto no es relajado, esto no es para leer mientras te tomas algo tranquilo”. Es más bien para leer mientras reconsideras tus decisiones vitales.

Al final de esta miniserie de tres números editada por Panini Comics te queda esa sensación muy de “he disfrutado esto, pero no sé si debería admitirlo en voz alta en una reunión en una tienda de comics”. Porque sí, es épico, es exagerado, es emocionalmente violento en el mejor sentido posible. Pero también es de esos cómics que te recuerdan que en este universo nadie sale indemne, ni siquiera el lector. “La era de la revelación: Pícara / Tormenta” es, en esencia, una discusión familiar con poderes, consecuencias globales y cero capacidad de resolver nada con calma. Y tú estás ahí, pasando páginas, pensando que venías a ver superhéroes y te has encontrado con una tragedia con traje de colores y bastante más magia de la que pensarías en un tebeo de mutantes. Y lo peor (o lo mejor) es que probablemente volverás a releer el tomo cuando culmine la Era de la Revelación.

Deja un comentario