Hay dos tipos de personas en el mundo. Las que consideran que el cine japonés de monstruos gigantes es una forma maravillosa de arte popular y las que creen que todo consiste en un lagarto de goma pegándole collejas a una polilla tamaño Airbus mientras Tokio explota por vigésima vez. Lo gracioso es que ambos grupos tienen razón. Y precisamente ahí está el encanto absoluto de «Monstruos gigantes del cine japonés: guía de Kaijû», el monumental libro de Octavio López Sanjuán editado por Diábolo Ediciones. Una enciclopedia gigantesca dedicada a un género donde la lógica murió aplastada por una tortuga voladora hace ya varias décadas.

Esto es una guía de monstruos. Pero no una guía cualquiera. Aquí no se entra con moderación ni con miedo al ridículo. Aquí se entra con las puertas abiertas, una maqueta de Tokio preparada para explotar y un señor sudando dentro de un traje de goma de setenta kilos mientras intenta no tropezarse delante de la cámara. El libro abraza todo eso con un entusiasmo contagioso y, sobre todo, con una pasión auténtica por un tipo de cine que durante años fue injustamente tratado como “serie B para frikis”. Cuando en realidad era exactamente eso… pero dicho con muchísimo cariño.
Desde la primera página queda claro que Octavio López Sanjuán sabe perfectamente de lo que habla. Y no solo porque maneje información hasta niveles extremos, sino porque escribe como alguien que ha crecido amando este cine. Aquí no hay distancia académica fría ni postureo intelectual intentando justificar que Godzilla “representa el trauma nuclear de la posguerra japonesa” mientras ignora que cinco minutos después pelea contra un robot espacial con forma de gallina diabólica. El libro entiende ambas cosas. Comprende el trasfondo cultural y social pero también disfruta viendo monstruos darse puñetazos encima de edificios de cartón piedra. Y eso lo hace muchísimo más divertido.

La estructura es sencilla y muy efectiva. Un recorrido alfabético por la fauna gigantesca de los monstruos japoneses (también de otros países). Es decir, por todos esos bichos enormes que llevan décadas destruyendo ciudades japonesas con admirable dedicación profesional. Desde los titanes inevitables como Anguirus, Baragon, Dagahra, King Ghidorah o el gran King Kong hasta criaturas tan absurdamente específicas que parece imposible que alguien las recuerde. Pero el libro las recuerda. Todas. Absolutamente todas. Probablemente incluso más que sus propios creadores. Y ahí empieza la verdadera locura.
Conforme avanzas descubres que el universo kaijû es inmenso. Inmenso hasta niveles ridículos. Nosotros, pobres occidentales básicos, solemos quedarnos con Godzilla y poco más. Pero Japón convirtió el cine de monstruos gigantes en una religión cultural. Cada criatura tiene su historia, sus distintas encarnaciones, sus enemigos habituales y, en muchos casos, una evolución estética digna de una estrella del rock. Hay monstruos que empiezan siendo metáforas del horror nuclear y terminan lanzando rayos láser de colores mientras hacen poses imposibles. Y el libro te cuenta todo eso con absoluta seriedad enciclopédica. Lo cual multiplica el humor involuntario de muchas situaciones. Porque una de las cosas más maravillosas del género kaijû es precisamente esa mezcla imposible entre trascendencia y delirio. Godzilla nació como reflejo del miedo atómico tras Hiroshima y Nagasaki. Décadas después estaba haciendo llaves de lucha libre contra un biho gigante con cuernos y alas mientras un niño gritaba consejos desde una colina. Y el libro no intenta esconder esas contradicciones. Al contrario: las celebra.

Visualmente, además, el libro entra solo por los ojos. Fotografías, carteles, capturas y material promocional convierten cada página en un festival de destrucción maravillosa. Hay imágenes tan gloriosamente absurdas que uno no sabe si admirarlas o enmarcarlas directamente en el salón. El problema es que el libro provoca un efecto secundario peligroso: despierta unas ganas tremendas de volver a ver todas esas películas. Incluso las malas. Especialmente las malas. Porque el libro entiende algo fundamental: el encanto del kaijû no depende de la perfección técnica. Depende del entusiasmo. De esa sinceridad absoluta con la que estas películas te pedían aceptar que una tortuga gigante podía volar impulsándose con fuego por el caparazón. Y tú aceptabas. Porque era imposible no querer ese tipo de locura.
El libro incluso dedica espacio al impacto internacional del género y en concreto al americano, donde Hollywood descubrió que podía ganar millones haciendo exactamente lo mismo que los japoneses llevaban haciendo desde hacía setenta años, pero con más presupuesto y menos señores sudando dentro de disfraces. Aunque, siendo sinceros, a veces se echa de menos precisamente eso. Porque el CGI podrá ser impresionante, pero jamás tendrá el encanto de ver a un monstruo tropezar ligeramente contra una maqueta mientras intenta parecer amenazador. Aquello era cine físico. Cine donde podías imaginar perfectamente al actor diciendo “ay, mi espalda” entre toma y toma.

La edición de Diábolo Ediciones, además, es magnífica. Ya se publicó en su momento y ahora volvemos a disponer de la obra con la edición ampliada. Este es un libro de consulta, de revisitar páginas al azar y acabar leyendo cuarenta minutos sobre un crustáceo gigante con problemas de ira. Eso sí, hay que decirlo claramente. Este libro va dirigido a un público muy específico. Muy específico. Muchísimo. Si alguien jamás ha sentido emoción viendo a un monstruo destruir una ciudad en miniatura, probablemente aquí vea solo un catálogo rarísimo de criaturas absurdas. Pero para los aficionados al fantástico, al cine japonés o a la cultura pop clásica, esto es una auténtica joya.
Además, tiene algo muy bonito. Reivindica un cine que nunca tuvo vergüenza de ser divertido. Hoy demasiadas franquicias parecen obsesionadas con parecer importantes, trascendentes y oscuras. El cine japonés de los kaijû, en cambio, entendió hace décadas que ver monstruos gigantes peleándose ya era suficiente espectáculo. Y punto. «Monstruos gigantes del cine japonés: guía de Kaijû» captura perfectamente ese espíritu. Es un libro apasionado, completísimo y tremendamente entretenido. Una carta de amor a un género tan ridículo como maravilloso. Una enciclopedia donde cada página huele a goma quemada, edificios explotando y científicos japoneses gritando “¡No podemos detenerlo!”. Y sinceramente, el mundo necesita más cosas así.
