Hubo un momento en los años setenta en que Marvel miró alrededor, vio que medio planeta estaba dando patadas voladoras gracias a Bruce Lee y decidió: “Necesitamos un señor en pijama amarillo que golpee dragones místicos y también a delincuentes con bigote”. Y así nació Puño de Hierro. Lo maravilloso es que, contra todo pronóstico, aquello salió sorprendentemente bien. No “bien” en plan “bueno, tiene nostalgia”. No. Bien de verdad. Y este segundo tomo de Marvel Limited Edition es básicamente el momento en que la colección deja de ser “el cómic simpático del karate mágico” para convertirse en una pequeña fábrica de aventuras superheroicas con sabor a kung-fu, espionaje, drama urbano y hostias cósmicas servidas por dos chavales llamados Chris Claremont y John Byrne antes de que dominaran Marvel como emperadores mutantes.

Aquí está el germen de muchas cosas. De hecho, leyendo este tomo da la sensación de estar viendo a dos músicos afinando instrumentos antes de grabar el disco que cambiaría la historia. Sólo que en vez de guitarras hay ninjas, mercenarios, terroristas, samuráis, millonarios traumatizados y un señor con un puño luminoso que atraviesa paredes como quien abre una lata de mejillones. Lo primero que llama la atención es lo absurdamente setentero que es todo. Y eso no es una crítica: es parte del encanto. Danny Rand se mueve por Nueva York vestido como si hubiera perdido una apuesta con un diseñador de circo místico tibetano. Los villanos tienen nombres que parecen sacados de un generador automático de juguetes peligrosos y cada dos páginas alguien intenta asesinar a otro usando una secta secreta, una organización terrorista o una sala llena de trampas mortales. Marvel en aquella época entendía perfectamente que el lector había venido a divertirse, no a hacer un máster en contención emocional. Y, sin embargo, debajo de toda esa locura pulp hay una colección sorprendentemente inteligente.
La primera mitad del tomo todavía arrastra cosas de la etapa inicial. Hay ideas buenas, sí, pero también cierta sensación de que el personaje aún busca su sitio. Marvel quería diferenciar a Danny Rand de Shang-Chi y la solución fue sencilla: “¿Y si además de pegar muy fuerte… tiene superpoderes?”. Así que Puño de Hierro se convierte en una especie de cruce imposible entre monje shaolín, superhéroe clásico y millonario traumatizado. Batman, pero si Batman hubiera pasado diez años entrenando con dragones inmortales en vez de hacer sus cositas en la ciudad de Gotham.

Los primeros episodios funcionan como un festival de obstáculos imposibles. Danny entra en edificios llenos de trampas mortales, mercenarios y asesinos mecánicos con la misma tranquilidad con la que otro iría al supermercado. Hay algo deliciosamente ingenuo en esa narrativa: cada puerta es una amenaza, cada pasillo contiene un ninja, cada sombra probablemente esconda a alguien con una katana o un doctorado en tortura oriental. El lector moderno podría preguntarse: “¿No sería más fácil llamar a la policía?”. Pero claro, entonces no tendríamos veinte páginas de puñetazos voladores y poses dramáticas.
Doug Moench hizo un trabajo bastante digno construyendo el universo de Danny Rand. Introduce personajes clave, especialmente a Colleen Wing, aunque todavía parece una secundaria más dentro del caos general. El problema es que, antes de la llegada de Claremont, muchos personajes parecen existir únicamente para ser secuestrados, traicionados o arrojados por una ventana. Hay energía, pero aún no hay alma. Entonces aparece Claremont. Y el cómic pega un salto espectacular. De repente los personajes hablan como personas. Tienen inseguridades, contradicciones y relaciones reales. Danny deja de ser “el rubio que pega puñetazos zen” y empieza a parecer un ser humano funcional (más o menos). Porque sigue llevando un pijama amarillo escotado hasta el ombligo, tampoco pidamos milagros. Claremont convierte la colección en algo mucho más ambicioso. Ya no son sólo aventuras de artes marciales. Ahora hay comentarios sobre racismo, terrorismo, corrupción política, traumas de guerra y feminismo setentero servido con patadas giratorias. Y lo curioso es que funciona. El tipo mete debates sobre segundas oportunidades para exterroristas entre peleas contra mercenarios disfrazados y no queda ridículo.

Además, aquí nacen las auténticas estrellas del tomo: Misty Knight y Colleen Wing. Las Hijas del Dragón prácticamente se comen la colección. Misty entra como un torbellino absoluto: inteligente, dura, sarcástica y con más carisma que muchos héroes Marvel de la época. Colleen, gracias a Claremont, pasa de “chica que sabe kung-fu” a samurái peligrosa capaz de partirte el alma y probablemente también la tráquea. La química entre los personajes es fantástica. Danny y Misty funcionan especialmente bien porque no parecen una pareja idealizada: discuten, chocan y tienen opiniones distintas. Hay una naturalidad muy moderna en cómo Claremont escribe sus relaciones. Y eso tiene bastante mérito en una Marvel setentera donde muchas veces las mujeres estaban ahí para gritar “¡Cuidado!” mientras el héroe golpeaba robots.
También está Byrne. Madre mía, John Byrne. Aquí todavía está evolucionando, pero ya se le ve venir como una apisonadora artística. Sus páginas tienen movimiento, energía y una claridad brutal. Las peleas parecen rápidas, violentas y elegantes. Cada puñetazo tiene peso. Cada salto parece romper la gravedad. Y cuando el dibujo entra en modo “Byrne desatado”, el tomo se convierte en una exhibición constante de composición dinámica y personajes increíblemente expresivos. El tipo consigue que un señor con un traje verde-amarillo imposible parezca intimidante.

Luego llegan los momentos gloriosos. El Maestro Khan. La Brigada de Demolición actuando como cuatro camioneros borrachos con martillos mágicos. El enfrentamiento con el Capitán América. La primera aparición de Dientes de Sable, que aquí todavía no sabe que décadas después acabará siendo uno de los mutantes más famosos de Marvel. Y, por supuesto, el cruce con la Patrulla-X, que básicamente existe porque Claremont dijo: “Estoy escribiendo ambos cómics, voy a liar una pelea porque sí”. Y bendita decisión. Ese episodio es una maravilla absurda. Superhéroes malinterpretándose y pegándose durante varias páginas antes de descubrir que había un enemigo común. El ADN puro del Marvel clásico. Una fórmula tan vieja como eficaz. Como las croquetas de tu abuela o las películas donde Bruce Willis está cansado y explotan cosas.
El único problema real del tomo es que la cancelación se nota. Algunas tramas quedan colgadas y ciertos conflictos parecen interrumpidos a mitad de frase. Pero incluso eso tiene cierto encanto trágico. Da rabia porque la serie estaba alcanzando una velocidad tremenda justo cuando Marvel decidió desenchufarla. Aunque Claremont y Byrne encontraron rápidamente refugio en Marvel Team-Up y luego en Power Man & Iron Fist, así que Danny Rand no desapareció exactamente. Simplemente se mudó de piso superheroico. Y honestamente, leyendo este tomo entiendes perfectamente por qué la dupla Claremont-Byrne terminó siendo legendaria. Aquí ya están experimentando con todo lo que luego harían enorme en la Patrulla-X: personajes más humanos, relaciones complejas, acción desatada, humor, drama y esa maravillosa capacidad de convertir ideas ridículas en algo emocionalmente convincente.

Siendo sinceros, la premisa es completamente delirante: Un multimillonario occidental criado en una ciudad mística del Himalaya obtiene el poder de un dragón inmortal y vuelve a Nueva York vestido como una mezcla entre acróbata de circo y luchador de lucha libre mexicana. Eso no debería funcionar. Pero funciona. Y funciona muchísimo. Este tomo tiene algo que muchos cómics modernos han perdido intentando ser “importantes”: ganas de entretener. Cada número quiere dejarte con una sonrisa, una sorpresa o ganas de leer el siguiente. No hay cinismo. No hay pose. Sólo autores jóvenes lanzando ideas como locos y acertando muchísimas más veces de las esperables.
La edición de Panini Comics junto con SD Distribuciones incluye los números Iron Fist números 3 a 15, Marvel Two-In-One número 25 y Marvel Team-Up números 63 a 64 con traducción de Uriel López y Gonzalo Quesada. Además de los números de Claremont y Byrne, tenemos el número escrito por Marv Wolfman y dibujado por Ron Wilson donde veremos al querido sobrino de la tía Petunia dándose de tortas junto a Danny Rand en un país oriental. Así que sí, el segundo tomo y último de Puño de Hierro de la línea Marvel Limited Edition es una maravilla setentera llena de exceso, energía y encanto. Un cómic donde puedes encontrar espionaje internacional, debates morales, ninjas asesinos, drama romántico y un tipo atravesando paredes con un puño brillante en la misma tarde. Y además dibujado por un Byrne hambriento y escrito por un Claremont que ya empezaba a mirar al resto de Marvel como diciendo: “Apartaos un momento, voy a cocinar”. Y vaya si cocinó.
