Si alguna vez te has preguntado cuál es el verdadero motivo por el que el Imperio romano no logró conquistar del todo la Galia, el octavo número de los «Ideafix y los irreductibles: Fragancia gala» viene a darte la respuesta definitiva: olían regular tirando a crimen de guerra. Y claro, así no hay imperio que aguante. Puedes tener legiones, estrategia militar y sandalias a juego, pero como tu aroma recuerde a gladiador después de crossfit en agosto estás perdido.

Este octavo volumen llega con tres historias que no solo mantienen el espíritu gamberro del universo de Astérix, sino que lo rebajan a ras de suelo (literalmente, a nivel perro) para ofrecernos una versión aún más caótica, más adorable y, sorprendentemente, más identificable. Porque sí, aquí los héroes tienen cuatro patas, pero sus problemas son muy humanos: enamorarse, mentir un poquito para quedar bien y, por supuesto, evitar que alguien arrase con todos los recursos naturales para fabricar colonia barata.
La primera historia, “Fragancia Gala”, arranca con una premisa que ya es oro puro: los romanos apestan. Pero no “apestan” en sentido figurado, no. Apestan en plan “esto debería regularlo algún tipo de ley sanitaria del siglo I antes de Cristo”. El general que bastante tiene con mandar tropas como para además tener que aguantar ese bouquet aromático de calcetín húmedo y cuero fermentado, decide tomar medidas. Y aquí entra Homéopatix, el tipo que probablemente vendería colonia con olor a cabra si eso le diera beneficios. El problema es que fabricar perfume a lo grande requiere una cantidad obscena de muérdago. Y claro, el muérdago no es solo para decorar árboles o dar besitos incómodos en Navidad: es esencial para las pociones. Traducido: si los romanos consiguen su perfume, los galos se quedan sin magia. Y eso ya no hace tanta gracia. Aquí es donde Ideafix y su pandilla entran en acción, demostrando que son básicamente un comando táctico con forma de peluche. Lo mejor de esta historia no es solo el conflicto, sino cómo se desarrolla: persecuciones, sabotajes, planes que salen mal (porque si un plan sale bien en este universo, alguien ha leído mal el guion) y un montón de gags que funcionan como un reloj suizo… pero con más babas. Además, aparece Vitamina, que no solo añade un toque de elegancia a la historia, sino que también introduce el caos emocional definitivo. Porque claro, tú puedes enfrentarte a romanos, trampas y planes maquiavélicos… pero como alguien te mire bonito, se acabó todo.

Así entramos en la segunda historia. “Devórix sin Vitamina”, que debería venir con aviso de “riesgo de vergüenza ajena extrema”. Porque aquí vemos a Devórix, ese bulldog que normalmente reparte leña como si fuera panadero en hora punta, completamente derrotado por… sus sentimientos. Es glorioso. De verdad. Ver a un personaje tan físicamente imponente convertirse en un manojo de nervios incapaz de articular una frase coherente es uno de esos placeres culpables que el cómic te regala sin pedir permiso. Ideafix intenta ayudar, claro, porque es el amigo responsable del grupo. Pero hay batallas que no se pueden ganar con estrategia, y esta es una de ellas. Mientras tanto, nuestra querida gatita villana (que si tuviera LinkedIn pondría “especialista en aprovechar debilidades ajenas”) detecta la situación y decide explotarla. Porque si consigues que el músculo del equipo esté distraído suspirando, el resto cae como fichas de dominó. La historia juega mucho con el humor romántico, pero sin caer en lo cursi: aquí todo es torpe, exagerado y maravillosamente ridículo. Y entonces llega la tercera historia, “Hogacita, hogacita mía”, que es básicamente una lección magistral de cómo convertir algo tan simple como “no hemos traído el pan” en una odisea digna de Homero… pero con más excusas.
Es una estructura tipo “cada uno cuenta su película”, y funciona de maravilla. Porque cada versión no solo cambia los hechos, sino también el tono: uno lo narra como una epopeya, otro como un drama, otro como si fuera una injusticia cósmica. Y en medio de todo eso, Ideafix intentando reconstruir la verdad como si fuera un detective en una novela negra… pero rodeado de perros exagerados. Lo mejor de esta historia es cómo desmonta el ego de los personajes con humor. Porque todos quieren quedar bien, todos quieren ser el protagonista… y al final la realidad es mucho más simple (y más cutre). Es una forma muy elegante de recordarnos que, cuando algo sale mal, la versión oficial suele ser bastante creativa.

En cuanto al apartado artístico, Federico Mancuso hace un trabajo que entra por los ojos como un buen plato de jabalí, pero sin necesidad de cazarlo. El estilo respeta la herencia de Albert Uderzo, con personajes expresivos, líneas dinámicas y una puesta en escena que prioriza la claridad y el ritmo. Aquí no hay experimentos raros: todo está al servicio del gag, de la acción y de que no te pierdas ni una colleja. Los gestos, en particular, son una delicia. Cada mirada, cada mueca, cada momento de pánico o entusiasmo está exagerado justo lo suficiente para hacerte sonreír. Y eso, en un cómic de humor, es medio trabajo hecho.
El guion, firmado por Lison d’Andréa, Philippe Clerc y Olivier Serrano, demuestra que entienden perfectamente el tono de la serie. No intentan reinventar la rueda, ni convertir esto en una epopeya oscura con giros dramáticos. Aquí se viene a jugar, a hacer reír y a mantener ese espíritu travieso que ha hecho grande al universo de Astérix durante décadas. Y lo consiguen. Porque este tebeo es, ante todo, divertido. No hay pretensiones, no hay momentos de “esto quiere ser más de lo que es”. Es un cómic que sabe perfectamente cuál es su lugar en el mundo… y lo ocupa con orgullo. Además, hay un detalle que se agradece mucho: el ritmo. Las historias no se alargan innecesariamente, los gags no se repiten hasta el agotamiento y todo fluye con una naturalidad que hace que te leas el tomo casi sin darte cuenta. Es de esos cómics que empiezas “un momentito” y acabas cerrando con una sonrisa y pensando: “vale, otra más”.

En definitiva, este octavo volumen editado por Bruño Editorial/Salvat es como ese amigo que siempre tiene una tontería preparada para hacerte reír. No te cambia la vida, no te hace replantearte tu existencia… pero te alegra el día. Y oye, con los tiempos que corren, eso ya es bastante épico. Así que sí, Ideafix y los irreductibles es una pequeña joya de humor ligero, con personajes encantadores, situaciones absurdas y una conclusión muy clara: puedes conquistar territorios, construir imperios y organizar legiones… pero como no te compres un buen perfume, los galos (y sus perros) te van a poner fino. Y con razón. Porque hay derrotas que duelen… pero hay otras que, directamente, huelen.
