Tribulaciones de X 7: entre mutantes anda el juego

Hay decisiones en la vida que te definen: elegir pareja, cambiar de trabajo, pedir piña en la pizza y luego está esa otra categoría, más sutil pero igual de trascendental, que consiste en coger un tomo al azar de la estantería pensando “bah, esto seguro que entretiene”. Ahí es donde entra el séptimo tomo de Marvel Premiere de Tribulaciones de X de Panini Comics. Un cómic que no es que te haga replantearte tu existencia, pero sí te hace replantearte por qué no cogiste el de al lado. Ese que tenía mejor pinta. Ese que ahora te mira desde la balda con cara de “te lo dije”. Porque claro, uno ve la premisa: Halloween, la Patrulla-X enfrentándose a un Jinete sin Cabeza, Krakoa con sus movidas de muertos que no saben estarse quietos, Los Nuevos Mutantes peleando contra el Rey Sombra, y Lobezno metido en líos de espías y piensa: “esto es un menú degustación mutante, aquí hay variedad, aquí hay diversión”. Lo que no te dicen es que ese menú es de esos modernos donde las raciones son pequeñas, el sabor es discutible y sales con más preguntas que satisfacción.

Abrimos con X-Men #4, cortesía de Gerry Duggan, que ya le tiene cogido el tranquillo a eso de escribir historias que no incomodan, no arriesgan y, sobre todo, no se complican la vida. Y oye, eso tiene mérito. Aquí nos plantea un episodio con ambientación de Halloween que debería tener ese puntito inquietante, esa sensación de “algo raro pasa en el pueblo de al lado” pero se queda en “bueno, pues sí, pasa algo, tampoco es para tanto”. El Jinete sin Cabeza aparece con toda la intención de dar mal rollo (bueno el villano Pesadilla también está merodeando por allí), pero la ejecución es tan ligera que parece más un figurante en una cabalgata que una amenaza real. Es como si el cómic te guiñara el ojo y te dijera: “tranquilo, esto no va a ponerse intenso”. Y claro, tú te quedas con cara de “pues igual debería”. Duggan tira de su fórmula habitual: historia autoconclusiva, ritmo ágil, pequeños guiños a algo más grande que ya veremos si algún día importa… o no. Se lee rápido, no molesta, pero tampoco deja huella. Es el equivalente comiquero a ver un capítulo suelto de una serie mientras cenas: cuando acabas, no recuerdas ni el nombre del episodio. En el dibujo, Javier Pina hace un trabajo sólido, limpio, sin estridencias. El problema, claro, es que viene a sustituir (aunque sea temporalmente) a Pepe Larraz, y eso es como pedirle a alguien que sustituya a tu grupo favorito en un concierto. Puede hacerlo bien, puede cumplir, pero tú sabes que no estás viendo lo mismo. Y esa sensación no se va.

Después llega el turno de Los Nuevos Mutantes, escritos por Vita Ayala, y aquí el tomo decide que ya has tenido suficiente dinamismo por hoy. Es momento de bajar revoluciones. De hecho, de pararlas casi por completo. La trama enfrenta al equipo contra el Rey Sombra, un villano que, sobre el papel, debería ser una pesadilla psicológica con patas. En la práctica, aquí parece más bien un jefe intermedio con poca presencia en las reuniones. El problema principal no es que la historia sea lenta; es que es insustancial. Los personajes están ahí, sí, pero no generan ninguna conexión. Hablan mucho, hacen cosas… pero todo da la sensación de ser accesorio, de no importar demasiado. Es como ver una obra de teatro en la que los actores recitan sus líneas perfectamente… pero nadie se cree lo que está pasando. Y eso, en un cómic coral, es letal. Porque si no te importan los personajes, ¿qué te queda? Pues eso: páginas que pasan, viñetas que se suceden y una sensación creciente de “¿esto cuándo arranca de verdad?”.

Eso sí, en el apartado artístico, Rod Reis intenta darle una personalidad propia al conjunto, con un estilo más experimental, más atmosférico, más de “esto es diferente, mírame”. Y lo consigue, en parte. El problema es que el envoltorio no puede salvar un contenido que no termina de enganchar. Es como ponerle una caja preciosa a un regalo que, al abrirlo, resulta ser… un par de calcetines. Bonitos, sí. Pero no era lo que esperabas ( no tengo nada en contra de los calcetines, que conste en acta).

Entonces, cuando ya estás mentalmente mirando la hora y calculando cuántas páginas te quedan, aparece Lobezno. Nuestro querido Lobezno entra en escena como ese amigo que llega tarde a la fiesta… pero trae comida. Y de repente todo mejora un poco. Benjamin Percy ofrece una historia que, sin ser revolucionaria, al menos entiende lo básico: que las cosas tienen que pasar. Hay acción, hay tensión, hay una trama de espionaje y traiciones que, aunque no te vuele la cabeza, sí consigue mantenerte atento. Después del letargo anterior, esto se siente casi como un chute de café. Percy no reinventa el personaje ni pretende hacerlo. Va a lo suyo: Lobezno en modo supervivencia, enfrentándose a situaciones complicadas, tomando decisiones difíciles y repartiendo estopa cuando toca. Funciona porque es lo que esperas… y porque está bien ejecutado. En el apartado gráfico, Lan Medina y Paco Díaz aportan un extra de energía, especialmente en el segundo número que cierra el tomo. Hay dinamismo, hay escenas que destacan, hay una sensación de que alguien aquí sí está intentando dejar huella. No salva el conjunto entero, pero al menos consigue que el final no sea un suspiro resignado.

Al cerrar el tomo, la sensación es curiosa. No es enfado. No es decepción absoluta. Es algo más sutil y, si cabe, más peligroso: indiferencia. Este séptimo tomo de Tribulaciones de X no es un desastre, no es un cómic que vayas a odiar. Es simplemente… un cómic que existe. Que lees. Que terminas. Y que, si no fuera porque ocupa espacio físico, probablemente olvidarías en cuestión de horas. Y eso es lo que más escuece. Porque el universo mutante de Marvel Comics ha demostrado mil veces que puede ser vibrante, emocionante, incluso arriesgado. Aquí, sin embargo, todo parece funcionar en modo ahorro de energía. Como si nadie quisiera molestar demasiado. Como si el objetivo fuera simplemente cumplir.

Hay momentos rescatables, claro. El tramo de Lobezno tiene su gracia, el dibujo en general es competente, y siempre hay algún detalle que apunta a cosas más interesantes en el futuro. Pero el conjunto no termina de justificar el viaje. Es como ver una película que tiene un buen final pero dos tercios previos que podrías haberte saltado sin problema. Así que, ¿para quién es este tomo? Pues para ese lector completista que no puede dejar un hueco en la colección. Para el que necesita tener cada pieza, aunque no todas brillen. Para el que ve la estantería como un puzle que debe estar completo, aunque alguna pieza tenga menos gracia que un lunes por la mañana. Para el resto… hay muchas otras opciones ahí fuera. Mejores, más divertidas, más memorables. Este tebeo no te va a perseguir si decides ignorarlo. No va a aparecer en tus pesadillas como el Jinete sin Cabeza. De hecho, probablemente haga justo lo contrario: desaparecer silenciosamente de tu memoria, como si nunca hubiera estado ahí. Y quizá, solo quizá, eso sea lo más honesto que se puede decir de él.

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