Marvel Deluxe Masacre. Rey de los monstruos: entre coronas y tentáculos

Hay cómics que no necesitan presentación porque entran solos en la habitación, hacen ruido, tiran tres muebles al suelo y encima te piden las llaves de casa como si fueran de confianza. Y luego está el tomo de Marvel Deluxe de «Masacre: Rey de los Monstruos», que entra exactamente así… pero después se sienta educadamente, se quita los zapatos y pregunta si puede molestarte mucho antes de empezar a romper cosas. Y ahí ya sabes que algo raro está pasando con Masacre. Porque sí, este es Masacre, el mercenario bocazas, el de la cuarta pared hecha confeti, el que normalmente debería estar saltando entre viñetas como un anuncio de refresco con armas blancas. Pero aquí aparece con un extraño aura de “me he leído un libro de autoayuda y voy a gobernar una isla con responsabilidad emocional”. Y claro, eso ya suena a señal de alarma.

La premisa es de esas que Marvel solo aprueba si alguien dice “tranquilos, esto tiene sentido legal si no lo pensáis demasiado”. Wade Wilson se convierte en rey de los Monstruos o dicho de otra manera, de Staten Island por un tecnicismo del siglo XVII. No hace falta releerlo. Está escrito así. Y lo peor es que funciona como punto de partida, lo cual es casi más preocupante que si no funcionara. A partir de ahí, la isla se transforma en una especie de reino monstruoso con criaturas, conflictos, política improvisada y Masacre intentando hacer de monarca sin que nadie haya tenido la decencia de explicarle qué hace exactamente un monarca aparte de llevar corona y tomar malas decisiones con estilo como irse a Abu Dhabi con un nieto muy tonto.

El resultado es una mezcla muy concreta: aventura, sátira, monstruos, humor contenido y un extraño intento de darle peso a un personaje que, históricamente, ha sobrevivido precisamente porque no se lo toma nada en serio. Por eso aquí está el primer choque. Kelly Thompson decide que Masacre puede tener corazón, vínculos, desarrollo y hasta cierto sentido de propósito. Y no es que esté mal, al contrario, está bien escrito, es coherente y tiene intención. El problema es que en ese proceso alguien parece haberle bajado el volumen al caos original del personaje, como si el mercenario bocazas hubiera pasado de gritar dentro de un karaoke a hablar en una biblioteca donde está prohibido emocionarse demasiado. El cómic sigue siendo entretenido, pero es un entretenimiento con cinturón de seguridad. Todo está medido, controlado, encajado. Incluso los chistes parecen mirar antes de salir, como si temieran molestar. Y eso con Wade Wilson es casi un pecado conceptual. Es como pedirle a un huracán que entre en modo “brisa agradable”.

Gráficamente, eso sí, el tomo no se contiene. Chris Bachalo abre fuego con su estilo habitual. Páginas que parecen haber sido diseñadas mientras alguien sacudía la mesa de dibujo con entusiasmo. Composiciones imposibles, anatomías elásticas, energía por todos lados y una sensación constante de que el papel no está preparado para lo que está recibiendo. Es perfecto para este tipo de historia, porque si el guion va un poco domado, el dibujo al menos finge que aquí sigue habiendo caos. Cuando entran otros artistas como Irene Strychalski, Gerardo Sandoval o Kevin Libranda, el conjunto se suaviza, pero el color realizado por David Curiel, Rachelle Rosenberg y Chris Sotomayor ayuda a mantener cierta continuidad visual, como si alguien hubiera decidido que el desorden necesita un traductor para no perderse del todo.

La historia avanza entre arcos que deberían sentirse épicos, pero que en realidad funcionan más como “eventos encadenados en la vida de un tipo que no debería estar a cargo de nada”. Wade reina, discute, improvisa alianzas, se enfrenta a amenazas monstruosas y de vez en cuando parece recordar que esto es un cómic suyo y debería comportarse en consecuencia, aunque nunca del todo. Hay un cruce con elementos del universo Marvel que aparece con la típica naturalidad de quien entra en una fiesta sin invitación, pero trae bebida, así que nadie le dice nada. Todo fluye con bastante soltura, y eso es lo más sorprendente: el cómic no se cae en ningún momento. No emociona siempre, pero tampoco aburre, lo cual ya es casi un logro en estas sagas largas donde el relleno suele tener más protagonismo que el villano.

El humor, sin embargo, es donde más se nota el cambio de tono. Hay bromas, sí, pero están más espaciadas, más limpias, menos agresivas. La sensación es que alguien ha pasado un filtro de “esto es gracioso, pero no demasiado”. Nuestro protagonista sigue rompiendo la cuarta pared, pero lo hace como quien toca el timbre con educación en lugar de atravesarla a patadas. Y eso cambia completamente la energía del personaje. Sigue siendo divertido, pero ya no te da la sensación de que cualquier cosa puede pasar en cualquier viñeta. Es más previsible, más ordenado, más… razonable. Y razonable es un concepto que debería venir con advertencia legal.

Donde el cómic gana puntos es en las relaciones. La dinámica con Elsa Bloodstone funciona mejor de lo esperado, con una química que no parece forzada y que aporta algo de humanidad al conjunto sin convertirlo en un drama constante. Y luego está Jeff, el pequeño tiburón, que directamente vive en otro nivel. Jeff no actúa, no evoluciona, no necesita nada. Simplemente aparece, existe, y roba escenas con una eficacia que debería estar regulada por ley. Es casi ofensivo lo fácil que resulta que sea el personaje más carismático del tomo sin decir absolutamente nada.

El especial del 30 aniversario, que cierra el volumen, es una especie de buffet de historias cortas donde se nota quién entiende al personaje y quién tiene otras ideas en mente del personaje. Tenemos a Joe Kelly, Skottie Young, Fabian Nicieza, Daniel Way, Gerry Duggan, Brian Posehn, Rob Liefeld, Chad Bowers, Aaron Conley, Patrick Zircher, Paco Medina, Scott Koblish, Wayne Faucher, Tim Townsend, Al Vey, Jaime Mendoza, John Livesay, Victor Olazaba, Víctor Nava o Bob Quinn creando piezas divertidas, ideas ingeniosas y momentos que funcionan como celebración real del caos que debería ser Masacre.

La edición de Panini Comics en su línea Marvel Deluxe mantiene el nivel de ocasiones anteriores. Tenemos los números Deadpool 1-10 y Deadpool Nerdy 30 con traducción de Uriel López y una introducción de Xavi Sanz explicando de donde viene el relato y parte de lo que nos encontraremos. De las 320 páginas veremos multitud de portadas alternativas y varias paginas del proceso creativo de Gerardo Sandoval. Al final, lo que queda es una sensación bastante clara. Este no es un mal cómic, ni mucho menos. Es sólido, entretenido, bien dibujado, con ideas interesantes y un enfoque más emocional de lo habitual. Pero también es un Masacre ligeramente tranquilo, como si alguien hubiera decidido que el personaje necesitaba terapia antes de seguir causando caos. Y eso genera una contradicción constante: estás leyendo algo que funciona, pero que a veces parece tener miedo de ser exactamente lo que debería ser. Por eso este tomo del Rey de los Monstruos es como ver a Masacre intentar ser un rey competente mientras lleva el traje de bufón en la mochila “por si acaso”. Y claro, al final cumple, entretiene y hasta tiene momentos brillantes. Pero uno no puede evitar pensar que, en algún punto del camino, alguien le bajó un poco demasiado el volumen al caos y Wade Wilson sin caos es como un monstruo sin dientes: sigue dando miedo, pero ya no tanto como debería.

Deja un comentario