Civilizaciones: Egipto. La llegada del elegido

Hay algo profundamente sospechoso en cualquier obra que empiece con una profecía. Y no una profecía cualquiera, no: una de esas que básicamente viene a decir “todo se va a ir al garete en breve, pero oye, igual lo arregla un chaval que todavía no sabe ni cómo se llama”. «Civilizaciones: Egipto» arranca así, sin anestesia, con los sacerdotes mirando al cielo, interpretando estrellitas y concluyendo que el futuro pinta regular tirando a apocalíptico. Nada nuevo bajo el sol… o bajo Ra, para ser precisos. Pero lo interesante aquí no es tanto el desastre anunciado como la forma en que France Richemond decide contarlo. Porque podría haber optado por la típica narración solemne, de esas que te hablan del Antiguo Egipto como si todo el mundo caminara en cámara lenta mientras suena música de arpa y alguien susurra “eternidad” cada tres páginas. Pero no. Aquí hay épica, sí, pero también hay barro, dudas, tensiones políticas y, sobre todo, una sensación constante de que nadie tiene muy claro qué demonios está pasando… ni siquiera los que dicen hablar con los dioses.

La historia nos sitúa en ese momento tan cómodo y relajado que es el paso de la Segunda a la Tercera Dinastía. Traducido: un periodo de cambios, tensiones y gente mirando de reojo al vecino por si acaso. El Alto y el Bajo Egipto no están precisamente en su mejor momento de convivencia, los sacerdotes compiten por ver quién tiene la interpretación divina más convincente y el poder, como siempre, es un pastel que todos quieren repartir… pero quedarse con la mejor porción. En medio de este panorama aparece nuestro protagonista. Un muchacho sin nombre que, como es tradición en estas historias, está destinado a algo grande aunque de momento no lo parezca. Este futuro Im-Hotep no entra en escena con fanfarrias ni rayos de luz celestial. Más bien al contrario: su presentación tiene ese aire de “ya verás cuando este chico crezca” que tanto gusta en las narraciones de origen. Y funciona. Porque Richemond no lo convierte desde el minuto uno en un genio absoluto, sino que le da margen para evolucionar, equivocarse y, en definitiva, convertirse poco a poco en esa figura histórica que todos asociamos con sabiduría, arquitectura y probablemente demasiadas responsabilidades.

Aquí es donde el cómic empieza a jugar con una de sus mejores cartas: el equilibrio entre lo humano y lo divino. Porque sí, hay dioses. Muchos. Y no están precisamente de adorno. Sujet, Kem-Et y compañía no son simples referencias culturales para darle color local al asunto; son fuerzas activas dentro del relato, elementos que influyen en las decisiones, en los conflictos y en la manera en que los personajes entienden el mundo. Lo curioso (y bastante logrado) es que esta presencia divina no resulta ridícula ni excesivamente grandilocuente. No hay esa sensación de “vamos a meter dioses porque queda épico”. Más bien al contrario. Todo está integrado donde lo religioso, lo político y lo cotidiano forman un único bloque. En el antiguo Kemet, hablar de astronomía era hablar de destino, y discutir de poder implicaba inevitablemente invocar a alguna deidad. Vamos, que separar ciencia, religión y política no era una opción. Un poco como ahora, pero con más halcones sagrados y menos tertulias televisivas llenas de gritos.

El personaje del sacerdote sirve como hilo conductor de esa dimensión más espiritual (y también más obsesiva, todo hay que decirlo). Es él quien interpreta la profecía, quien ve en las estrellas la llegada de ese niño especial y quien decide que, efectivamente, merece la pena embarcarse en una búsqueda que probablemente complique bastante su vida. Porque si algo deja claro el cómic es que interpretar los designios divinos no es precisamente un trabajo relajado. Aquí no hay horario de oficina ni fines de semana libres: hay visiones, dudas y una presión constante por no equivocarse… porque si te equivocas, igual no es solo tu reputación la que se va al traste, sino todo un reino. Vamos el día a día de un autónomo normal y corriente.

Pasando al apartado gráfico, Giulia Pellegrini junto a Axel Gonzalbo hace un trabajo que merece bastante atención. Porque no es fácil representar el Antiguo Egipto sin caer en extremos. Los escenarios están cuidados, sí, pero no parecen sacados de una enciclopedia. Hay vida en ellos. El Nilo no es solo un río bonito, es un eje fundamental del mundo que se nos presenta. Los templos no son decorados, sino espacios cargados de significado. Y los personajes, con sus vestimentas y gestos, transmiten una sensación de coherencia sin volverse artificiales. Donde Pellegrini realmente se luce es en las escenas más simbólicas. Cuando el relato se adentra en lo onírico, en lo divino o en lo visionario, el dibujo se permite experimentar más, jugar con composiciones, con formas y con imágenes que rozan lo alegórico. Y ahí es donde el cómic gana muchos puntos. Porque consigue transmitir esa idea de que, para los egipcios, lo visible y lo invisible eran dos caras de la misma moneda.

En cuanto a la edición, Yermo mantiene un nivel muy aceptable como en ocasiones anteriores. El dossier final merece también una mención especial. Porque, aunque pueda parecer un extra opcional (de esos que uno hojea por encima), en realidad añade bastante valor a la experiencia. Permite distinguir entre lo histórico y lo inventado, contextualiza elementos y, en general, refuerza la sensación de que estamos ante un trabajo bien documentado. Es como ese amigo que, después de una buena historia, te dice: “oye, y esto viene de aquí, y esto otro se lo han inventado… pero mola igual”. Además de ese pequeño diccionario con las palabras que aparecen en los bocadillos que no se traducen y dan más empaque al conjunto.

Por eso el tono general de «Civilizaciones: Egipto» consigue algo que no es tan habitual: ser interesante sin volverse pesada. Tiene ambición, tiene contenido, tiene intención divulgativa… pero también tiene ritmo, momentos de tensión y ese punto de aventura que evita que todo se convierta en una lección de historia ilustrada. ¿Es un cómic perfecto? No necesariamente. Hay momentos en los que la carga de información puede resultar un poco densa, y algún lector podría sentir que le están pidiendo más atención de la habitual. Pero también es cierto que esa densidad forma parte de su encanto. No es una lectura ligera de usar y tirar; es un álbum que invita a detenerse, a observar y, en algunos casos, a releer.

En definitiva, estamos ante una obra que combina historia, mito y narrativa gráfica con bastante acierto. Un cómic que no se conforma con enseñarte el Antiguo Egipto de postal, sino que intenta reconstruirlo como un mundo complejo, cambiante y lleno de contradicciones. Y lo mejor de todo es que lo hace sin perder cierto sentido del humor involuntario: porque, al final, ver a un grupo de sacerdotes intentando interpretar el destino del mundo mirando las estrellas tiene algo de entrañable… y de ligeramente caótico. Como si el futuro de toda una civilización dependiera de una reunión especialmente intensa de astrólogos. Así que sí, si buscas una lectura que combine épica, historia y un toque de “todo esto es más complicado de lo que parece”, este tebeo es una apuesta bastante sólida. Y además, te permite decir que has aprendido cosas que siempre es un plus.

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