Si algún día alguien inventa una máquina del tiempo, lo primero que debería hacer no es impedir guerras ni cambiar resultados deportivos (aunque suene muy incidente). Debería viajar a la oficina de Marvel de los años 80, entrar con calma, y decirle a todo el mundo: “tranquilos, ya ha llegado John Byrne”. Porque algo ocurrió cuando este señor se sentó a escribir a Los 4 Fantásticos que todavía hoy parece una anomalía estadística. De repente, una familia de gente con poderes absurdos empezó a comportarse como una familia real, pero con la mala suerte añadida de vivir en un edificio que atrae catástrofes interdimensionales como si fuera un imán para el apocalipsis. Y si uno quiere entender este tercer tomo de Obras Maestras Marvel, publicado por Panini Comics, hay que empezar por ellos, por los cuatro pilares del caos doméstico, porque Byrne no los trata como figuritas de acción, sino como personas que casualmente pueden destruir la realidad si tienen un mal día.

Lo primero que llama la atención es que Byrne aquí ya no está “probando cosas”, está directamente en modo arquitecto con plano maestro. Ha entendido perfectamente a los personajes, al universo Marvel y a sí mismo como narrador. Y eso se nota desde el primer golpe de página. El Edificio Baxter no es un escenario, es un hogar con grietas emocionales, científicas y probablemente estructurales. Y cuando el equipo decide irse de excursión a la Zona Negativa, uno ya debería saber que eso no va a acabar bien, porque en el universo Marvel ir a la Zona Negativa es el equivalente a decir “vuelvo en cinco minutos” en una película de terror.
Mientras tanto, en esa dimensión donde la lógica se toma vacaciones permanentes, Annihilus decide que es el momento perfecto para demostrar que la propiedad privada interdimensional no existe. El tipo no negocia, no razona, no envía burofax: invade. Y Byrne lo dibuja todo con una claridad que da gusto, como si quisiera que incluso tu abuela pudiera entender la coreografía del caos. Lo más divertido es que, pese a la magnitud cósmica de todo, la historia nunca pierde el foco humano. Porque mientras Reed Richards intenta salvar el multiverso con cara de no haber dormido en tres décadas, Sue Richards está demostrando que probablemente sea la persona más competente del equipo, aunque durante años se la tratara como “la que pone escudos y a veces se desmaya por el guion” (tiempos aquellos donde la mujer era un maniquí rubio sin nada que decir). Aquí Byrne le arregla el historial con la precisión de un contable con complejo de justicia.

Pero claro, esto es «la casa de las ideas«, así que la calma dura lo que dura un café mal servido. Porque cuando el tomo decide volver a la acción, lo hace como si alguien hubiera pisado el botón de “catástrofe total”. La trama de la Zona Negativa se mezcla con el ataque al Edificio Baxter, y el resultado es un caos perfectamente orquestado donde todo el mundo tiene algo que hacer, incluso personajes invitados como Daredevil o Hulka, que aparecen como si esto fuera una reunión familiar donde nadie avisó de que venía tanta gente. Y por supuesto, también están los Los Vengadores, porque en Marvel nadie puede tener un problema serio sin que aparezca otro grupo de superhéroes a ver si pueden ayudar o complicar más la situación.
Cuando el lector ya está suficientemente agotado, Byrne decide subir la apuesta con una de esas ideas que parecen sencillas pero que en manos de otro autor serían puro desastre: el regreso del devorador de planetas. Pero aquí Galactus no llega para dar discursos ni para tener dilemas morales innecesarios. Llega, evalúa, y actúa. Y lo que elige como su siguiente comida no es precisamente una ensalada ligera: el mundo natal de los Skrull. Y uno casi siente pena… hasta que recuerda que los Skrull llevan décadas haciendo travesuras de cambio de forma, infiltraciones y caos generalizado, así que la narrativa parece decir “bueno, ya les tocaba una mala semana”. Lo brillante de Byrne aquí es que Galactus no necesita volverse más humano ni más comprensible. Es una fuerza cósmica, punto. Y cuanto más coherente se mantiene esa idea, más impactante resulta cada aparición. No hay redención, no hay giro emocional barato: hay escala, inevitabilidad y consecuencias. Y eso, en un universo donde todo tiende a volverse personal, es casi refrescante.

Entre todo esto, Byrne sigue haciendo lo que mejor sabe: dibujar y escribir con una sincronía que hoy sería motivo de estrés editorial inmediato. Porque sí, este hombre no solo escribía la historia, también la dibujaba, como si tuviera tiempo ilimitado y una relación saludable con los plazos de entrega. Sus páginas son claras, dinámicas y sorprendentemente modernas para su época. No hay exceso de texto, no hay viñetas saturadas de explicaciones innecesarias, solo narrativa visual que confía en que el lector sabe mirar. Algo que, por desgracia, no siempre ocurre en el género. Y luego está el hecho de que este tomo no es solo Byrne. Aparecen nombres como Roger Stern, Ron Wilson, Joe Sinnott o Glynis Wein lo que convierte el conjunto en una especie de fiesta del talento Marvel de la época. Pero incluso con esos números diferentes a los 4F, la sensación dominante es la de una etapa con identidad muy clara. Esto es Byrne entendiendo a los personajes mejor que nadie y dejando que el universo Marvel respire a su alrededor.
La edición de Panini Comics incluye los números Fantastic Four #251 al #257, Annual #17, The Avengers #233, The Thing #2 y material de The Official Handbook of the Marvel Universe. Son 344 páginas con traducción de Gonzalo Quesada, Eduardo López, Santiago García y Uriel López, además de una introducción escrita por Al Milgrom, así como multitud de ilustraciones originales en blanco y negro. Y así, entre invasiones, crisis familiares, devoradores de planetas y tardes tranquilas que parecen no tener importancia, pero lo cambian todo, este tercer volumen se convierte en algo más que una recopilación. Es una demostración de cómo se puede hacer cómic de superhéroes sin perder inteligencia, emoción o sentido del espectáculo. Es también una advertencia amable: cuidado, porque después de leer esto, muchos cómics modernos van a parecerte gente hablando mucho mientras espera a que ocurra algo.

Al final, uno cierra el tomo de los Cuatro Fantasticos con la sensación extraña de haber leído algo importante sin que nadie se lo haya dicho directamente. Y eso es lo más peligroso de todo: que Byrne no necesita convencerte de que esto es bueno. Simplemente lo es. Y tú, sin darte cuenta, ya estás pensando en el siguiente volumen, como si fuera perfectamente normal dedicar parte de tu vida adulta a seguir las aventuras de una familia disfuncional que vive en un edificio atacado regularmente por entidades cósmicas. Y probablemente lo mejor es que tiene toda la lógica del mundo.
