Hay cómics que te reciben con una fanfarria épica, te colocan en un trono imaginario y te susurran al oído: “prepárate, esto va a ser historia”. Y luego está el sexto tomo Marvel Premiere de «Tribulaciones de X», que te agarra por la pechera, te mete en un bar de Krakoa a las tres de la mañana y te suelta: “tira para dentro y ya verás lo que pasa”. Y tú entras. Porque claro, hay mutantes, hay drama, hay gente con poderes… ¿qué puede salir mal? Pues básicamente todo, pero con bastante gracia. Porque este tomo de Panini Comics es como una noche de esas que empiezan tranquilas y acaban con alguien contando secretos, otro discutiendo con un ficus y tú preguntándote por qué hay un tipo diminuto intentando meterse en tu oreja. Y lo mejor es que nadie parece sorprendido.

La velada arranca con X-Corp, donde Tini Howard decide que lo que realmente necesita el universo mutante es una reunión de empresa interminable. Y ojo, la idea es buena. Mutantes metidos en el capitalismo, moviendo dinero, jugando a ser los amos del mundo sin necesidad de lanzar rayos láser cada dos páginas. El problema es que esto tiene menos tensión que un ascensor vacío. De verdad, hay más emoción en mirar cómo carga una barra de progreso que en todo este cierre. Los personajes hablan, sí. Deciden cosas, también. Pero lo hacen con una tranquilidad sospechosa, como si nadie quisiera liarla demasiado. Y tú estás ahí, esperando el drama, el conflicto, el momento en el que alguien pierde los nervios… pero no. Todo es tan correcto que duele. Es como si te invitan a una fiesta y cuando llegas te dicen: “sí, bueno, vamos a charlar un rato y luego cada uno a su casa”.
Menos mal que después llegan los Merodeadores, con Gerry Duggan y Phil Noto, y el cómic decide que ya está bien de postureo: toca divertirse. Y vaya si se divierte. Aquí toda mejora de golpe. Pasamos de la oficina al espacio sin escalas, como quien sale del trabajo y acaba en un karaoke a las cuatro de la mañana. Kate Pryde y su tripulación se lanzan a una aventura que tiene piratas, venganzas, viajes interplanetarios y ese delicioso aroma a “esto se nos va a ir de las manos”. Y efectivamente, se va. Pero en el buen sentido. Duggan entiende que estos personajes necesitan moverse, interactuar, brillar. Y lo hacen. Kitty vuelve a ser ese personaje que cae bien hasta cuando respira, Sebastian Shaw sigue siendo sospechoso incluso cuando está quieto, y todo tiene un ritmo que te engancha. El dibujo de Noto, además, es directamente un escándalo de elegancia. Todo luce mejor, todo parece más interesante. Es como si el cómic hubiera decidido ponerse traje y colonia buena de repente. Este bloque es, sin duda, el momento en el que dices: “vale, ahora sí estoy dentro”.

Pero claro, la fiesta no podía durar eternamente. Llega X-Force, y Benjamín Percy junto con Martin Cóccolo entra como ese colega que, en mitad de las risas, suelta una frase incómoda y hace que todo el mundo se quede en silencio. Porque aquí se viene a hablar de cosas serias. O al menos, más turbias. Krakoa ya no parece tan idílica cuando empiezas a rascar. Y ahí aparece la Bestia, que ya directamente ha decidido que el bien común justifica absolutamente todo. Y cuando digo todo, es TODO. Percy juega con eso de forma bastante efectiva, convirtiendo a X-Force en el bloque más interesante a nivel temático. Aquí hay conflicto, hay tensión y hay decisiones que te hacen fruncir el ceño. No es divertido en el sentido clásico, pero engancha. Es como cuando la conversación se pone intensa y no puedes dejar de escuchar. Puede que no te guste todo lo que oyes, pero te interesa. Y entonces… bueno. Entonces llega Excalibur.
Y aquí es donde la noche se va al garete. Volvemos a Tini Howard, esta vez con Marcus To, para ofrecernos una historia de juicios mágicos, conspiraciones en Otromundo y personajes como Merlín y Morgana Le Fay moviendo los hilos. Sobre el papel, esto debería ser un festival de fantasía épica. En la práctica… es como ver a alguien contar un chiste larguísimo sin gracia. Todo está ahí: los elementos, los personajes, el conflicto… pero no funciona. No emociona. No engancha. Es como si el cómic estuviera haciendo los deberes sin ninguna gana. El dibujo de Marcus To cumple, sí. Hay momentos atractivos, escenas bien construidas… pero el guion no acompaña. Todo se siente plano, sin urgencia, sin peso. Y claro, cuando llegas a este punto del tomo, lo que quieres es un final que te deje buen sabor de boca… no uno que te haga mirar el reloj.

Así, entre subidas, bajadas y algún que otro trompazo narrativo, llegamos al final de este sexto tomo de Tribulaciones de X. ¿Qué te deja? Pues una sensación extraña, como cuando vuelves a casa después de una noche rara: te has reído, te has aburrido, te has sorprendido… y no sabes muy bien cómo resumirlo. Porque ese es el truco de este tomo: no es consistente, no es redondo, no es perfecto… pero tampoco es olvidable. Tiene momentos que funcionan, otros que no, y algunos que son tan absurdos que acaban siendo memorables por pura insistencia. Al final, es un cómic que se disfruta mejor con el chip adecuado: no esperes una obra maestra, espera una experiencia. De esas que te hacen reír, resoplar, levantar una ceja y, de vez en cuando, pensar: “¿pero esto quién lo ha decidido así?” Aun así… sigues pasando páginas. Y eso, quieras que no, tiene su mérito.
