Yo, promiscua: sexo, deseo y liberación

Durante años nos han vendido la idea de que las mujeres pueden hablar libremente de todo en los tiempos actuales. Siempre que ese “todo” no incluya demasiado deseo, demasiadas dudas o demasiada verdad sin maquillar. «Yo, promiscua», de Angie de la Lama, entra precisamente en ese terreno incómodo donde la teoría de la libertad se encuentra con la práctica del juicio constante. Publicado por Astiberri Ediciones, este cómic no levanta la voz, pero tampoco la baja. Simplemente habla claro, que a estas alturas sigue siendo casi un acto de rebeldía. Porque mientras la sociedad presume de apertura, siguen circulando conceptos, etiquetas y prejuicios que parecen sacados de otra época. Solo que ahora vienen con filtros de Instagram, debates en redes y muchos hashtags que no sirven para nada. Y en medio de ese ruido, Angie decide hacer algo bastante radical. Contar su experiencia sin pedir permiso, sin dulcificar y, lo más desconcertante para algunos, sin sentir la necesidad de justificarse.

La introducción ya deja claro que aquí no hay intención de encajar en expectativas ajenas. Más bien al contrario. El cómic funciona como una especie de desmontaje progresivo de todas esas ideas preconcebidas sobre cómo debería vivirse la sexualidad femenina. Y lo hace desde lo cotidiano, desde lo personal, desde esa acumulación de momentos que, uno a uno, van dibujando algo mucho más grande. Hay humor, sí. Mucho. Pero también hay una lucidez que atraviesa cada página. Porque detrás de las anécdotas, de las relaciones y de los tropiezos, lo que aparece es una pregunta constante: ¿por qué sigue siendo tan complicado algo que debería ser tan simple como vivir y sentir sin miedo al juicio?

Esa es la grieta por la que se cuela este cómic. Y también el motivo por el que no se queda solo en una historia personal, sino que acaba funcionando como un pequeño retrato de una sociedad que aún está aprendiendo (a veces a regañadientes) a mirar sin prejuicios. Y Angie de la Lama, con humor, ironía y bastante claridad, decide no esperar a que ese aprendizaje termine para empezar a contar lo suyo.

La autora repasa su vida desde la infancia hasta la juventud adulta con la sinceridad de quien ya ha decidido que fingir no compensa. Relaciones, descubrimientos, dudas, errores, aprendizajes. Todo pasa por el tamiz de una mirada que no busca justificarse, sino entender. Y en ese proceso, inevitablemente, aparecen las contradicciones de una sociedad que sigue sin saber muy bien qué hacer con la sexualidad femenina cuando esta no encaja en los moldes tradicionales. El cómic aborda temas como el deseo, el consentimiento, la bisexualidad o la identidad con una naturalidad que resulta casi subversiva. No porque sean temas nuevos, sino porque siguen tratándose como si lo fueran. Angie no los presenta como conceptos abstractos, sino como experiencias vividas, lo que hace que el discurso sea mucho más efectivo. Además, hay algo especialmente potente en el tono. No hay victimismo, pero tampoco complacencia. Hay crítica, sí, pero envuelta en humor, en ironía y en una capacidad notable para reírse de una misma sin restar importancia a lo que duele. Ese equilibrio es complicado, y aquí funciona sorprendentemente bien.

En cuanto al aspecto gráfico, el estilo sencillo y directo refuerza esa sensación de cercanía. Línea negra, fondo blanco, algún toque de bitono y un dibujo que fluye sin artificios. Es un trazo que no distrae, que acompaña, que deja espacio a la palabra y a la emoción. Como si lo importante no fuera cómo se cuenta, sino que se cuente. Y, sin embargo, lo que termina destacando es esa conexión constante entre lo individual y lo colectivo. Lo que Angie vive no es solo suyo: resuena, se repite, se reconoce. Porque detrás de cada experiencia personal hay un contexto social que sigue marcando, juzgando y limitando. Y el cómic, sin necesidad de grandes discursos, lo deja bastante claro.

En sus 168 páginas, «Yo, promiscua» no pretende dar respuestas definitivas ni convertirse en una obra de referencia académica. Pero sí logra algo quizá más difícil. Abrir un espacio de reflexión desde la cercanía, el humor y la honestidad. Y hacerlo sin perder el pulso narrativo ni la capacidad de entretener. En un panorama donde todavía cuesta hablar de ciertos temas sin que salten las alarmas morales, propuestas como esta resultan no solo necesarias, sino también refrescantes. Porque a veces, para entender lo complejo, basta con alguien que se atreva a contarlo sin miedo. Y Angie de la Lama lo hace. Sin pedir permiso. Sin suavizar demasiado. Y, sobre todo, sin dejar de lado el humor, que en este caso no es solo un recurso, sino también una forma de resistencia.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Me encantó leerte. También soy así, de las que dicen lo que sienten sin pedir permiso, aunque incomode.

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