Si alguna vez has pensado que el mundo del cómic necesitaba urgentemente más gurús de autoayuda con pasado genocida, estás de enhorabuena. Si además te pone la idea de que ese gurú te mire fijamente, te hable de energías cósmicas mientras esconde bajo la alfombra una de las páginas más oscuras de la historia reciente… entonces «El espíritu del escorpión» es tu spa perfecto. Relájate, respira hondo, abre tu mente y no mires demasiado detrás de la cortina, no vaya a ser que veas algo incómodo. Total, ¿qué son ocho mil muertos entre amigos espirituales?

Aquí el gran protagonista en la sombra es Radovan Karadžić, ese señor que pasó de dirigir una limpieza étnica a reinventarse como una especie de terapeuta alternativo con pinta de haber descubierto el secreto del universo en un retiro de fin de semana. Y lo mejor de todo no es que lo hiciera. Lo mejor es que coló. Durante años. Con clientes. Con consultas. Con gente que salía de allí pensando que había encontrado respuestas, sin sospechar que el tipo que les hablaba de armonía interior tenía una biografía que haría vomitar a la propia palabra “armonía”. Fernando Llor, lejos de convertir esto en una biografía didáctica con flechas, fechas y subtítulos tranquilizadores, decide que lo divertido es otra cosa. Meterte en una historia que no se explica del todo, que no te guía, que no te da la mano. Aquí no hay audioguía histórica. Aquí entras, te sientas, y ya irás viendo. O no. Y esa falta de explicaciones, que en otras manos sería un desastre, aquí se convierte en gasolina para la incomodidad.
El cómic se articula alrededor de Jasmina, una mujer que busca desesperadamente una solución a su infertilidad y que, como tantas personas en situaciones límite, acaba confiando en quien parece ofrecerle una respuesta. Y claro, lo que encuentra es a este falso mesías con barba de profeta y discurso de saldo. La relación entre ambos es un ejercicio de tensión constante, porque tú sabes perfectamente quién es él, qué ha hecho, qué representa. Pero ella no. Y ese desequilibrio convierte cada escena en algo incómodo, casi cruel. No es una historia de engaño en el sentido clásico. No hay giros sorprendentes ni revelaciones finales que te hagan decir “¡ah, claro!”. Aquí el truco está sobre la mesa desde el principio. Lo que cambia es cómo lo percibes. Cómo te afecta. Cómo ves a Jasmina confiar, abrirse, dejarse llevar… mientras tú, lector, estás deseando entrar en la viñeta y gritarle que salga corriendo. Pero no puedes. Y ese “no puedes” es clave.

Mientras tanto, la sombra de la Masacre de Srebrenica planea sobre toda la obra como una nube tóxica. No es algo que se explique de forma detallada, ni que se convierta en el eje de la trama. Es más bien un eco constante, un recordatorio de que todo lo que estás viendo tiene un reverso mucho más oscuro. Y cuando ese reverso aparece, lo hace sin pedir permiso, sin suavizar nada, sin convertirlo en algo digerible. Aquí no hay recreaciones heroicas ni intentos de darle forma a lo que, en realidad, es puro horror. Hay fragmentos. Destellos. Imágenes que parecen sacadas de una pesadilla. Y eso, curiosamente, resulta mucho más efectivo que cualquier intento de reconstrucción ordenada. Porque no te da distancia. No te permite observar desde fuera. Te mete dentro, aunque no quieras.
Si el guion ya se encarga de incomodarte, el dibujo de Pablo Caballo se asegura de que no tengas escapatoria. Su estilo en blanco y negro no es bonito. Ni elegante. Ni “agradable a la vista”. Es un dibujo que parece estar siempre a punto de deshacerse, como si la realidad que representa no fuera del todo estable. Las líneas se rompen, las figuras se difuminan, los rostros se deforman… y todo contribuye a esa sensación de estar en un lugar donde nada encaja del todo. El uso del pincel seco es especialmente efectivo, dando a las páginas una textura sucia, casi orgánica, como si estuvieras leyendo algo que ha pasado por demasiadas manos, por demasiadas historias. No hay limpieza, no hay pulcritud. Y eso encaja perfectamente con lo que se está contando. Porque esta no es una historia limpia. Es una historia contaminada desde el principio. Lo interesante es que Caballo no se limita a repetir una fórmula. A lo largo del cómic va introduciendo variaciones en la composición, jugando con la estructura de las páginas, rompiendo la narrativa cuando hace falta. Hay momentos en los que las viñetas parecen cerrarse sobre sí mismas, creando una sensación de encierro. Otros en los que todo se fragmenta, como si la historia misma se estuviera descomponiendo. Y luego están esos momentos finales, donde la cosa se vuelve aún más intensa, más asfixiante, más incómoda. Ahí es donde el dibujo alcanza un nivel de expresividad que roza lo enfermizo, en el mejor sentido posible. No estás viendo lo que ocurre: lo estás sintiendo. Y no es una sensación agradable.

Una pregunta que puede surgir es si este tebeo es para todo el mundo. Y se puede decir claramente que no. Hay quien se perderá. Quien echará de menos más contexto, más claridad, más explicaciones. Y es comprensible. Pero también es cierto que esa misma falta de explicaciones es lo que permite que el cómic funcione como funciona. Porque no te da respuestas cerradas. Te deja con preguntas. Y algunas de esas preguntas son bastante incómodas.
Aunque ya se publicó de la mano del sello de Evolution Comics de Panini, ahora lo recupera la editorial Trenti Ediciones como su pistoletazo de salida. Esta edición respeta el blanco y negro, además el formato permite que el dibujo respire y el dossier final aporta un contexto que, sinceramente, se agradece. Porque después de pasar por esta experiencia un tanto malsana, tener un anclaje a la realidad no viene mal. Te recuerda que esto no es solo una historia inquietante, sino algo que ocurrió de verdad. Y eso es, probablemente, lo más perturbador de todo.

Porque al final, lo que te llevas de «El espíritu del escorpión» no es solo la historia de un hombre que logró esconderse durante años bajo una identidad falsa. Es la constatación de que pudo hacerlo. De que nadie (o casi nadie) se dio cuenta. De que la gente acudía a él, confiaba en él, le escuchaba. Y ahí es donde la ironía inicial deja de hacer gracia. Porque lo de menos es que un genocida se disfrace de gurú. Lo realmente inquietante es que el disfraz funcione. Que el discurso cale. Que la apariencia baste. Y que, en el fondo, todos queramos creer un poco en ese tipo de historias que nos prometen respuestas fáciles a problemas complejos.
Así que sí, puedes leer este cómic como una obra sobre un episodio concreto de la historia reciente, sobre un personaje real y sobre un contexto político determinado. Pero si te quedas solo ahí, te estás perdiendo lo mejor (o lo peor, según se mire). Porque lo que realmente te está diciendo es otra cosa. Algo más incómodo. Algo que no tiene que ver solo con Bosnia, ni con los años noventa, ni con un nombre concreto. Tiene que ver con cómo miramos. Y, sobre todo, con todo lo que decidimos no mirar.
