Esbirros: La Alianza Secreta. Lucha durante la pausa del café

Hay cómics que te venden la moto. Luego están los que te venden un dragón, una profecía y un elegido con mandíbula cincelada por los dioses del marketing. Y después, en una esquina con olor a azufre barato y café de máquina, aparece «Esbirros» y te dice: “mira, no tenemos elegido, pero tenemos tres desgraciados con ansiedad laboral y ganas de cambiar el sistema”. Y claro, tú entras. Porque eso no te lo esperabas. Firmado por Miguel Carmona y Abel Alves, este tebeo es lo más parecido a meter El Señor de los Anillos en una lavadora junto a una serie como “Aquí no hay quien viva”, añadirle humor negro y sacarlo todavía goteando sarcasmo. Y funciona. Vaya si funciona.

Vamos a lo básico: Feeriterra era un paraíso. Elfos con piel perfecta, enanos con barba reglamentaria, humanos haciendo de humanos (es decir, metiendo la pata con estilo). Vamos la felicidad pura y dura en su máxima expresión. Hasta que llega Crudele, que no es que tenga mala leche: es que directamente desayuna sufrimiento con cereales. El tipo decide que el paraíso está sobrevalorado y monta Abismalia, un reino subterráneo donde la luz del sol no entra, pero las malas decisiones sí. Hasta aquí, manual básico de fantasía épica. Lo hemos visto mil veces. Pero entonces el cómic hace algo glorioso. En lugar de seguir al típico héroe con trauma y destino, nos lleva a la casa de un sindicalista muy avezado y bastante goblin que llega a su trabajo junto al resto de sus compañeros. Ahí están nuestros protagonistas: Grunchy, Lola y Martínez. Tres esbirros. Tres piezas intercambiables del engranaje del mal. Tres personas cuyo mayor mérito, hasta ahora, ha sido no morir en el turno de mañana. Y aquí es donde esto se vuelve delicioso. Porque estos tres tienen un problema muy grave: piensan. Sí, en Abismalia eso es básicamente un delito. Mientras el resto de criaturas están ocupadas en sembrar el caos y obedecer órdenes sin rechistar, ellos empiezan a cuestionarse cosas. Cosas peligrosas. Cosas como: “oye, ¿y si ser malvado no está tan bien?” o “¿y si dejar de destruir todo lo que se mueve nos da mejor karma?” o “¿y si dejamos el asesinato para otro día? Un desastre, vamos.

Grunchy es pequeño, simple y bastante poca cosa (vamos que no tiene ni media leche). Lola tiene más mala leche que el propio Crudele y bastante más hambre que cualquiera que lleve sin comer varios días. Y Martínez… bueno, Martínez es el alma más holgazana que nos podemos encontrar (bueno nos encontramos sus huesos y poco más). Es ese colega que no sabes cómo ha llegado hasta aquí, pero que, de alguna forma, siempre está en el centro del desastre. La dinámica entre ellos es puro oro. Discuten, se contradicen, improvisan planes que harían llorar a cualquier estratega (la estrategia no es su fuerte) y aun así, hay algo entrañable en su torpeza. Son como tres empleados quemados que deciden montar una revolución en su hora de descanso. Sin presupuesto. Sin plan. Y probablemente sin haber leído el manual de “cómo no morir en el intento”.

De ahí que el humor sea, sin exagerar, una de las grandes armas del cómic. Pero no es un humor tontorrón ni gratuito. Es ese humor con mala baba, con retranca, que te suelta una carcajada y acto seguido te deja pensando “espera, que esto iba en serio”. Hay chistes visuales, diálogos afilados y situaciones que rozan el absurdo… pero siempre con una intención detrás. Porque sí, entre risas, aquí se habla de cosas bastante serias. Incluso usando la censura y el embobamiento con la televisión (o las redes sociales) para jugar con muchos detalles actuales. De cómo funciona el poder. De lo fácil que es obedecer cuando no quieres complicarte la vida. De lo difícil que es decir “hasta aquí” cuando todo tu entorno está diseñado para que sigas igual. Pero en lugar de darte la chapa, te lo cuelan entre un gag y una explosión. Y tú, encantado.

El concepto de “alianza secreta” es otro de esos chistes internos que funcionan de maravilla. Porque claro, en tu cabeza suena épico. Una red clandestina, planes complejos, infiltraciones dignas de leyenda y luego ves a estos tres intentando organizarse y es como ver a alguien montar un mueble de Ikea sin instrucciones. Con prisas. Y con piezas que claramente sobran. Pero ahí está la gracia. La épica aquí no es limpia ni gloriosa. Es torpe, sudorosa y llena de errores. Y precisamente por eso resulta mucho más cercana. Porque no son héroes perfectos: son gente que lo intenta. Y a veces eso es más heroico que cualquier espada mágica.

En el aspecto gráfico, el cómic acompaña este tono con mucha personalidad. No busca la grandilocuencia típica del género, sino algo más expresivo, más vivo. Los personajes tienen caras, gestos, exageraciones que potencian el humor y la humanidad. Abismalia no es solo oscura: es incómoda, casi pegajosa, como si pudieras olerla. Y eso suma muchísimo a la experiencia. Es como si estuvieras viviendo en el metro sin salir ni un minuto al exterior.

El ritmo es otro acierto. No se recrea en exceso, no se pierde en florituras innecesarias. Va al grano, pero sabe cuándo parar para dejar respirar una escena o rematar un chiste. Hay acción, hay pausas, hay momentos de “esto se va a ir al garete” que, efectivamente, se van al garete. Y aun así, quieres más. Porque al final, lo que sostiene todo esto no es la trama (que está bien), ni el mundo (que también), sino los personajes. Te caen bien. Aunque sean unos inútiles. Aunque tomen decisiones cuestionables (ni acierten a disparar su única fecha). Aunque probablemente no confiarías en ellos ni para cuidar una planta. Pero los entiendes. Y eso es clave.

Hay algo profundamente satisfactorio en ver a tres don nadie plantarle cara a un sistema gigantesco. No porque tengan posibilidades reales, sino porque alguien tenía que intentarlo. Y si encima lo hacen soltando pullas y metiéndose en líos constantemente, mejor que mejor. El cómic también tiene ese punto gamberro de reírse del propio género. No desde el desprecio, sino desde el cariño. Se nota que quienes lo han hecho conocen la fantasía épica, sus tropos, sus clichés y han decidido jugar con ellos en lugar de repetirlos sin más. Y ese juego es lo que le da frescura.

Porque seamos sinceros: ya hemos visto suficientes elegidos con destino brillante. Ya hemos escuchado suficientes discursos sobre la luz y la esperanza. A veces lo que apetece es ver a tres desgraciados intentando hacer lo correcto sin tener ni idea de cómo. Y si en el proceso revientan medio Abismalia… bueno, daños colaterales. En definitiva, este tebeo editado por Serendipia es una gamberrada maravillosa. Un cómic que mezcla épica y cutrerío con una naturalidad insultante. Que te hace reír, te hace pensar y, sobre todo, te recuerda que no hace falta ser un héroe perfecto para intentar cambiar las cosas. A veces basta con ser varios «Esbirros» hartos de todo. Y eso, en un mundo lleno de malvados jefes de turno, ya es bastante revolucionario. Así que sí: dale una oportunidad. Pero luego no digas que no te avisé cuando acabes encariñándote con tres tipos que, en teoría, solo estaban ahí para morir en segundo plano. Porque aquí, amigo, los secundarios han decidido liarla. Y vaya si la lían.

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