Carretera Fantasma 3. Parada técnica

Hay autores que te llevan de la mano. Y luego está Jeff Lemire, que te mete en el maletero, conduce durante horas sin decirte a dónde vais y, cuando por fin abre, resulta que no habéis llegado a ningún sitio… porque el viaje era el sitio. Eso, que suena a frase de taza de Mr. Wonderful versión nihilista, define bastante bien lo que hace Carretera Fantasma (Phantom Road) en su tercer volumen. Este tebeo no continúa la historia como cabría esperar; la interrumpe, la dobla, la gira y la mira desde otro ángulo, como si estuviera intentando ver si por detrás hay una etiqueta que explique qué demonios estamos leyendo.

El cómic recoge los números 11 al 15 y toma una decisión narrativa que, dependiendo del día que tengas, te parecerá brillante o un poco desesperante: se lanza de cabeza a un flashback ambientado en 1997. No es un recurso puntual ni un “recordemos esto rápido y volvemos a lo importante”. No. Este tomo vive en el pasado. Se instala ahí como quien alquila un apartamento con vistas al misterio y decide que el presente ya si eso lo retomamos más adelante. Y claro, el lector que venía con el motor caliente de los dos volúmenes anteriores se queda un poco como cuando te cambian de serie sin avisar en mitad de la temporada.

Pero lo curioso es que, pasado ese primer momento de desconcierto, la jugada empieza a tener sentido. Porque si algo le faltaba a la serie hasta ahora era contexto. Teníamos carreteras que parecían no llevar a ninguna parte, áreas de descanso con más mala energía que una reunión de vecinos decidiendo una derrama, personajes que arrastraban secretos y una sensación constante de que todo estaba conectado. Pero sin que nadie se dignara a explicarte el cómo ni el porqué. Este tercer volumen decide, por fin, levantar un poco la alfombra. No toda, claro, que por algo sigue siendo Lemire, pero lo suficiente como para que empieces a ver la forma del monstruo.

En ese 1997 entran en escena el agente Donald Weaver y su peculiar compañero Jimmy Harold, dos piezas que hasta ahora eran poco más que ecos en la historia principal. Weaver es el tipo de personaje que aún cree que puede entender el mundo si reúne suficientes pruebas; Harold, en cambio, parece haber aceptado que el mundo es un sitio raro y ha decidido vestirse acorde, tanto mental como literalmente. La dinámica entre ambos funciona sorprendentemente bien: hay contraste, hay tensión y hay ese punto de complicidad que hace que te creas que han pasado muchas horas juntos en coches oficiales, comiendo mal y persiguiendo pistas que no llevan a ningún sitio… o que llevan a demasiados.

Su investigación gira en torno al Proyecto Navaja, un nombre que suena a carpeta clasificada con más tachones que texto legible, y que conecta una serie de elementos que ya conocíamos de forma fragmentaria. Las áreas de descanso de Billy Bear, las líneas ley que atraviesan el territorio y una cadena de asesinatos que, cuanto más se examinan, menos encajan en cualquier lógica convencional. Lo interesante aquí no es tanto que se expliquen todos estos conceptos (porque no se explican del todo) sino que se les da un peso narrativo real. Dejan de ser palabras inquietantes para convertirse en piezas de un sistema que empieza a insinuarse.

Ahí es donde el cómic encuentra su mayor virtud: en la construcción de atmósfera. Porque si algo sabe hacer bien esta serie es generar esa sensación de incomodidad constante, de que hay algo fuera de lugar, aunque no sepas exactamente qué. El dibujo de Gabriel Hernández Walta juega un papel fundamental en esto. Su estilo tiene esa cualidad extraña de hacer que todo parezca ligeramente torcido, como si la realidad estuviera desajustada un par de grados. Las expresiones, los encuadres, la forma en que se construyen los espacios… todo contribuye a esa sensación de que estás mirando algo que no debería ser del todo visible. A eso se suma el trabajo de Jordie Bellaire, que aquí no se limita a “colorear bonito”, sino que define el tono de cada escena. Los colores no acompañan la historia: la empujan. Hay momentos en los que la paleta parece enferma, como si el propio cómic estuviera contaminado por lo que cuenta. Y eso, en una historia donde lo sobrenatural se filtra en lo cotidiano, funciona de maravilla.

Ahora bien, no todo es entusiasmo en esta parada de la carretera fantasma. El mayor problema del volumen es, precisamente, su decisión más valiente: centrarse casi exclusivamente en el pasado. Esto implica dejar en pausa a personajes que venían siendo el ancla de la serie. Si te habías encariñado con ellos, aquí apenas los vas a ver. Y eso genera una sensación de desconexión que no todo el mundo va a llevar bien. Es como si la historia te pidiera que confíes en ella a ciegas, que aceptes que este desvío es necesario, aunque no tengas claro hacia dónde te está llevando. Además, el ritmo cambia. Donde antes había una tensión más inmediata, aquí hay una construcción más pausada, más de cocción lenta. Se habla más, se investiga más, se sugiere más. No es un cómic de grandes explosiones, sino de acumulación de detalles inquietantes. Y eso puede resultar fascinante o frustrante, dependiendo de lo que busques. Si esperabas que la trama principal avanzara a pasos agigantados, este volumen te va a parecer un rodeo. Si, en cambio, te interesa entender mejor el mundo en el que se mueve la historia, lo vas a disfrutar mucho más.

También hay algo interesante en cómo este tomo se acerca, por momentos, a un tono casi de serie televisiva con giro sobrenatural. Hay ecos claros de Expediente X, pero sin el barniz de “esto quizá tenga una explicación científica”. Aquí la serie abraza lo raro sin pedir perdón. Las líneas ley no son una excusa pseudocientífica. Son parte de una realidad que simplemente es así, aunque no la entendamos. Y ese enfoque le da una identidad bastante marcada dentro del género. Lo que sí consigue este volumen, y no es poca cosa, es hacer que el misterio crezca en lugar de agotarse. Porque, aunque se revelan cosas, también se abren nuevas preguntas. De hecho, terminas el tomo con la sensación de que sabes más… pero también de que el alcance de la historia es mucho mayor de lo que imaginabas. Es un equilibrio delicado. Dar lo suficiente para mantener el interés, pero no tanto como para cerrar la puerta a lo desconocido. Y, en ese sentido, Lemire vuelve a demostrar que sabe jugar a largo plazo.

En cualquier caso, como lectura aislada, este tercer tomo editado por Astiberri funciona sorprendentemente bien. Tiene entidad propia, presenta personajes interesantes, construye una atmósfera potente y deja un poso inquietante que se te queda rondando después de cerrar el cómic. No es simplemente “el volumen que explica cosas”: es una historia en sí misma, con su propio ritmo y su propio tono. Al final, este tomo es una especie de prueba de fe. Te pide que aceptes que no todo tiene que avanzar en línea recta, que a veces es necesario mirar atrás para entender hacia dónde vas, y que el misterio no siempre está para resolverse, sino para explorarse. Puede que no sea el volumen más cómodo de la serie, pero probablemente sea uno de los más importantes. Y cuando vuelvas a la “carretera principal” en el siguiente tomo, lo harás con la sensación de que has visto algo que no deberías haber visto del todo. Algo que da sentido a muchas cosas… y complica muchas otras. Porque si algo deja claro este tercer volumen es que en la Carretera Fantasma no hay atajos, no hay mapas fiables y, desde luego, no hay garantías de que el destino sea mejor que el camino. Pero oye, mientras tanto, el viaje sigue siendo inquietantemente fascinante.

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