Hay decisiones en la vida que parecen pequeñas, pero en realidad cambian tu destino para siempre: elegir entre café o té, responder a ese mensaje de “tenemos que hablar” o abrir el sexto tomo de la Biblioteca Marvel del Capitán América pensando “bah, un tomito más de superhéroes clásicos”. Error. Grave error. Porque lo que tienes entre manos no es un simple cómic. Es una mezcla de nostalgia, ingenuidad sesentera, crisis existenciales, villanos con nombres dudosos y, de repente, una explosión de creatividad que te deja preguntándote si alguien echó algo raro en la tinta de impresión. Spoiler: sí, se llamaba Jim Steranko.

Pero no adelantemos acontecimientos. Empecemos por el principio, ese lugar donde todo parece razonable, estable y ligeramente anticuado. Aquí tenemos a Stan Lee y Jack Kirby haciendo lo que mejor sabían hacer: historias directas, héroes impecables y villanos que, en el fondo, parecen diseñados durante una pausa para el café. Y oye, funciona. Funciona como un reloj suizo con su encanto, su tic-tac constante y alguna que otra pieza que chirría. El tomo arranca con una historia contra el Trampero. Sí, el Trampero. No, no es una broma. Este señor tiene como arma principal una especie de pegamento infernal capaz de dejarte inmovilizado. Es decir, el Capitán América, el Centinela de la Libertad, el tipo que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, se enfrenta aquí a un villano que básicamente ha decidido que el verdadero mal es el adhesivo industrial. Y claro, tú como lector estás ahí pensando: “igual no era necesario congelarlo en hielo, con esto bastaba”. La historia cumple, no vamos a mentir. Tiene acción, tiene ritmo y tiene ese encanto aparentemente infantil que hace que todo sea un poco más ligero. Pero también deja claro que el personaje necesitaba algo más. Algo que le sacara de ese bucle de “golpeo al malo, lanzo el escudo, reflexiono brevemente y listo”. Porque sí, el Capitán América puede ser muchas cosas, pero no debería vivir eternamente en modo rutina.
Entonces llega Kirby con su carta bajo la manga: el pasado. Porque cuando las cosas empiezan a flojear, nada como recordar de dónde vienes para darle peso a todo. El repaso al origen del Capi no solo refresca conceptos, sino que añade matices. Aquí se empieza a ver al Steve Rogers más humano, más marcado por lo que ha vivido. No es solo el símbolo de la bandera con piernas: es alguien que ha perdido, que ha sufrido y que, sorpresa, sigue sin tenerlo del todo superado. Y ahí entra en juego el gran tema emocional del tomo: Bucky. Bueno, el recuerdo de Bucky, que es casi peor. Porque no hay nada como un trauma bien gestionado (o mal gestionado, en este caso) para darle profundidad a un personaje. Steve arrastra esa culpa como quien lleva una mochila llena de ladrillos, y cada vez que aparece alguien intentando ocupar ese vacío… bueno, digamos que la cosa se complica. Pero hasta aquí, todo dentro de lo esperable. Buen cómic clásico, momentos más o menos inspirados, algún que otro bostezo ocasional… y entonces, de repente, aparece Jim Steranko como si alguien hubiera decidido cambiar de canal sin avisar. Y ahí es cuando todo se vuelve maravilloso.

Steranko no entra en la serie: la reinventa. Es como si hubiera leído los números anteriores y hubiera dicho: “sí, sí, todo muy bien, pero vamos a hacer esto interesante de verdad”. Y vaya si lo hace. Las páginas dejan de ser simples contenedores de acción para convertirse en un espectáculo visual (con todo el respeto hacia el rey del tebeo de superhéroes el Rey Kirby). Las composiciones se vuelven atrevidas, los encuadres se disparan y, de repente, estás leyendo algo que parece más cercano a una experiencia artística que a un cómic tradicional. Hay viñetas que parecen diseñadas para quedarse grabadas en la retina. Hay secuencias que juegan con el tiempo y el espacio como si fueran plastilina. Y hay momentos en los que probablemente te detengas y pienses: “no estoy seguro de entender del todo lo que está pasando… pero me gusta”. Y lo mejor es que esta revolución viene acompañada de una evolución en la historia. Porque aquí ya no estamos en “villano de la semana con plan ridículo”. Aquí entra Hydra, y la cosa se pone seria. Conspiraciones, espionaje, identidades ocultas… de repente el Capitán América se mueve en un terreno mucho más complejo, donde no todo se resuelve con un buen puñetazo (aunque, tranquilos, sigue habiendo unos cuantos). La presencia de Madame Hydra añade un nivel extra de dramatismo. No es solo una enemiga más: es un personaje con conflictos internos, con identidad fragmentada y con un punto trágico que eleva el enfrentamiento. Aquí el bien y el mal ya no son tan simples, y eso le da al cómic una profundidad inesperada. Y luego está Rick Jones, ese pobre chaval que parece haber firmado un contrato vitalicio para meterse en problemas con superhéroes. Rick decide que quiere ser el nuevo Bucky, porque claro, si algo ha demostrado el universo Marvel es que sustituir a un compañero caído siempre sale “bien”.
Rick aporta entusiasmo, impulsividad y una buena dosis de frustración. Porque claro, querer ser un héroe es muy bonito, pero no tener poderes lo complica bastante. Su relación con Steve es clave, porque reabre heridas que nunca cicatrizaron del todo. Para el Capi, Rick no es solo un aliado: es un recordatorio constante de lo que perdió… y de lo que podría volver a perder. Y entonces llega el gran momento: la muerte del Capitán América. Sí, otra vez. Pero esta vez con estilo. Steranko construye esta secuencia como si fuera una obra de teatro. Hay tensión, hay dramatismo, hay un uso del ritmo que convierte cada página en un pequeño espectáculo. No es solo un giro de guion: es un evento. Y tú, como lector, estás ahí disfrutando del caos, sabiendo que algo no cuadra, pero dejándote llevar igualmente.

Por supuesto, el Capi vuelve. No nos engañemos, nadie se queda muerto mucho tiempo en estos cómics. Pero el camino hasta ese regreso está lleno de giros, trucos y momentos memorables que hacen que todo merezca la pena. Y aquí es donde el tomo brilla de verdad: en el contraste. Por un lado, tienes la etapa Lee-Kirby, con su clasicismo, su solidez y su encanto algo anticuado. Por otro, tienes a Steranko, que llega para romper las reglas y demostrar que el cómic de superhéroes podía ser mucho más ambicioso. El resultado no es un bloque uniforme, pero tampoco lo necesita. Es más bien un documento vivo de una transición. Un momento en el que el medio empieza a cambiar, a experimentar, a arriesgar. Y eso, aunque a veces sea irregular, es muchísimo más interesante que la perfección.
La edición de Panini Comics acompaña bien la jugada. Con los números Captain America #108 al #113, buen formato, extras interesantes como el correo de los lectores traducidos por Víctor Rubio y Juanan Cruz, material complementario que ayuda a entender el contexto como la introducción de Raúl López. Lo habitual en esta línea editorial, que ya juega en casa en este tipo de rescates históricos. En definitiva, este sexto numero de la Biblioteca Marvel del Capitán América es como empezar viendo una serie clásica en blanco y negro y, de repente, encontrarte en medio de un videoclip psicodélico lleno de luces, formas imposibles y decisiones creativas que no sabías que necesitabas en tu vida. Es el final de una etapa y el inicio de otra. Es Kirby despidiéndose con elegancia y Steranko entrando como si acabara de descubrir una nueva forma de hacer cómics. Y en medio de todo eso, el centinela de la libertad, intentando no perder el norte… ni el escudo.
