
Hay tebeos que trascienden la época en que se publicaron y, con los años, logran ese estatus de imprescindible por lo que muestran y narran. Tanto en forma y contenido. Tebeos que se alejan de coyunturas estéticas o temáticas, conformándose como una lectura siempre vigente. Son los que deberían siempre estar disponibles al encuentro de nuevo lectores. Como la serie que hoy nos ocupa: “Érase una vez en Francia” (“Il était une fois en France”) de Fabien Nury y Sylvain Vallée, cuyo integral acaba de reeditar acertadamente Norma.
Casi dos décadas separan en el tiempo en que salió a la venta el primer álbum de la serie en Francia con esta reedición que aglutina las seis entregas de la serie junto a un excelente dossier gráfico. Y sin embargo, lo que cuenta esta historia sigue tan vivo como el primer dia. Es la de Joseph Joanovici (1905 -1965), un comerciante de chatarra que no tuvo reparos en abastecer a la Alemania Nazi, ni tampoco financiar a la Resistencia Francesa durante la ocupación.

Una vela a dios y otra al diablo. Puede parecer eso en una lectura superficial: que Joanovici fuera un oportunista de dudosa moralidad que aprovechó la coyuntura para medrar. Obviamente manejó negocios turbios y no tuvo escrúpulos en traspasar ninguna línea para lucrarse. Pero quedarse en esa mirada es alardear de miopía: Joanovici fue un superviviente que hizo lo necesario para seguir adelante en unos tiempos en los que, los suyos eran proscritos. El pudo haber sido un judío más de la lista de víctimas del totalitarismo nazi. Sin embargo, fue un colaboracionista del Tercer Reich. Pero también un tipo que colaboró con la Resistencia.
Es en ese terreno, uno en el que la escala de grises va difuminándose, donde la vida de Joanovici se hace no solo interesante, sino necesaria de contar. Son los parámetros con los que Fabien Nury construyó un relato que huye de dicotomías simples, que aporta matices mientras la moral y la ética son solo palabras huecas cuando lo que está en juego es la existencia misma. Sin presentismos vacíos, pues no hay nada más torpe que juzgar el pasado desde un contexto actual. De todo eso bebe “Érase una vez en Francia”. Todo eso es lo que la hace grande.

Junto a Nury, en perfecta sincronía se haya el arte de Silvain Vallée, que dota de vida en seis actos a esta vida de dudosa moralidad pero certera supervivencia. Una que puede englobarse en esas historias de “Hombres de Honor” en las que el cine de Sergio Leone (homenajeado en esta obra ya en su título, que contecta con su “Érase una vez en América”) o Francis Ford Coppola y su notable adaptación del inmortal “El Padrino” de Mario Puzo. Relatos de mafia, de hombres que levantan imperios sin pertenecer al poder establecido, de ambiciones sin escrúpulos, de sobrevivir y medrar a toda costa… con independencia de lo lícitas que sean sus actividades.

Como las anteriormente citadas, en “Érase una vez en América” no hay moralejas, pero si una certera verdad callejera. Pegada al suelo del asfalto, donde las dicotomías infantiles del bien y el mal no sirven para caminar. Donde no hay más ley que la de mantenerse en pie. Y ese es el terreno moralmente ambiguo donde crece este relato. Su principal fortaleza y la razón de que conviene adentrarse en estas viñetas que recuerdan días peores. Días de guerra y ocupación, de negocios turbios y supervivencia. La historia de un superviviente que se puede encuadrar en dicotomías simplistas, con más sombras que luces y en una ambigüedad moral muy pegada a esa realidad plena de escalas de grises.
