Birthright: magia, monstruos y una familia hecha trizas

Hay dos tipos de padres en este mundo: los que pierden a su hijo en un centro comercial y montan un drama digno de sobremesa y los que lo pierden en un bosque y, un año después, reciben de vuelta a un señor hipermusculado con espada, barba de profeta y discurso de elegido cósmico. Si eres de los segundos, enhorabuena: acabas de protagonizar el primer volumen de «Birthright». Si eres de los primeros… bueno, siempre puedes empezar a sospechar que tu hijo está en otra dimensión matando trolls.

Así, sin anestesia ni manual de instrucciones, arranca este tebeo firmado por Joshua Williamson, Andrei Bressan y Adriano Lucas, una obra que podría haberse titulado perfectamente “Cómo traumatizar a tu familia en dos mundos distintos” o “El elegido volvió, pero venía con letra pequeña”. Porque sí, aquí hay fantasía épica, hay profecías, hay criaturas imposibles, pero también hay discusiones familiares, sospechas policiales y un ambiente de “esto no hay terapia que lo arregle”. La premisa es sencilla en apariencia. Mikey Rhodes, un niño pequeño, desaparece en el bosque mientras juega con su padre. Hasta aquí, todo muy película de Antena 3 de sábado por la tarde. La policía investiga, los vecinos murmuran, la familia se rompe por dentro y por fuera. El padre pasa a ser el sospechoso número uno, la madre pierde la fe en todo lo que respira, y el hermano mayor aprende que crecer rápido no es una opción, es una condena. Y entonces, cuando ya has asumido que esto va a ser un drama lacrimógeno con olor a café frío, aparece un señor en una comisaría diciendo que es Mikey. Pero no el Mikey de cinco años. No, no. Un Mikey versión “he estado levantando pesas con orcos y desayunando rabia durante una década”. Un Mikey que asegura haber vivido en un mundo llamado Terrenos, haber luchado contra un rey oscuro, haber cumplido una profecía y, en sus ratos libres, convertirse en el elegido de turno.

Claro, tú lees esto y piensas: “Vale, este cómic va de decidir qué hospital psiquiátrico tiene mejores instalaciones”. Pero no. Birthright te mira con una sonrisa de medio lado y te dice: “¿Y si es verdad?”. Y ahí, amigo, ya estás perdido. Porque lo que hace Williamson no es contarte otra vez la historia del niño que cruza el portal, aprende magia, vence al mal y vuelve a casa con una sonrisa y moraleja incluida. No. Eso ya ha pasado. Aquí llegamos cuando la fiesta se ha terminado, los fuegos artificiales se han apagado y el héroe vuelve… pero nadie ha preparado el recibimiento. Y es que el gran truco de este tebeo es ese. Coger todos los clichés de la fantasía (el elegido, la profecía, el mundo mágico lleno de criaturas) y plantarlos en medio de un drama familiar que huele a tragedia desde la primera página. Porque mientras Mikey te cuenta sus aventuras en Terrenos, con espadas imposibles y enemigos gigantes, su familia en la Tierra está intentando decidir si abrazarle, denunciarle o pedir una segunda opinión médica.

El cómic salta constantemente entre esos dos mundos, y lo hace con una mala leche encantadora. Estás en mitad de una batalla épica, con monstruos que parecen diseñados por alguien que claramente no duerme bien, y de repente… zas, corte a una cocina donde nadie sabe qué decirse. Estás viendo magia, sangre y gloria… y al segundo siguiente estás en una sala de interrogatorios donde la palabra “normalidad” suena a chiste de mal gusto. Y funciona. Vaya si funciona. Porque ese contraste no solo mantiene el ritmo, sino que le da al conjunto una personalidad muy marcada. Este tebeo no quiere que te acomodes. No quiere ser solo fantasía ni solo drama. Quiere ser ambas cosas a la vez, aunque eso implique, de vez en cuando, pegarte un latigazo que te deje con cara de “espera, ¿qué estaba pasando aquí?”.

En el centro de todo está Mikey, claro. O esa versión suya que ha vuelto. Y aquí viene otra de las jugadas interesantes del cómic: no es un héroe limpio. No es el típico elegido con brújula moral perfecta y sonrisa de anuncio. Hay algo raro en él. Algo que no termina de encajar. Y el cómic no se esfuerza demasiado en ocultarlo. Al contrario, juega contigo, te lanza pistas, te hace dudar. Porque, seamos sinceros, ¿qué probabilidades hay de que alguien pase años en un mundo de fantasía, matando monstruos y cumpliendo profecías… y vuelva siendo una persona completamente equilibrada y fiable? Exacto. Ninguna. Ahí es donde Birthright gana puntos: en esa incomodidad constante. En esa sensación de que, por mucho que Mikey diga que es el héroe de la historia, igual no lo es tanto. O igual sí, pero a un precio que nadie en la Tierra está preparado para pagar.

Mientras tanto, el dibujo de Andrei Bressan se dedica a dejarte en evidencia. Porque lo que hace aquí no es simplemente ilustrar la historia: es elevarla. Las escenas en Terrenos son un festival de criaturas, paisajes y combates que entran por los ojos como un cañonazo. Hay dinamismo, hay detalle, hay una sensación constante de movimiento que hace que cada página tenga algo que mirar más allá de lo evidente. Y cuando el cómic vuelve al mundo real, el estilo se adapta sin perder fuerza. Menos espectacular, sí, pero más contenido, más centrado en las expresiones, en los silencios, en ese tipo de cosas que hacen que un personaje te importe o te caiga mal en cuestión de viñetas. El resultado es un equilibrio bastante logrado entre espectáculo y emoción, entre lo grandilocuente y lo cotidiano. Y eso, en un género que a veces se pierde en su propia épica, es de agradecer.

Eso no significa que todo sea perfecto, claro. Hay momentos en los que el guion se apoya demasiado en ciertos clichés, o en los que algunos personajes secundarios parecen existir solo para hacer avanzar la trama sin demasiadas complicaciones. Y sí, el arranque puede resultar un poco irregular, con ese tira y afloja entre drama policial y fantasía que no siempre encaja con suavidad. Pero incluso esos tropiezos tienen algo de encanto, porque forman parte de esa identidad híbrida del cómic. Birthright es un poco Frankenstein, sí: un cuerpo hecho de piezas reconocibles. Pero, como en las mejores versiones del mito, la criatura acaba teniendo vida propia. Y cuando la tiene, cuando todo encaja, cuando la historia acelera y los giros empiezan a caer como fichas de dominó… es muy difícil no engancharse. Porque el cómic sabe lo que hace. Sabe cuándo soltar información, cuándo guardársela, cuándo sorprenderte y cuándo dejarte con la mosca detrás de la oreja.

Y ese final… ese final que no vamos a destripar porque aquí somos gente civilizada… digamos que hace exactamente lo que tiene que hacer: dejarte mirando el tomo editado en España por Yermo Ediciones, luego mirando al infinito, y luego otra vez al tomo, pensando “vale, necesito el siguiente” y acordarte de mencionar al editor Carles Muñoz Miralles para que lo traiga lo más pronto posible. En el fondo, el primer volumen de Birthright es como ese amigo que te cuenta una historia aparentemente normal y, cuando ya estás tranquilo, te suelta un notición que te obliga a replantearte todo lo anterior. No es la historia más original del mundo, no va a reinventar la fantasía ni a derribar todos sus tópicos… pero sabe jugar con ellos. Sabe retorcerlos. Sabe reírse un poco de ellos sin perderles el respeto. Y, sobre todo, sabe entretener. Que no es poco. Así que sí, si te apetece una historia con espadas, magia, monstruos y, de paso, una buena dosis de drama familiar con sabor a “esto se va a poner feo”… este cómic es para ti. Solo recuerda: si un día pierdes a tu hijo en el bosque y vuelve convertido en un bárbaro con una misión divina, igual lo último que necesitas es discutir en la cocina. Aunque, siendo sinceros, probablemente sea exactamente lo que va a pasar.

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