Marvel Treasury Edition. Los 4 Fantásticos Fanfare: variaciones sobre la familia

Hay una tradición no escrita en el mundo del cómic que dice que cuando juntas a muchos autores en una antología, el resultado suele parecerse a una cena de Navidad. Siempre hay platos memorables, otros que cumplen sin más y alguno que te preguntas seriamente por qué está en la mesa. De ahí que el Marvel Treasury Edition de Los 4 Fantásticos Fanfare entre en esa dinámica. Pero con una diferencia importante: aquí el menú lo han preparado chefs que, en su mayoría, ya han cocinado en este restaurante antes y conocen la receta mejor que nadie. Y claro, eso se nota. Vaya si se nota.

Lo primero que impone es el formato. Ese tamaño generoso, casi desafiante, que parece decirte: “no has venido aquí a leer en el metro, has venido a contemplar”. Porque sí, este tomo no se hojea con prisa. Se abre con cierto respeto, casi con ceremonia, como quien despliega un mapa antiguo lleno de rutas imposibles. Y en cierto modo lo es. Cada historia es una pequeña expedición a un rincón distinto del universo de los 4 Fantásticos. La premisa es sencilla. Una antología de historias cortas centradas en los distintos miembros del grupo. La ejecución, en cambio, es todo menos sencilla. Porque aquí no se trata de contar “aventurillas” sin más, sino de capturar algo mucho más escurridizo: la esencia de un equipo que lleva más de medio siglo existiendo sin perder del todo su identidad. Que no es poca cosa. Y es que los 4 Fantásticos tienen una peculiaridad que los hace casi inmunes al paso del tiempo (o, al menos, resistentes): no son una alineación, son una familia. Esto suena a frase de camiseta de los chinos, pero cuando se trabaja bien (y aquí se trabaja muy bien) deja de ser un eslogan para convertirse en el motor de todo.

El tomo se estructura en torno a sus cuatro pilares: Johnny Storm, Reed Richards, Ben Grimm y Sue Storm. Cuatro personajes, cuatro formas de entender el heroísmo y, sobre todo, cuatro maneras de relacionarse entre sí. Porque si algo queda claro tras estas páginas es que lo importante no es lo que les pasa, sino cómo lo viven juntos. Empezando por Johnny Storm, la Antorcha Humana, eterno adolescente con poderes nucleares y una autoestima que probablemente podría iluminar ciudades enteras sin necesidad de llamar a Reed. Sus historias aquí tienen un tono más ligero, incluso juguetón, como si los autores coincidieran en que intentar profundizar demasiado en él sería traicionar su naturaleza. Y sin embargo, entre bromas, poses y situaciones más o menos absurdas, se cuelan momentos que revelan algo más. Una cierta inseguridad, una necesidad constante de validación, esa sensación de que bajo la superficie hay más de lo que parece. No siempre se explora, pero cuando ocurre, deja huella.

Reed Richards, por su parte, es otro cantar. O mejor dicho, otra ecuación imposible. Aquí los autores parecen competir por ver quién se mete más dentro de su cabeza y sobrevive. Porque Reed no es solo el hombre más inteligente del mundo (bueno eso seria discutible según cada uno); es también alguien incapaz de desconectar, de dejar de pensar en el siguiente problema, en la siguiente catástrofe potencial. Varias historias juegan con esa idea de forma muy interesante, utilizando incluso recursos visuales que rompen la estructura tradicional de la página para reflejar su mente fragmentada, expansiva, obsesiva. Es un Reed menos heroico y más humano, aunque eso implique mostrar sus grietas.

Luego está Ben Grimm. La Cosa. El personaje que, casi sin proponérselo, se convierte en el corazón de muchas de estas historias. Hay algo en él que invita a la empatía inmediata. Ese contraste entre su aspecto monstruoso y su humanidad desbordante. Aquí encontramos relatos que recorren momentos clave de su vida, que exploran su pasado, sus decisiones, sus pérdidas. Y lo hacen con una sensibilidad que sorprende, incluso en un contexto donde cabría esperar más acción y menos introspección. Ben no necesita grandes villanos; su mayor conflicto sigue siendo él mismo. Y eso, bien contado, es imbatible. Y finalmente Sue Storm. Durante años relegada al papel de “la que mantiene unido al grupo”, aquí recibe un tratamiento que roza lo reivindicativo. Porque sí, sigue siendo el pegamento del equipo, pero también es mucho más que eso. Es estratega, es líder, es fuerza silenciosa. Algunas de las historias más potentes del tomo giran en torno a ella, no desde el espectáculo, sino desde la sutileza. Y ahí es donde brillan: cuando demuestran que no hace falta hacer mucho ruido para construir algo memorable.

Ahora bien, si algo define realmente este volumen es su desfile de autores. Y aquí es donde entra ese tonito reverencial que uno no puede evitar adoptar, aunque intente mantener la ironía a flote. Porque no estamos hablando de nombres al azar. Estamos hablando de gente que ha dejado huella en la historia del cómic de superhéroes. Mark Waid abre fuego con una historia que es puro cariño encapsulado. No intenta reinventar nada, ni falta que hace. Se limita a recordar por qué estos personajes funcionan, y lo hace con una naturalidad que desarma. Jonathan Hickman, por su parte, aporta ese toque suyo tan característico, esa mezcla de ideas diferentes y aparentemente sencillas que siempre esconden algo más debajo. Dan Slott juega con la nostalgia, pero sin caer en la trampa de la repetición vacía. Andrew Wheeler nos lleva entre amoríos y monstruos. Alan Davis no deja sin palabras en su idea de la familia sagrada de Marvel. Mark Burkingham nos presenta al Doctor Muerte y sus cosas. John Tyler Christopher y Andrew McIntosh nos llevan a un día cualquiera de Mister Fantástico. Chip Zdarsky nos lleva entre la belleza y el hedonismo de la Antorcha humana. Greg Weisman pasa por el circo para dar una gran vuelta a todo. Daniel Warren Johnson juega en la liga de la WWF entre personajes hiper poderosos. Y J. Michael Straczynski firma una de esas historias que, sin levantar la voz, se te quedan dentro.

Pero no todo es guion. Ni mucho menos. El apartado gráfico es, en muchos momentos, el verdadero espectáculo. Y aquí el formato Treasury se convierte en un aliado fundamental. Porque ver a artistas como Ramón Rosanas, Alan Davis, Sara Picchelli, Dustin Weaver, John Tyler Christopher, Mark Buckingham, Marcos Martín, Ron Frenz, Mike Allred, CAFU, Mark Bagley o Tyrell Cannon desplegar su talento en páginas de este tamaño es casi un lujo. Cada uno aporta su estilo, su ritmo, su manera de entender la manera de enfocar las viñetas. Y lo curioso es que, pese a la diversidad, el conjunto no se siente fragmentado. Hay páginas que parecen sacadas de otra época, con composiciones clásicas, limpias, casi elegantes en su simplicidad. Otras, en cambio, experimentan con la forma, rompen la cuadrícula, juegan con el color y la estructura. Y en medio de todo eso, el lector se mueve como quien cambia de emisora en la radio y descubre que, sorprendentemente, todas están sonando bien.

Eso no significa que todo sea perfecto. Sería sospechoso. Hay historias que destacan claramente sobre otras, momentos que brillan con luz propia y otros que pasan sin hacer demasiado ruido. Pero incluso en los casos más discretos hay una sensación de respeto, de oficio, que evita el temido efecto “relleno”. Aquí nadie parece estar entregando páginas por compromiso. Incluso las piezas más flojas tienen algo que rascar, ya sea una idea interesante, un enfoque distinto o simplemente un dibujo que merece la pena contemplar.

También resulta interesante cómo el tomo equilibra pasado y presente. Hay historias que parecen un homenaje directo a épocas concretas, con un aire retro que no resulta impostado. Y otras que se sienten completamente contemporáneas, tanto en su enfoque como en su ejecución. Y lo mejor es que ambas conviven sin problema, reforzando la idea de que los 4 Fantásticos son, en el fondo, un concepto adaptable. Un núcleo que puede reinterpretarse sin perder su esencia.

La edición de Panini Comics se compone de los números Fantastic Four Fanfare #1-4 traducidos por Uriel López. Además de varios extras que ayudan a redondear la experiencia. No son un simple añadido, sino un complemento que contextualiza, que amplía, que invita a mirar más allá de las viñetas. Artículos de Pedro Monje o Bruno Orive y portadas alternativas de Marco Checchetto o Rachael Stott entre otros. Todo contribuye a esa sensación de estar ante algo más que un recopilatorio. Y aquí es donde entra la ironía, inevitable pero cariñosa. Este tomo es, en esencia, un gran acto de nostalgia. Pero hecho con tanto talento que resulta difícil criticarlo por ello. Porque sí, hay momentos en los que uno siente que está leyendo variaciones sobre temas conocidos, ecos de historias ya contadas, guiños constantes al pasado. Pero también hay una honestidad en esa aproximación que desarma cualquier intento de cinismo.

No es un cómic que quiera reinventar la rueda. Ni falta que le hace. Su objetivo es otro: recordarte por qué esa rueda sigue girando después de tantos años. Al final, «Los 4 Fantásticos Fanfare» funciona como una especie de carta de amor colectiva. No perfecta, no uniforme, pero sí sincera. Un recordatorio de que, más allá de los cambios de autores, de estilos, de épocas, hay algo en estos personajes que sigue conectando. Y quizá esa sea la mayor virtud del tomo: no intenta convencerte de nada. No te dice que esto es imprescindible, ni que estás ante una obra maestra incontestable. Simplemente te abre la puerta, te invita a pasar y te deja pasear por sus páginas a tu ritmo. Algunas historias se te quedarán. Otras no. Pero cuando cierres el tomo, es bastante probable que tengas la sensación de haber pasado un rato en buena compañía. Y en un mundo donde abundan los eventos ruidosos, las tramas infladas y los giros diseñados para trending topics, eso (aunque suene poco espectacular) tiene un valor incalculable.

Deja un comentario