Si alguna vez has pensado “igual debería entenderme mejor a mí mismo”, el tebeo llamado «La razón de todo» viene a decirte: “sí, claro… pero prepárate, porque lo mismo no te gusta lo que encuentres entre los cojines del sofá”. Y lo hace con una sonrisa, un par de bromas bien tiradas y la habilidad de convertir una crisis existencial en algo sorprendentemente entretenido. Porque David Ramírez no se limita a hacer un cómic autobiográfico. No. Eso sería demasiado fácil. Aquí el hombre decide abrirse en canal, pero en plan “cirugía con comentarios sarcásticos incluidos”, y lo empaqueta en un tomo de 196 páginas publicado por Astiberri Ediciones que entra suave y luego se te queda dando vueltas en la cabeza como la canción de “la Macarena” que no pediste, pero ya no puedes quitarte.

El punto de partida es aparentemente inocente: ¿por qué cuenta historias este señor? Y puedes pensar: “pues porque le gusta, siguiente pregunta”. ERROR. Tremendo error. Lo que sigue es una especie de viaje introspectivo con parada en “recuerdos incómodos”, “momentos absurdos de la infancia”, “decisiones cuestionables” y “cosas que creías superadas, pero sorpresa, siguen ahí”. Y todo esto contado con un tono que oscila entre el “me río de mí mismo porque si no lloro” y el “bueno, igual lloro un poco, pero con gracia”.
Lo primero que te atrapa es la estructura. Aquí no hay una biografía lineal en plan Wikipedia. Esto es más bien como abrir mil pestañas en el navegador de la mente de Ramírez y saltar de una a otra sin cerrar ninguna. Infancia, adolescencia o vida adulta, todo aparece en formato de pequeñas historias que, poco a poco, van encajando como un puzle hecho con piezas que no sabías que existían. Y claro, llega la infancia. Ese territorio mágico donde todo era más sencillo, salvo que a veces olvidamos ciertas cosas. Porque sí, hay cromos, meriendas, cómics, viajes largos en coche y toda esa nostalgia que te hace decir “jo, qué tiempos”. Pero también hay inseguridades, momentos raros, situaciones que en su momento no entendías y que ahora, vistas con perspectiva, son como: “ah, vale, esto explica muchas cosas”.

Ramírez no cae en la trampa de idealizar el pasado. No convierte su infancia en un anuncio de colonia. Más bien la trata como lo que fue: una mezcla de momentos felices y pequeñas grietas emocionales que, con el tiempo, se convierten en auténticos socavones. Y aquí es donde el cómic empieza a jugar en otra liga. Porque mientras te estás riendo de una anécdota aparentemente tonta, de repente te das cuenta de que hay algo más debajo. Algo que no es tan gracioso. Algo que, de hecho, te suena sospechosamente familiar. Porque sí, este cómic tiene una cosa muy peligrosa: te ves reflejado. No exactamente en los detalles (no todos hemos tenido la misma vida, claro), pero sí en las sensaciones. En esa mezcla de nostalgia, duda, culpa y “¿esto es normal o soy yo?”. Y mientras estás ahí, riéndote de las miserias ajenas (con cariño, eso sí), te das cuenta de que en realidad te estás riendo un poco de las tuyas.
El apartado familiar merece mención especial, porque aquí hay material de primera. La obra se mete en terrenos delicados (relaciones familiares, pérdidas, dinámicas complicadas) pero lo hace sin dramatismo exagerado. No hay violines sonando de fondo. Hay humor, hay ironía y hay una honestidad que desarma. Especialmente potente es cómo aborda ciertos recuerdos que, en su momento, parecían normales, pero que con el paso del tiempo adquieren otro significado. Es como cuando ves una peli de pequeño y luego la vuelves a ver de adulto y piensas: “espera, ¿esto iba de esto?”. Pues eso, pero con tu propia vida. Y todo esto sin perder nunca el tono cercano. Porque Ramírez escribe (y dibuja) como si estuviera hablándote directamente. Como ese amigo que empieza contando una anécdota graciosa y acaba soltando una reflexión que te deja pensando durante días.

Otro de los grandes aciertos del cómic es cómo maneja la idea de la memoria. Porque aquí se deja claro que recordar no es reproducir, es reinterpretar. Que lo que contamos de nuestro pasado no siempre es exactamente lo que pasó, sino lo que creemos que pasó. O lo que necesitamos que haya pasado para entendernos mejor. Vamos, que todos somos un poco narradores poco fiables de nuestra propia vida. Y Ramírez lo sabe, lo asume y lo utiliza a su favor. El resultado es una especie de auto ficción donde lo importante no es la exactitud de los hechos, sino la verdad emocional que hay detrás. Y eso le da al cómic una capa extra de profundidad, sin perder en ningún momento el tono ligero. Porque sí, esto es importante. Este tebeo es profundo, pero no es pesado. No es de esos que lees con cara de “estoy entendiendo algo muy importante pero no me lo estoy pasando bien”. Aquí te lo pasas bien. Mucho. Incluso cuando toca temas serios. El humor es clave. Y no un humor cualquiera. Es ese humor que nace de conocerse a uno mismo, de aceptar tus propias contradicciones y de saber reírte de ellas. No hay cinismo, no hay mala leche. Hay ironía, sí, pero también mucha humanidad.
Gráficamente, además, todo fluye con naturalidad. El estilo gráfico es limpio, expresivo, sin artificios innecesarios. Aquí no hay fuegos artificiales visuales, porque no hacen falta. La fuerza está en la historia, en cómo se cuenta y en cómo conecta contigo. Y conecta. Vaya si conecta. Porque al final, más allá de las anécdotas concretas, lo que plantea el cómic es una pregunta universal: ¿por qué somos como somos? ¿De dónde vienen nuestras manías, nuestras inseguridades, nuestras decisiones? Y lo mejor es que no intenta darte una respuesta definitiva. No hay un momento de iluminación tipo “ahora todo tiene sentido”. Lo que hay es una exploración constante. Un ir tirando del hilo a ver hasta dónde llega. Curiosamente, es lo que hace que el cómic funcione tan bien. Porque en lugar de cerrar el tema, lo abre. Te invita a hacerte las mismas preguntas. A mirar hacia atrás. A revisar tus propios recuerdos.

Lo cual es maravilloso y ligeramente peligroso. Porque claro, igual empiezas pensando en tus meriendas de la infancia y acabas cuestionándote decisiones vitales importantes. Pero oye, al menos te has reído por el camino. El título, La razón de todo, es casi una broma en sí misma. Porque promete una respuesta que el propio cómic sabe que no puede dar. Sin embargo, en ese intento fallido (o no tan fallido) está toda la gracia. Porque quizá la razón de todo no es una única cosa. Quizá es una suma de pequeñas historias, de recuerdos, de decisiones, de casualidades. Quizá es ese caos ordenado que intentamos entender mientras avanzamos. Y Ramírez, con este primer tomo, no te da la respuesta… pero te ofrece algo mejor: compañía en la búsqueda. Y además, con chistes. Que no es poca cosa.
Cuando cierras el tebeo, te queda una sensación curiosa. Como si hubieras estado hablando con alguien durante horas. Como si hubieras compartido algo. Como si, de alguna manera, te hubieras entendido un poco mejor a ti mismo… sin darte cuenta. Y eso, en un cómic, tiene mucho mérito. Así que sí, «La razón de todo» es divertido, es honesto, es inteligente y es, sobre todo, muy humano. Un cómic que te hace reír, pensar y, de paso, preguntarte cosas que igual llevabas tiempo evitando. Vamos, lo que viene siendo un planazo
