Si alguien te hubiera dicho hace unos años que acabarías leyendo un cómic sobre emojis, probablemente habrías respondido con una “carita sonriente” y habrías seguido con tu vida. Pero el destino tenía otros planes. «La Revolución Emoji» llega para demostrar que incluso esas caritas amarillas que usas para evitar escribir frases completas pueden convertirse en material de investigación seria o al menos, lo suficientemente seria como para llenar un tebeo. El invento viene firmado por David Groison al guion y Paul Rey al dibujo, y se presenta como un híbrido entre reportaje periodístico, ensayo divulgativo y aventura con menos acción que un grupo de WhatsApp familiar.

La protagonista es Andréa, una joven periodista que un día, probablemente aburrida de redactar artículos que nadie lee, tiene una epifanía digna de guion: ¿por qué hay un emoji de gasolinera, de reactor nuclear y de barril de petróleo… pero no de una turbina eólica? Y claro, lo que cualquier persona normal resolvería con un “pues vaya, qué cosas” y un café, Andréa lo convierte en una investigación internacional que la lleva a recorrer medio planeta. Porque cuando tienes una duda, lo lógico es coger un avión, cruzar océanos y entrevistar a todo el que se cruce en tu camino. Google está sobrevalorado. A partir de ahí, el cómic despliega su propuesta. Una serie de encuentros con expertos que, sorprendentemente, existen. Y no solo existen, sino que además están encantados de hablar durante páginas y páginas sobre emojis. Uno de los momentos más interesantes llega con Shigetaka Kurita, considerado el padre de estas pequeñas criaturas digitales. Su aparición funciona como ese momento en el que descubres que detrás de algo cotidiano hay una historia mucho más compleja de lo que imaginabas. Lo que empezó como una solución para enriquecer la comunicación digital en Japón ha terminado convirtiéndose en un lenguaje global que usamos sin pensar. Lo cual, irónicamente, es justo lo que el cómic intenta hacernos cuestionar.
Es que este tebeo tiene una virtud clara: es curioso. Muy curioso. Está lleno de datos, anécdotas y explicaciones sobre el origen, la evolución y el funcionamiento de los emojis. Aprendes, por ejemplo, que existe todo un proceso para aprobar nuevos símbolos, que hay debates encendidos sobre qué merece ser representado y que, en el fondo, los emojis no son tan espontáneos como parecen. Detrás de cada carita sonriente hay reuniones, criterios y decisiones que podrían rivalizar con las de cualquier parlamento, pero con menos gritos y más iconos. El cómic también se adentra en terrenos inesperados, como el ámbito legal. Sí, legal. Resulta que un emoji puede tener implicaciones jurídicas, y no, no es broma. Dependiendo del contexto, ese inocente dibujito puede interpretarse como amenaza, prueba o declaración de intenciones. De repente, enviar un emoji de pistola deja de parecer tan gracioso y empieza a sonar a posible problema con abogados. Bienvenidos al siglo XXI.

Sin embargo, no todo es tan brillante como promete la premisa. El gran problema del cómic es que corre demasiado. Tiene prisa. Mucha prisa. Como si temiera que el lector, al darse cuenta de que está leyendo un ensayo sobre emojis, decidiera salir corriendo. Así que salta de un tema a otro, de una entrevista a la siguiente, acumulando información, pero sin detenerse lo suficiente como para profundizar. Esto se nota especialmente en los momentos en los que el cómic roza cuestiones realmente interesantes. Por ejemplo, el impacto de los emojis en el lenguaje: ¿estamos simplificando la comunicación? ¿Estamos volviendo a una forma de escritura más visual, casi jeroglífica? Aquí el cómic podría haber abierto un debate fascinante… pero prefiere pasar de puntillas y seguir adelante. Es como si te enseñaran la puerta de una habitación llena de ideas y luego la cerraran antes de que puedas entrar.
La estructura basada en entrevistas tampoco ayuda demasiado. Andréa va de país en país (Japón, Estados Unidos, Egipto) acumulando testimonios que, aunque interesantes por separado, no siempre terminan de construir un discurso cohesionado. Es una especie de collage de opiniones donde lo importante no es tanto quién habla, sino lo que se dice. De hecho, uno de los efectos secundarios del cómic es que recuerdas las ideas, pero no tanto a los personajes. Y eso, en una historia que intenta humanizar su investigación, es un pequeño problema.

Luego está el tema ecológico, que merece mención aparte. La búsqueda del emoji de la turbina eólica introduce una dimensión medioambiental que, sobre el papel, resulta interesante. El cómic sugiere que la ausencia de ciertos símbolos refleja prioridades culturales y económicas, lo cual es una idea potente. Pero aquí aparece una contradicción difícil de ignorar. Andréa se pasa medio cómic viajando en avión de un continente a otro para investigar… precisamente, temas relacionados con el impacto ambiental. Es decir, tenemos una trama que intenta concienciar sobre el cambio climático mientras acumula kilómetros aéreos como si fueran cromos. La ironía es tan evidente que casi merece su propio emoji. Probablemente uno con cara de “¿en serio?”.
Aun así, sería injusto decir que el cómic falla por completo. No lo hace. Funciona como obra divulgativa ligera, accesible y entretenida. El dibujo de Paul Rey cumple perfectamente su función: es claro, fluido y fácil de seguir. No busca deslumbrar, sino acompañar la trama, y lo consigue. Es el equivalente visual de un emoji neutro: no destaca especialmente, pero tampoco molesta. Además, hay momentos donde el cómic sí logra conectar ideas interesantes, especialmente cuando aborda cuestiones de representación. Los emojis no son neutrales: reflejan decisiones culturales, políticas y sociales. La inclusión de distintos tonos de piel, profesiones o símbolos no es casual, sino resultado de debates y presiones. Aquí el cómic deja entrever un tema mucho más profundo: quién decide cómo nos representamos en el mundo digital. Ese “quién” nos lleva inevitablemente al consorcio Unicode, ese organismo que suena a villano de ciencia ficción pero que en realidad es una organización bastante terrenal encargada de estandarizar los caracteres digitales. Saber que los emojis pasan por un proceso casi burocrático para existir añade una capa de complejidad que resulta tan fascinante como ligeramente decepcionante. Porque sí, incluso la carita sonriente tiene que pasar por papeleo.

Al final, este tebeo editado por Liana Editorial con traducción de Diego de los Santos, se mueve en una zona curiosa. No es superficial, pero tampoco profundamente analítico. No es aburrido, pero tampoco especialmente apasionante. Es, en muchos sentidos, como los propios emojis: útil, simpático y omnipresente… pero rara vez transformador. Sales de su lectura con la sensación de haber aprendido cosas (lo cual ya es más de lo que se puede decir de muchos cómics), pero sin una huella especialmente profunda. No hay una gran revelación final, ni una idea que te sacuda. Simplemente, entiendes mejor un fenómeno cotidiano y sigues adelante.
Quizá ese sea, en el fondo, su mayor acierto. Porque los emojis tampoco están diseñados para cambiarte la vida. Están ahí para facilitar, simplificar y, en ocasiones, evitar que tengamos que pensar demasiado en lo que decimos. Y este cómic, de alguna manera, hace lo mismo: te acompaña, te informa y te entretiene sin exigir demasiado a cambio. Eso sí, la próxima vez que envíes un emoji, puede que lo hagas con una ligera conciencia de todo lo que hay detrás: decisiones, debates, historia y un montón de gente que ha dedicado tiempo a algo que tú usas en segundos. Y solo por eso, el viaje de Andréa, por contradictorio y acelerado que sea, ya tiene cierto sentido. «La revolución de Emoji» es un cómic curioso, irregular y con buenas ideas que nunca terminan de explotar del todo. No es una revolución, pero sí un recordatorio simpático de que incluso los detalles más pequeños de nuestra vida digital tienen historias mucho más grandes de lo que imaginamos. Y ahora, si me permites, voy a cerrar esta reseña de la forma más coherente posible:
👍
