Hay personajes de Marvel que nacieron para ser protagonistas. Otros que nacieron para ser secundarios con carisma. Y luego está Illyana Rasputin, también conocida como Magik, que nació directamente para complicarle la vida a cualquier guionista que intente explicarla en menos de cinco minutos sin usar palabras como “dimensión infernal”, “trauma infantil” o “espada que roba almas”. Así que darle una colección propia era inevitable y también un poco peligroso. Porque claro, una cosa es que Magik funcione como ese comodín oscuro en la Patrulla X, y otra muy distinta es dejarla sola frente al espejo narrativo y decirle: “venga, ahora sostén tú todo esto”. El resultado, recopilado en este tomo, es exactamente lo que imaginas y también un poco lo que temías.

La historia arranca con una premisa que parece escrita por alguien que dijo “¿y si metemos TODO lo que mola en un cómic y ya luego vemos cómo lo ordenamos?”. Tenemos magia, tenemos el limbo, tenemos un mal antiguo despertando bajo la superficie y tenemos a Magik diciendo básicamente: “perfecto, me viene fatal, así que voy para allá”. Porque si algo define a Illyana es que su vida es una sucesión constante de situaciones incómodas que decide afrontar con una mezcla de sarcasmo, magia oscura y una espada que claramente no pasa controles de seguridad en ningún aeropuerto del mundo. Y así, lo que podría ser el inicio de una historia de terror lovecraftiano se convierte en una especie de locura demoníaca donde cada parada es peor que la anterior.
El tono del cómic oscila entre lo épico y lo “esto se nos está yendo un poco de las manos”, lo cual, curiosamente, encaja bastante bien con la protagonista. Porque Magik no es precisamente estabilidad emocional en formato humano. Es más bien un cóctel de poder, trauma y decisiones cuestionables que, contra todo pronóstico, suele salvar el día. O al menos evita que el mundo se convierta en un infierno (más de lo habitual). El guion de Ashley Allen intenta profundizar en ese conflicto interno, en esa lucha constante entre Illyana y su lado oscuro. Viene a ser como tener una versión de ti mismo que no solo toma malas decisiones, sino que además las toma con entusiasmo demoníaco.

Aquí es donde el cómic se pone interesante y también un poco repetitivo. Porque sí, la lucha interna de Magik es fascinante, pero también es algo que los lectores llevan viendo años. Es como ese amigo que siempre cuenta la misma anécdota en las cenas: al principio engancha, luego ya sabes cómo va a acabar, pero aun así lo escuchas porque tiene su gracia. El problema es que, en algunos momentos, el cómic parece apoyarse demasiado en ese conflicto sin aportar suficientes matices nuevos. No es que no funcione, es que a veces da la sensación de déjà vu.
En paralelo a todo esto, tenemos la amenaza externa, encabezada por Liminal, un villano con nombre de grupo indie y aspiraciones de apocalipsis global. Liminal es ese tipo de antagonista que sobre el papel suena increíble: misterioso, poderoso, vinculado a fuerzas antiguas, pero que en la práctica se queda un poco a medio gas. No llega a ser olvidable, pero tampoco consigue robarle el protagonismo a Magik, lo cual, siendo sinceros, tampoco era fácil. Aun así, su presencia sirve como motor de la trama, como excusa para que haya peleas, viajes, rituales y todo ese catálogo de cosas que hacen que un cómic de este tipo no se convierta en una sesión de terapia demasiado cara.

Hablando de terapia, el cómic introduce a Cal, el aprendiz misterioso que grita “esto va a complicarse” desde su primera aparición. Cal es ese personaje que claramente tiene secretos, probablemente malas decisiones acumuladas y una relación con la magia que no augura nada bueno. Su dinámica con Magik es interesante, porque permite explorar ese rol de mentora que Illyana lleva con la misma naturalidad con la que alguien conduciría un coche sin carnet: con confianza, pero con un riesgo evidente de desastre. Aun así, aporta frescura y abre la puerta a nuevas tramas, aunque no siempre se desarrollen todo lo que deberían.
Luego está Dani Moonstar, que aparece como ese recordatorio de que Magik funciona mejor cuando tiene a alguien que la baje un poco a tierra. Dani es, en muchos sentidos, el ancla de la historia. La voz de la razón en un mundo donde la razón se ha ido de vacaciones. Cada vez que aparece, el cómic gana en humanidad, en conexión, en algo que va más allá de los portales infernales y los monstruos con mala actitud. Es casi como si el propio cómic supiera que necesita ese equilibrio y dijera: “vale, vamos a meter a alguien que no esté poseído, maldito o al borde de un colapso mágico”. En cuanto al ritmo, el tomo es una montaña rusa bastante peculiar. Empieza con fuerza, engancha, promete un viaje intenso y luego, en algunos tramos, se toma su tiempo para explicar cosas, desarrollar conceptos o simplemente respirar. El problema es que ese “respirar” a veces se convierte en un pequeño atasco. Hay momentos donde la historia parece avanzar a trompicones, como si no tuviera muy claro si quiere ser una aventura frenética o un estudio de personaje más pausado. Y la respuesta, aparentemente, es “ambas cosas”, lo cual no siempre funciona con la fluidez deseada.

El apartado gráfico, a cargo de varios artistas como Germán Peralta, Matt Horak o Jesús Hervás, cumple sin problemas. Pero también deja esa sensación de “podría haber sido más espectacular”. Y claro, cuando tienes una historia que incluye dimensiones infernales, criaturas demoníacas y combates mágicos, uno espera que el apartado visual esté a la altura de ese despliegue. No es que el arte sea malo, ni mucho menos. Es sólido, consistente, tiene momentos muy buenos, pero rara vez alcanza ese nivel de impacto que te obliga a detenerte en una página y pensar: “vale, esto sí”. Es más bien un “esto está bien, sigamos”.
La edición de Panini Comics es, como suele ser habitual, bastante cuidada. 240 páginas, buen formato, recopilación completa de la serie y ese toque de producto bien presentado que hace que, incluso si la historia no te vuela la cabeza, sientas que has hecho una compra digna. Además, la inclusión de portadas y extras siempre suma puntos en ese terreno tan importante que es el “esto queda bonito en la estantería”. Mención aparte están las portadas de J. Scott Campbell, que juegan en otra liga completamente distinta. Son llamativas, exageradas, muy en su estilo y probablemente responsables de que más de uno haya cogido el tomo en la tienda diciendo “esto tiene que ser espectacular”. Y bueno, espectacular es, en momentos. Digamos que las portadas prometen una fiesta que el interior celebra de forma más moderada.

En resumen, este tomo de «Magik» es como una cita con alguien muy interesante pero un poco caótico. Tiene momentos brillantes, conversaciones que enganchan o ideas potentes. También alguna que otra pausa incómoda y la sensación de que podría haber sido aún mejor si todo estuviera un poco más afinado. No es un desastre, ni mucho menos. Es un cómic entretenido, con personalidad, con una protagonista que sostiene el conjunto incluso cuando el guion duda. Eso es lo que importa. Porque Magik es uno de esos personajes que, incluso en historias irregulares, consigue que quieras seguir leyendo. Que te interesa. Que te atrapa. Y que te hace pensar que, con el enfoque adecuado, puede protagonizar algo realmente memorable. Este tomo no es ese “algo definitivo”. Pero es un paso. Un intento. Una declaración de intenciones con espada mágica incluida. Y oye, en un mundo lleno de demonios, portales y decisiones cuestionables… a veces eso es más que suficiente.
