El Manco de Lepanto: del mito al hombre

Hay muchas formas de acercarse a la historia. Puedes hacerlo con solemnidad, cara seria y con un profesor imaginario corrigiéndote la postura, o puedes subirte directamente a una galera en plena Batalla de Lepanto y aceptar que, probablemente, no tienes ni idea de lo que está pasando… pero vas a sentirlo igual. «El Manco de Lepanto» opta por lo segundo, y menos mal, porque lo que propone este cómic no es una lección de historia al uso, sino una experiencia que mezcla épica, caos, religión, simbolismo y una buena dosis de “¿pero quién me ha metido a mí en este lío?”.

La premisa ya es suficientemente jugosa como para levantar una ceja. En medio de una de las batallas navales más importantes del Renacimiento aparece Miguel de Cervantes. Un soldado en plena batalla, que intenta sobrevivir como puede y de la mejor manera. Tratas de esquivar espadazos y alguna que otra bala de escopeta de chispa, al siguiente minuto intentas no perder la cordura o alguna extremidad. Y claro, cuando te ves rodeado de disparos, gritos, madera astillada y gente que cree firmemente que Dios está de su lado (todos, además), tu cerebro empieza a buscar soluciones creativas. Algunas personas rezan, otras gritan… y otras empiezan a ver ángeles bajando del cielo como si alguien hubiera activado el modo “pintura renacentista deluxe”. Pero ojo, que no es solo un recurso estético para quedar bien en las viñetas. Las visiones angelicales funcionan como un mecanismo de defensa. Porque cuando la realidad es tan brutal que no hay manera de procesarla, la mente dice: “mira, vamos a reinterpretar esto de forma simbólica o aquí alguien va a romperse del todo”. Y así, entre sangre y acero, aparecen figuras celestiales que no eliminan el horror, pero lo hacen ligeramente más soportable. O al menos más comprensible dentro de un delirio con cierto estilo.

El guion de Juanma Mallén tiene un punto muy interesante, y es que no intenta embellecer la acción. Aquí no hay coreografías imposibles ni heroicidades de postal. Los combates son sucios, rápidos, a veces torpes, siempre peligrosos. Se nota que hay un conocimiento real del movimiento, del peso del cuerpo, de lo que implica pelear cuando no eres un héroe de leyenda sino alguien con miedo y pocas opciones. Y eso hace que todo resulte más creíble y, paradójicamente, más épico. Porque la verdadera épica no está en la perfección, sino en seguir adelante cuando todo invita a salir corriendo.

En el aspecto gráfico, Jorge Tresáncoras hace un trabajo que merece quitarse el sombrero, aunque sea en medio de una tormenta de flechas. Las galeras se sienten claustrofóbicas, los cuerpos tienen peso, el mar no es un simple fondo bonito sino una amenaza constante. Y luego están los contrastes. Cuando llegan las visiones, el dibujo cambia, se suaviza, se vuelve casi poético. Es como si el cómic te diera un respiro emocional antes de devolverte de golpe a la realidad, que, conviene recordarlo, sigue siendo una batalla donde la gente no tiene precisamente un buen día.

Cuando el lector cree haber encontrado cierto equilibrio en medio del caos, llega el golpe final: la conciencia de que todo esto ocurrió. De que, más allá de las licencias narrativas, hubo hombres reales que vivieron (y murieron) en ese infierno flotante. Que Miguel de Cervantes no solo imaginó gigantes y molinos, sino que conoció de primera mano el peso de una bala, el ardor de una herida, la fragilidad de la vida. La obra también está atravesada por una curiosa capa de destino que trasciende la propia ficción. Por eso, cuando las aguas se calman (si es que alguna vez lo hacen realmente) lo que queda no es la victoria, ni los estandartes, ni las crónicas oficiales llenas de gloria. Lo que queda es el rastro invisible de lo vivido: el eco de los gritos, el olor a pólvora incrustado en la memoria, la certeza de haber cruzado un umbral del que no se regresa siendo el mismo.

En «El manco de Lepanto» editado por Serendipia Editorial, la batalla no se narra como un triunfo, sino como una herida abierta. Cada viñeta insiste en desmontar la épica tradicional para mostrar la guerra como lo que es. Una maquinaria brutal que devora identidades, creencias y cuerpos por igual. No hay honor en la carnicería, solo supervivencia. No hay destino glorioso, solo hombres que intentan no morir mientras todo a su alrededor se desmorona. Y es precisamente ahí donde la obra encuentra su verdad más poderosa: en la transformación. Porque el joven Miguel de Cervantes que se embarca en la galera La Marquesa no es el mismo que emerge de la batalla. Las heridas de arcabuz no son lo único que se lleva consigo. Hay otra cicatriz, más profunda, invisible, que se instala en su mirada. La guerra no solo mutila el cuerpo. Reconfigura el alma, altera la forma en la que un hombre entiende el mundo, la fe, la vida… y la libertad.

El cómic sugiere, con una crudeza casi incómoda, que el horror puede ser también una semilla. Una experiencia límite que destruye, sí, pero que también obliga a reconstruirse desde cero. Y en ese proceso, en ese descenso al abismo, nace algo nuevo: una conciencia distinta, más lúcida, más amarga, pero también más humana. Así, este tebeo deja de ser solo un episodio histórico para convertirse en un punto de quiebra. No el lugar donde nace un héroe, sino donde un hombre comprende la fragilidad de todo lo que le rodea. Donde descubre que la gloria es efímera, pero el dolor perdura. Y donde, quizás sin saberlo, comienza a gestarse la voz que, años después, será capaz de hablarle al mundo sobre la dignidad, la locura y el valor incalculable de ser libre.

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