Jupiter’s Legacy Finale: culminación tan potente como irregular

Cerrar una historia siempre es complicado. Cerrarla cuando llevas años prometiendo que vas a redefinir el género heroico ya no es complicado: es directamente un deporte de riesgo. Y ahí es donde entra «Jupiter’s Legacy: Finale», el broche definitivo a una saga que apuntaba a ser una de esas obras que la gente cita con solemnidad y que acaba siendo más bien esa de la que hablas con una media sonrisa incómoda y un “bueno, tenía cosas”. Porque claro, cuando te sientas a leer algo firmado por Mark Millar, ya sabes que no vas a recibir precisamente una historia modesta. Millar no escribe cómics, lanza declaraciones de intenciones con capa. Es el tipo de autor que te vende una idea como si fuera a cambiar tu vida y durante un rato, lo consigue. El problema viene cuando tiene que cerrar el círculo y decides mirar atrás. Ahí es cuando empiezas a ver las costuras, los atajos y algún que otro “ya si eso lo explico luego”.

Jupiter’s Legacy: Finale parte de una premisa que suena a fuegos artificiales. El secreto del universo por fin se revela, los orígenes de los superpoderes quedan explicados y la humanidad se enfrenta a las consecuencias de haber jugado con fuerzas que claramente le venían grandes. Todo ello conectado con ese inicio casi mítico en 1929, con visiones, islas misteriosas y ese aire de “esto va a ser muy importante, ya verás”. Y sí, importante es. Otra cosa es que sea satisfactorio. El cómic tiene esa cualidad tan curiosa de responder preguntas que, en muchos casos, quizá no necesitaban respuesta. O mejor dicho: necesitaban una respuesta mejor. Porque una cosa es desvelar el misterio y otra muy distinta es que, cuando lo haces, el lector no sienta que le has cambiado un enigma fascinante por una explicación funcional. No terrible, no absurda, pero tampoco a la altura de lo que se había construido.

Es como si durante toda la saga te hubieran prometido un truco de magia espectacular y, al final, el mago decidiera explicarte el truco, pero de forma tan poco elegante que te quedas pensando: “casi prefería no saberlo”. Aquí es donde empieza a aparecer uno de los grandes problemas del tomo: la sensación constante de que las ideas son mejores que su desarrollo. Millar lanza conceptos a una velocidad admirable (civilizaciones enteras, conflictos cósmicos, linajes de superhumanos, amenazas existenciales) pero no siempre se detiene el tiempo suficiente para que respiren. Todo sucede deprisa, como si el propio cómic tuviera prisa por llegar a su conclusión antes de que alguien le pida más explicaciones. El resultado es que la trama, en lugar de sentirse épica, se percibe comprimida. Como si alguien hubiera intentado meter tres temporadas de serie en cinco episodios. Y claro, pasan muchas cosas… pero pocas terminan de calar.

Luego está el asunto del reparto. Porque si algo tiene este tebeo son personajes. Muchos. Muchísimos. Tantos que uno empieza a sospechar que el objetivo no era que los conociéramos, sino simplemente que estuvieran ahí para llenar el plano. Aparecen, dicen dos frases, hacen algo más o menos espectacular… y desaparecen, a veces de forma bastante definitiva. El problema no es la cantidad, sino la falta de peso. Cuando un personaje cae, debería doler. Debería haber una conexión, una historia previa, algo que haga que ese momento importe. Aquí, en demasiadas ocasiones, la reacción es más cercana a un “ah, vale” que a un “no puede ser”. Y eso, en una historia que pretende jugar con el legado y las consecuencias, es un pequeño desastre. Especialmente sangrante es cómo se manejan ciertos personajes que se habían presentado previamente como grandes amenazas o figuras clave. Se les construye, se les da importancia, se insinúa que van a ser fundamentales y luego duran lo que dura un suspiro. Es casi cómico. No en el sentido de que busque hacerte reír, sino en ese tipo de humor involuntario que surge cuando las expectativas chocan frontalmente con la realidad.

En ese sentido, el cómic parece tener un problema serio con el concepto de escala. Todo es enorme, todo es trascendental, todo es decisivo… pero las resoluciones no siempre están a la altura de esa magnitud. Hay conflictos que se presentan como el fin de todo y que se resuelven con una facilidad que descoloca. No porque uno espere necesariamente un baño de sangre o un final nihilista, sino porque la historia ha jugado a ser grande y, en el momento clave, decide ser sorprendentemente accesible. Y luego está el tono del final. Ese optimismo que aparece en los últimos compases. Después de una historia que ha coqueteado con ideas bastante oscuras (el control, la manipulación o el destino de la humanidad), el desenlace opta por una especie de esperanza luminosa que, en teoría, debería cerrar la obra con un mensaje potente. El problema es que no termina de encajar.

En cuanto al dibujo, la cosa tampoco ayuda demasiado. El trabajo de Tommy Lee Edwards ofrece momentos realmente interesantes, con composiciones potentes. Pero el tomo no mantiene una coherencia estilística constante, y eso se nota más de lo que debería en un cierre de saga. El cambio de manos pasando por Matthew Dow Smith junto a Giovanna Niro y Lee Carter genera una sensación de irregularidad que rompe el ritmo. Hay páginas que funcionan muy bien, que transmiten fuerza y dramatismo, y otras que parecen pertenecer a otro proyecto distinto. No es tanto una cuestión de calidad absoluta como de cohesión. Por eso, cuando estás leyendo el final de una historia larga, lo que quieres es precisamente eso: una sensación de unidad. Aquí, en cambio, tienes la impresión de estar saltando entre versiones alternativas del mismo cómic.

Sin embargo, precisamente al ser Millar, el cómic no es aburrido. En ningún momento. Puede ser frustrante, irregular, incluso decepcionante en ciertos aspectos, pero nunca plano. Siempre está pasando algo, siempre hay una idea nueva, siempre hay un giro esperando a la vuelta de la página. Y eso, en un medio donde a veces se peca de lo contrario, tiene su mérito. De hecho, parte del encanto de Jupiter’s Legacy: Finale está precisamente en eso. En su capacidad para provocar reacción. No te deja indiferente. Puede que te enfade, que te desconcierte o que te haga levantar una ceja con escepticismo… pero difícilmente te hará cerrar el tebeo pensando “meh”.

La edición por parte de Panini Comics sigue la línea habitual de la editorial en su formato cartoné. Contiene los cinco números de la serie americana traducidos por Raúl Sastre y las portadas alternativas realizadas por Frank Quitely(el cocreador de la obra), Julián Totino Tedesco y Skottie Young. Al final, lo que queda de estas 144 páginas es una sensación agridulce. Por un lado, el reconocimiento de que había material para algo realmente grande. Por otro, la constatación de que el resultado final no termina de estar a la altura de sus propias promesas. No es un desastre absoluto, ni mucho menos. Pero tampoco es ese cierre redondo que uno esperaba después de todo el camino recorrido. Es, en esencia, un final muy “a lo Millar”: lleno de ideas, de giros, de ambición y también de atajos, de decisiones discutibles y de esa sensación persistente de que, con un poco más de tiempo y cuidado, podría haber sido algo mucho mejor. Así que sí, «Jupiter’s Legacy: Finale» cierra la historia. Da respuestas, pone punto final y deja claro que no hay mucho más que contar. Pero lo hace de una manera que probablemente dividirá a los lectores entre los que aprecian el intento y los que no pueden evitar pensar en lo que podría haber sido.

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