Volver a X-Force en 2026 es un poco como volver a una casa en la que viviste de adolescente: sabes dónde está el sofá, recuerdas que allí ocurrieron cosas bastante cuestionables y, en algún rincón, probablemente siga escondido un ejemplar de los noventa que te niegas a tirar por nostalgia. La diferencia es que aquí el sofá dispara rayos, el dueño de la casa viene del futuro y uno de los invitados lleva una mezcla de garras, demonios y problemas familiares. Es decir, una reunión normal de mutantes.

Todo eso te lo encuentras en este primer tomito que Panini Comics publica de los «Malditos X-Force». Donde se recopila Inglorious X-Force #1-3 USA, una nueva encarnación del grupo que recupera a Cable como jefe de operaciones y lo acompaña de una alineación que parece confeccionada después de agitar violentamente una caja de muñecos Marvel: Arcángel, Bum Bum, Inferbezno y alguna que otra sorpresa que es mejor no destripar. Porque si algo tiene esta serie es la saludable costumbre de recordar que un buen misterio pierde bastante gracia cuando alguien te cuenta quién está debajo de la máscara.
La premisa tampoco se anda con demasiadas contemplaciones: Cable regresa del futuro con la memoria hecha unos zorros y descubre que la primera presidenta mutante de Estados Unidos va a ser asesinada. Como Nathan Summers tiene la mala costumbre de considerar cualquier catástrofe temporal como una invitación personal, decide impedirlo. Para ello reúne a varios mutantes cuyos nombres aparecen misteriosamente en su brazo. Porque cuando el universo se está yendo al carajo, siempre es tranquilizador comprobar que alguien ha hecho una lista. El asunto tiene además una peculiaridad bastante divertida: uno de los miembros del nuevo X-Force será, en el futuro, el asesino de la presidenta. Así que Cable debe localizar al culpable mientras trabaja con él. Es una de esas ideas que hacen que uno se pregunte si Nathan ha aprendido algo después de tantos viajes temporales. La respuesta, naturalmente, es que no. Pero tampoco se lo vamos a exigir a estas alturas.

Tim Seeley construye la historia alrededor de una estructura bastante sencilla: misión, sospechoso, nueva misión, más sospechas y una cantidad razonable de violencia. Lo interesante es que el guionista consigue que la fórmula no resulte completamente mecánica gracias a las relaciones entre los personajes. El grupo tiene esa maravillosa sensación de equipo que probablemente funcionaría mucho mejor sobre el papel que en una reunión de verdad. Cable ejerce de Cable, faltaría más. Militar, taciturno, obsesionado con evitar futuros horribles y con una capacidad aparentemente ilimitada para complicar cualquier situación que podría haberse resuelto con una conversación. Bum Bum funciona como contrapunto perfecto. Tabitha aporta desparpajo, mala leche y ese punto de veterana que permite conectar la formación actual con la historia clásica de X-Force. La relación entre ambos resulta especialmente divertida porque Seeley sabe que no necesita reinventarlos: basta con ponerlos juntos y dejar que salten las chispas.
Arcángel es probablemente el personaje que menos partido recibe en estos tres números. Está ahí, luce sus alas metálicas y recuerda que Warren Worthington III lleva décadas acumulando traumas como quien colecciona cromos. Inferbezno, en cambio, aporta una de las mayores extravagancias de la colección. Daken convertido en una suerte de Lobezno infernal tiene exactamente el nivel de absurdo que uno espera de Marvel cuando decide meter demonios en una franquicia mutante.

X-Force no pretende ser una colección de mutantes reunidos alrededor de una mesa para debatir sobre la diplomacia internacional. Es una fuerza de choque. Entran, revientan cosas, reciben golpes, descubren una conspiración y vuelven a entrar. Es un planteamiento bastante clásico, pero Seeley entiende que la gracia está en el reparto. Si vas a contar otra historia de Cable intentando impedir otro futuro apocalíptico, al menos procura que el camino esté lleno de personajes capaces de entretener al personal. Y ahí aparece una de las principales virtudes del tomo: el guion sabe apoyarse en la historia de Marvel sin convertirse completamente en un examen de oposiciones para mutantes. Hay referencias, antiguos personajes, organizaciones, villanos y conceptos que probablemente harán sonreír al lector veterano. También hay suficiente información para que quien no tenga almacenada en la cabeza la genealogía completa de los Summers pueda seguir adelante sin llamar a un amigo para preguntarle quién demonios era aquel señor de los noventa.
El segundo número es especialmente importante porque introduce un giro que cambia la percepción de lo que está haciendo Cable. No hace falta destriparlo aquí (la gracia está precisamente en descubrirlo), pero sí se puede decir que Seeley encuentra una manera bastante eficaz de complicar la misión. De repente, el equipo no está únicamente persiguiendo a un futuro asesino: hay algo más detrás de la manera en la que Cable ha elegido a sus compañeros. Y eso es importante porque convierte lo que podría haber sido otra excursión nostálgica por los años noventa en una serie con algo más de intención. La nostalgia está ahí, por supuesto. Se ve, se huele y prácticamente se puede comprar con bolsa de plástico. Pero no es lo único que sostiene el invento.

El tercer número demuestra además que Seeley no quiere limitarse a hacer de Cable el protagonista permanente. Esta vez el foco se desplaza hacia Bum Bum y su pasado, recuperando su relación con Nextwave y obligándola a enfrentarse a una etapa de su vida que preferiría mantener convenientemente enterrada. Es un movimiento inteligente porque Tabitha corre el riesgo de convertirse en la típica compañera graciosa que lanza explosiones y chistes mientras el protagonista masculino se pone trascendental. Aquí obtiene algo más de profundidad. Y, contra todo pronóstico, funciona bastante bien. Seeley consigue introducir información sobre el pasado de Bum Bum sin que aquello parezca una clase magistral de continuidad Marvel. La colección demuestra que detrás de los golpes y las explosiones hay personajes con algo más que hacer que posar dramáticamente mientras Cable mira al horizonte.
También conviene hablar de Michael Sta. Maria, porque su dibujo es una de las grandes sorpresas del tomo. Su estilo tiene una contundencia que encaja especialmente bien con la propuesta. Cable parece una pared con problemas, las escenas de acción tienen fuerza y los personajes poseen una expresividad que ayuda mucho a que las interacciones funcionen. Pero donde realmente destaca Sta. Maria es cuando la serie se vuelve más disparatada. Puede pasar de la acción al humor y de ahí al horror corporal sin que el cambio parezca una avería del cómic. En el tercer episodio aparecen diseños y criaturas que parecen salidos de una reunión creativa en la que alguien decidió que ya daba igual todo. Y el dibujante entra al trapo con entusiasmo. Hay monstruos, transformaciones, situaciones grotescas y elementos bastante macarras que permiten comprobar que Sta. Maria no necesita limitarse a dibujar tipos musculosos pegándose puñetazos. Cuando la historia se pone fea, el dibujo también. Cuando toca hacer el imbécil, también. Y eso beneficia mucho a una serie que necesita moverse constantemente entre distintos registros. El color de Romulo Fajardo Jr. acompaña bien esa mezcla consiguiendo que el cómic tenga una identidad visual bastante definida.

Eso nos lleva a la cuestión fundamental: ¿qué demonios aporta otra X-Force? Pues, estrictamente hablando, tampoco es que Tim Seeley haya descubierto una nueva forma de contar historias de los mutantes. Tenemos a Cable, tenemos un futuro catastrófico, tenemos gente X, tenemos conspiraciones, tenemos violencia y tenemos una misión imposible. Si se abre una puerta temporal y dentro aparece una versión alternativa de Nathan Summers diciendo que hay que impedir otra tragedia futura, nadie debería sorprenderse demasiado. Pero la colección tiene una virtud bastante importante: es entretenida. No intenta fingir que está reinventando los mutantes para cambiar la historia del medio. Tampoco necesita hacerlo. Su objetivo parece mucho más modesto y, en este caso, bastante más efectivo. Montar un equipo raro, ponerlo en situaciones todavía más raras y ver qué sucede. Quizá el mayor mérito de esta X-Force sea precisamente que no intenta justificar demasiado su existencia. Cable vuelve del futuro, junta a un grupo de mutantes sospechosos, uno de ellos podría matar a la futura presidenta, aparecen demonios, monstruos, antiguos conocidos y secretos que sería mejor no contar en voz alta. Y mientras tanto, Nathan sigue intentando arreglar el futuro, esa afición suya que debe de estar ya reconocida oficialmente como trastorno laboral. No será la última palabra sobre X-Force. Probablemente tampoco será la penúltima. Pero mientras dure, al menos parece que estos malditos van a pasárselo bastante bien haciendo el trabajo sucio. Y nosotros, que somos gente sencilla, también.
