Si uno piensa que trabajar para una compañía petrolífera consiste básicamente en sentarse en un despacho, mirar unos gráficos y cobrar a fin de mes, es que no conoce a «Buz Sawyer». El hombre trabaja para Frontier Oil, sí, pero su puesto parece consistir en ser el comodín universal de la empresa: si hay una emergencia, mandan a Buz; si hay una misión peligrosa, mandan a Buz; si hay que atravesar medio planeta cargado de insecticida porque una plaga de langostas está arruinando Irán, efectivamente, mandan a Buz. El capitalismo necesita héroes y Buz parece ser el único empleado disponible.

Dolmen Editorial continúa recuperando las aventuras clásicas de Buz Sawyer en este volumen correspondiente entre 1952 y 1953, y lo hace poniendo de nuevo sobre la mesa una de esas tiras de prensa que explican perfectamente por qué el cómic de aventuras fue durante décadas una maquinaria extraordinariamente eficaz. Aquí no hace falta montar una trama endiabladamente complicada ni convertir cada página en una tesis doctoral sobre la condición humana. Basta con coger a un protagonista competente, ponerlo en un lugar exótico, darle un problema aparentemente imposible y empezar a añadir dificultades hasta que el lector se pregunte cómo demonios piensa salir de esta. Y Roy Crane sabía hacerlo con una soltura envidiable.
En esta ocasión, Buz recibe el encargo de viajar hasta Irán para enfrentarse a una plaga de langostas. Sí, langostas. Millones de ellas. Una auténtica pesadilla para cualquiera que tenga la desgracia de contemplar un cielo convertido en una gigantesca nube de insectos. La solución pasa por transportar toneladas de insecticida y organizar una expedición capaz de combatir la plaga. Un trabajo sucio, complicado y potencialmente peligroso que, por algún motivo, parece encajar perfectamente en la descripción del puesto de trabajo de nuestro protagonista. Lo más divertido es que Buz tampoco parece tener demasiado margen para protestar. Otros personajes pueden sorprenderse ante la magnitud del problema, preocuparse por el viaje o preguntarse si aquello no podría resolverlo alguien que viva un poco más cerca. Buz, en cambio, tiene esa mezcla de profesionalidad, resignación y capacidad para meterse en problemas que convierte cualquier destino laboral en una aventura internacional. Hoy langostas en Irán; mañana ya veremos qué desgracia geopolítica, militar o aeronáutica le espera.

Ahí reside buena parte del encanto de Buz Sawyer. Roy Crane entiende la aventura como una sucesión casi inagotable de contratiempos. El protagonista no necesita buscar el peligro porque el peligro parece tener una agenda y sabe perfectamente dónde encontrarlo. Una vez que Buz llega a Irán, descubre rápidamente que los insectos son, en efecto, el menor de sus problemas. Porque claro, si una expedición internacional para fumigar langostas pudiera desarrollarse con normalidad, probablemente no estaríamos leyendo una tira de aventuras. Crane convierte así el viaje en una especie de carrera de obstáculos. El protagonista tiene que enfrentarse a amenazas, imprevistos y personajes cuyas intenciones no siempre son precisamente transparentes. Lo que sobre el papel podría parecer una historia bastante peculiar acaba funcionando como un relato de aventuras de toda la vida, con su dosis de tensión, acción y exotismo. Y eso es precisamente lo que Crane sabía hacer tan bien. Coger una premisa que podría sonar absurda y conseguir que, unas pocas viñetas después, estemos completamente metidos en ella.
Además, resulta interesante contemplar cómo estas historias combinan el mundo cotidiano con una visión del planeta propia de la aventura clásica. Buz puede estar preocupado por asuntos personales y, unas páginas después, encontrarse en mitad de una situación que implica viajes internacionales, expediciones, peligros naturales y amenazas humanas. La vida moderna, según Crane, parece tener una curiosa tendencia a complicarse bastante más de lo recomendable. El contraste con Christie resulta especialmente simpático. Ella representa ese pequeño reducto de normalidad al que Buz podría aferrarse si el universo le concediera cinco minutos de tranquilidad. Pero no. Buz pertenece a esa estirpe de héroes que aparentemente tienen prohibido disfrutar de unas vacaciones. Cuando por fin parece que puede descansar, aparece una llamada, un encargo o una emergencia que lo manda al otro extremo del mundo. Uno empieza a sospechar que Christie no necesita un novio: necesita un abogado.

Roy Crane es, naturalmente, el gran responsable de que todo esto funcione. Y conviene recordar que en estas primeras décadas de la tira de prensa el autor no se limitaba a escribir los guiones. Crane se ocupaba también del dibujo, construyendo un lenguaje visual especialmente apropiado para la aventura. Sus páginas tienen dinamismo, claridad y una notable capacidad para convertir los escenarios en parte fundamental de la historia. El dibujo no está ahí simplemente para ilustrar lo que dice el texto. Crane sabe cuándo abrir el plano, cuándo concentrarse en los personajes y cuándo dejar que una escena espectacular ocupe el espacio necesario. Hay una sensación de movimiento constante y una voluntad evidente de que el lector entienda perfectamente qué está sucediendo. Algo que parece sencillo hasta que uno intenta recordar cuántos cómics de acción modernos necesitan tres páginas y una flecha roja para explicar que un personaje acaba de saltar de un coche.
Su representación de los escenarios también aporta mucho al conjunto. Irán aparece como un territorio de aventura, lejano y fascinante para el lector estadounidense de la época, y Crane aprovecha esa distancia cultural y geográfica para ampliar las posibilidades del relato. No estamos simplemente cambiando de escenario. Estamos llevando a Buz a un mundo diferente, donde las reglas de su aventura cotidiana pueden cambiar en cualquier momento. Y precisamente ahí aparece una de las características más interesantes de leer Buz Sawyer hoy: el inevitable choque entre su época y nuestra mirada contemporánea. Hay una visión del mundo propia de la aventura clásica, con una forma de representar determinados países y culturas que pertenece claramente al contexto histórico en el que se publicaron estas tiras. No tiene demasiado sentido leerlas como si hubieran sido creadas ayer. Su valor está también en contemplar cómo imaginaba el mundo el cómic popular de mediados del siglo XX y cómo utilizaba lugares remotos como escenarios para alimentar la fantasía aventurera. Pero si uno acepta esas coordenadas históricas, la lectura resulta francamente entretenida.

Crane tiene un sentido del ritmo formidable y sabe terminar una secuencia cuando todavía queremos saber qué demonios va a ocurrir después. Esa estructura de tira diaria obliga a mantener el interés constantemente y explica por qué estas aventuras podían convertirse en una auténtica rutina para sus lectores. Un día lees una entrega y piensas que Buz ya ha tenido suficiente. Al día siguiente descubres que no, que todavía puede complicarse más. Y eso es lo maravilloso. Buz Sawyer nunca parece haber aprendido la lección. O quizá la ha aprendido demasiado bien. Sabe que, si suena el teléfono, probablemente no sea para comunicarle que le han concedido una semana de vacaciones pagadas.
«Buz Sawyer 1952-1953» ofrece, una nueva oportunidad para disfrutar del talento de Roy Crane y de una concepción de la aventura que hoy puede resultar ingenua en algunos aspectos, pero que conserva una extraordinaria capacidad de entretenimiento. Hay acción, viajes, peligros, situaciones extravagantes y un protagonista que afronta cada nuevo problema con esa mezcla de profesionalidad y resignación de quien ya sabe que protestar no sirve absolutamente para nada. Porque Buz Sawyer no parece vivir aventuras. Buz Sawyer parece tener el peor departamento de recursos humanos del mundo. Y mientras nosotros disfrutamos de sus desgracias desde el sofá, él seguirá cruzando océanos, enfrentándose a plagas, desbaratando planes y poniendo su pellejo al servicio de Frontier Oil. Todo por el bien de la empresa. Qué bonito. Qué edificante. Qué ganas de pedir inmediatamente una baja. Por suerte para nosotros, Crane convirtió semejante condena laboral en una estupenda serie de aventuras.
