Pensar en la muerte es una de esas aficiones que la vida suele reservarnos para cuando ya no tenemos demasiadas cosas pendientes. De jóvenes uno piensa en viajar, enamorarse, cambiar de trabajo, hacerse rico o, en el peor de los casos, ir a ver un partido de futbol o un concierto de reguetón. Después llegan los hijos, las hipotecas, las facturas y esa extraña sensación de que el tiempo ha pasado mientras estábamos ocupados intentando llegar a fin de mes. Y un buen día uno descubre que sus amigos empiezan a desaparecer, que el teléfono suena menos y que la muerte ha dejado de ser una abstracción para convertirse en una presencia más o menos habitual. En ese territorio incómodo se mueve «Ya no llama nadie», el cómic de Elizabeth Casillas y Blanca Vázquez publicado por Astiberri, una obra que habla de la vejez y del final de la vida sin necesidad de convertir cada viñeta en un funeral.

Mariona tiene ochenta y siete años y una vida aparentemente sencilla. Cuida de su jardín, discute con Vicente, su marido, lo necesario para mantener viva la relación y recibe a sus familiares los fines de semana. Podría parecer que a esas alturas de la existencia ya está todo decidido, que queda poco por descubrir y que las sorpresas pertenecen a las generaciones más jóvenes. Pero la vida tiene la desagradable costumbre de no respetar nuestros planes. Mariona comienza a sentir algo que remueve su interior y que no sabe muy bien cómo expresar. Las palabras se le acumulan en la garganta mientras, paradójicamente, ella se vuelve cada vez más invisible para quienes la rodean. Y ahí está una de las grandes virtudes del cómic. Entender que hacerse mayor no significa únicamente acercarse a la muerte. También significa experimentar cómo los demás empiezan a mirarte de otra manera. La persona sigue siendo la misma, con sus recuerdos, sus deseos, sus manías y sus pequeñas contradicciones, pero para el resto comienza a convertirse en «la abuela«, «la madre«, «la señora mayor«. Una especie de personaje secundario en su propia historia. Y pocas cosas deben resultar más desconcertantes que descubrir que todavía tienes mucho que decir cuando los demás ya han decidido que no merece demasiado la pena escucharte.
Casillas construye el relato alrededor de esa necesidad de hablar. Mariona quiere aprovechar una de esas comidas familiares para explicar qué desea cuando llegue el momento de marcharse. Parece sencillo. Después de todo, si somos capaces de organizar una boda con meses de antelación, elegir un restaurante para doce personas o discutir durante cuarenta minutos sobre dónde pasar las vacaciones, debería ser posible hablar de qué queremos que hagan con nuestras cenizas. Pero la muerte continúa siendo ese invitado incómodo al que nadie quiere sentar a la mesa. Mejor hablar del tiempo, de la comida o del vecino. Cualquier cosa antes que reconocer que algún día nosotros tampoco estaremos.

Cada vez que pasas unas páginas surgen muchas preguntas como: ¿Qué queda de una persona cuando desaparece? ¿Son los recuerdos de los demás una forma de supervivencia? ¿Somos aquello que hemos vivido o aquello que los demás recuerdan de nosotros? Y, sobre todo, ¿qué clase de legado puede dejar alguien que no ha sido emperador, científico, artista famoso ni dueño de una fortuna obscena? Mariona no parece tener intención de dejar una estatua en una plaza. Le preocupa algo mucho más pequeño y, precisamente por eso, mucho más humano: quién cuidará de su jardín. Ese detalle resume estupendamente el espíritu del cómic. El legado no siempre consiste en grandes obras. A veces es un jardín, una receta, una costumbre, una fotografía, una frase que repetía nuestro abuelo o la manera concreta de preparar unas lentejas. La historia de una persona puede quedar escondida en cosas que, mientras estamos vivos, parecen insignificantes. Después descubrimos que eran precisamente esas pequeñas cosas las que componían nuestra existencia. Quizá la inmortalidad consista en eso.
En el aspecto gráfico, Blanca Vázquez hace un dibujo perfecto el tono de la historia. Su trabajo apuesta por la intimidad y por una expresividad contenida, alejándose de cualquier grandilocuencia visual. Los personajes y los espacios cotidianos adquieren importancia porque el cómic entiende que la vida se desarrolla precisamente ahí. En una casa, alrededor de una mesa, entre plantas, conversaciones y silencios. No hacen falta escenarios espectaculares cuando el verdadero viaje que propone la historia ocurre dentro de la cabeza de Mariona. Y resulta especialmente interesante cómo el dibujo contribuye a transmitir esa sensación de desaparición. Mariona no desaparece físicamente, pero sí existe una especie de borrado progresivo de su presencia. Es como si el mundo empezara a bajar el volumen de su voz. Esa idea, trasladada a las viñetas, resulta mucho más poderosa que cualquier discurso explícito sobre la soledad. Porque una de las formas más dolorosas de la soledad no consiste necesariamente en estar solo, sino en estar acompañado y sentir que nadie termina de verte.

En ese sentido, estas viñetas hablan también de la comunicación. De todo aquello que no decimos porque creemos que todavía habrá tiempo. Y probablemente esa sea una de las grandes trampas de la existencia. Vivir como si dispusiéramos de una cantidad ilimitada de mañanas. Dejamos conversaciones para otro día, visitas para el fin de semana, preguntas para cuando haya ocasión. Hasta que un día descubrimos que la ocasión se ha marchado sin avisar.
El título adquiere entonces un significado especialmente melancólico. Este tebeo no habla únicamente de que las amistades de Mariona hayan desaparecido. Habla de una vida que poco a poco va quedándose en silencio. El teléfono deja de sonar, las visitas disminuyen, los conocidos desaparecen y las conversaciones se hacen más pequeñas. Pero también existe otra lectura: quizá «ya no llama nadie» sea una pregunta sobre quién nos llamará cuando nosotros ya no estemos. ¿Quién recordará nuestro nombre? ¿Quién pensará en nosotros al pasar por una calle? ¿Quién echará de menos nuestras manías?

Afortunadamente Casillas y Vázquez no ofrecen respuestas fáciles. Porque seguramente no existen. Lo que hacen es algo más interesante. Colocar al lector frente a esas preguntas y dejar que cada cual las responda desde su propia experiencia. Todos hemos tenido abuelos, padres, familiares o amigos que han envejecido. Todos hemos visto cómo una persona va dejando de hacer determinadas cosas, cómo cambia su cuerpo, cómo desaparecen sus conocidos y cómo el mundo que conocía se transforma poco a poco en otro. Por eso el cómic termina hablando menos de la muerte que de la manera en que queremos vivir antes de que llegue. Mariona no necesita una aventura extraordinaria. Quiere seguir cuidando su jardín, discutir con Vicente y sentarse a comer con su familia. Y quizá ahí esté la verdadera reflexión de la obra. No necesitamos una vida extraordinaria para que nuestra existencia tenga sentido. La dignidad de una vida no depende de su espectacularidad, sino de aquello que hemos querido, cuidado y compartido.
«Ya no llama nadie» es una obra sobre la despedida que en realidad habla de la permanencia. Sobre cómo desaparecemos y, al mismo tiempo, permanecemos en los demás. Sobre los recuerdos, los afectos y esos pequeños rastros que dejamos sin darnos cuenta. Un cómic delicado y honesto que consigue hablar de la muerte sin que la muerte se convierta en protagonista absoluta. Porque quizá morir sea inevitable, pero conseguir que alguien recuerde cómo cuidabas tu casa, como colocabas los tebeos en la estantería, la forma en que te reías o aquella discusión absurda sobre si eras más de Marvel que de DC que tuvisteis durante veinte años es una manera bastante digna de hacerle una pequeña trampa al olvido. Y si después de leerlo uno empieza a pensar seriamente en qué dejará cuando se marche, tampoco hace falta ponerse dramático. Siempre podemos aspirar a algo modesto. Que alguien se quede nuestra colección de tebeos, recuerde alguna de nuestras tonterías y, de vez en cuando, diga aquello de «mira que era pesado«. Si consigues eso, quizá tampoco hayas vivido tan mal.
