Tony Stark tiene un problema. Bueno, en realidad tiene unos cuantos: alcohol, ego, relaciones sentimentales cuestionables, enemigos con doctorados en psicopatía, una preocupante tendencia a meterse en lugares donde cualquier persona sensata no entraría ni con un seguro de vida y, sobre todo, la manía de intentar solucionar absolutamente todo construyéndose una armadura. Lo normal en un multimillonario. Si además resulta que la muerte vuelve a llamar a su puerta, lo lógico es ponerse el traje, disparar unos cuantos rayos y esperar que el universo vuelva a cuadrar las cuentas. Con este panorama llega el primer tomito de Iron Man editado por Panini Comics y compuesto por los tres primeros números de la nueva etapa de Joshua Williamson y Carmen Carnero. Una combinación que, de momento, demuestra que al bueno de Tony todavía le queda bastante combustible en el reactor.

Williamson regresa a Marvel dispuesto a recordar algo que a veces parece que se nos olvida: Iron Man funciona estupendamente cuando es Iron Man. Es decir, cuando tenemos tecnología imposible, amenazas disparatadas, gente muy inteligente haciendo cosas extraordinariamente estúpidas y un Tony Stark que puede estar salvando el mundo mientras toma decisiones que harían suspirar incluso al asesor de terapia de pareja más optimista. La premisa es bastante sencilla. Madame Máscara se ha aliado con IMA y ha conseguido echarle el guante a un elemento del pasado de Stark que puede convertirse en un arma terrorífica. Y como cualquier villano con acceso a científicos secuestrados y recursos ilimitados, decide que lo mejor es experimentar con las mentes más brillantes del planeta. Porque contratar especialistas sale caro y secuestrarlos, aparentemente, es más eficiente.
Lo interesante es que Williamson no se limita a poner a Tony delante de un ejército de tipos con pistolas láser. La amenaza de Madame Máscara está conectada directamente con el pasado del personaje y, por tanto, con algunas de las heridas que Stark lleva arrastrando desde hace décadas. El guionista utiliza esa relación para recuperar una de las características más interesantes del personaje. Tony es brillante, pero también es un bocazas monumental. Puede descubrir un secreto capaz de cambiar el destino del mundo y, cinco minutos después, contárselo a alguien porque estaba demasiado ocupado intentando parecer el hombre más interesante de la habitación. Y Madame Máscara conoce perfectamente ese defecto. La relación entre ambos sigue siendo tan saludable como cabría esperar de dos personas que han pasado de intentar matarse a tener una relación sentimental y vuelta a empezar. El número dos incluso utiliza un flashback para recordarnos que cuando Tony Stark abre la boca delante de Madame Máscara conviene comprobar primero si hay cámaras, micrófonos, abogados o al menos un amigo responsable cerca. No los hay. Naturalmente.

El resultado es una historia bastante clásica, pero sin que eso sea necesariamente un defecto. Williamson parece tener claro que no necesita reinventar a Iron Man cada quince minutos. Hay una amenaza tecnológica, un misterio relacionado con el pasado, una villana que sabe perfectamente dónde tocarle las narices a Tony y suficiente acción para que nadie pueda acusar al cómic de haberse convertido en un seminario sobre inteligencia artificial. Y entre explosión y explosión hay espacio para algo todavía más importante: el propio Stark. Porque este Tony es un personaje bastante más interesante cuando se permite que aparezcan sus defectos. Está impulsivo, arrogante, imprudente y tiene una vida sentimental que parece gestionada por alguien que considera las malas decisiones una afición de riesgo. Hasta Capitán América empieza a mirarlo con esa expresión que uno reserva para el amigo que acaba de decir «tranquilo, yo sé lo que hago«. Y efectivamente, no sabe lo que hace.
Una de las virtudes de Williamson es precisamente esa capacidad para hacer que las diferentes facetas de la historia convivan sin estorbarse. Tenemos a Iron Man peleando, a Tony intentando mantener una vida personal medianamente normal, a Madame Máscara moviendo los hilos, a IMA haciendo de IMA y hasta a M.O.D.O.K. metido en el fregado. Y esto último siempre aporta una cierta dignidad al cómic, porque pocas cosas representan mejor la tradición de la «casa de las ideas» que un cabezón gigante con cuerpecillo de muñeco intentando sobrevivir agarrado a la pierna de Iron Man mientras todo explota a su alrededor.

Al dibujo entra Carmen Carnero, que se convierte en una de las grandes responsables de que este arranque funcione tan bien. Su dibujo entiende perfectamente que Iron Man necesita espectáculo, pero también que Tony Stark no puede ser simplemente un señor musculoso metido dentro de una lata de lujo. Carnero trabaja muy bien las expresiones y el lenguaje corporal, algo especialmente importante en las escenas en las que Stark está sin casco y no puede solucionar sus problemas disparando repulsores. Su Tony tiene carisma, pero también esa mezcla de chulería y vulnerabilidad que necesita el personaje. Puede entrar en una habitación como si fuera el dueño del mundo y salir de ella convertido en un tipo que acaba de descubrir que quizá ha vuelto a meter la pata. Y eso se transmite tanto en una batalla como en una conversación aparentemente trivial. Además, en muchos momentos recuerda a cierto actor de la serie Magnum P.I. El color de Nolan Woodard acompaña muy bien el trabajo de Carnero, especialmente en las escenas nocturnas y los ambientes más cargados de Madripur. La tecnología de Iron Man luce como debe, y la nueva armadura consigue algo bastante complicado. Parecer nueva sin dar la impresión de que Tony ha entrado en una tienda de juguetes y ha comprado la primera cosa brillante que encontró. El diseño mantiene ecos del Iron Man clásico y encaja bien con la idea de que esta etapa quiere mirar hacia atrás mientras continúa avanzando.
También funciona especialmente bien el contraste entre la espectacularidad de la armadura y los momentos cotidianos de Stark. El traje puede ser una maravilla tecnológica capaz de enfrentarse a ejércitos enteros, pero debajo sigue habiendo un tipo que puede tener una cita, meter la pata, comer una hamburguesa de aquella manera y preguntarse por qué demonios su vida vuelve a complicarse. En definitiva, la tecnología podrá evolucionar, pero Tony Stark sigue siendo Tony Stark. Una desgracia para él y una bendición para nosotros. Este primer volumen tiene además la virtud de no intentar explicarlo todo inmediatamente. Hay misterios que quedan abiertos, personajes que todavía están colocando sus piezas y una amenaza que va creciendo sin necesidad de enseñarnos el monstruo definitivo en la segunda página. Williamson deja suficientes cabos sueltos para que queramos continuar, pero sin convertir la lectura en un examen de oposición sobre continuidad. Y eso es probablemente lo mejor de este arranque.

A final, Joshua Williamson recupera al Tony Stark arrogante, brillante, impulsivo y ligeramente insoportable que todos conocemos, mientras Carmen Carnero le da una presencia estupenda tanto cuando se enfunda la armadura como cuando tiene que enfrentarse a los problemas con su propia cara. Y sí, quizá Tony debería plantearse seriamente empezar a tomar decisiones con un poco más de cabeza. Aunque, siendo sinceros, si lo hiciera nos quedaríamos sin la mitad de sus historias. Así que, si los siguientes números de Iron Man mantienen este nivel, quizá hasta podamos perdonarle que siga siendo incapaz de aprender de sus errores. Después de todo, lleva décadas intentándolo. Con muy poco éxito, pero intentándolo.
