DC Finest. Batman: Cielos rojos. Gotham cambió de color

Batman tiene una curiosa relación con las crisis existenciales. Las sufre él, las sufre Gotham y, de vez en cuando, las sufre también el lector que intenta averiguar con qué Tierra, continuidad, realidad, universo paralelo o señor con capa se ha despertado esa mañana. En 1985, además, DC decidió que ya era hora de poner un poco de orden en casa y montó Crisis en Tierras Infinitas, que venía a ser algo así como hacer limpieza general en el multiverso tirando a la basura todo aquello que ya no cabía en el armario. Batman sobrevivió, naturalmente. Pero el Batman que encontramos en «DC Finest. Batman: Cielos rojos» estaba a punto de despedirse. Y es una despedida bastante peculiar, porque este Batman todavía puede emocionarse, enamorarse, preocuparse por su pupilo, discutir sobre métodos policiales, tener relaciones sentimentales bastante complicadas y, sobre todo, protagonizar unos culebrones que harían sonrojarse a más de una telenovela de sobremesa. Es el Batman anterior a la gran sacudida de Frank Miller y David Mazzucchelli con su «año uno»m pero tampoco es ya aquel Hombre Murciélago de décadas anteriores. Está en tierra de nadie. O, mejor dicho, como diría la canción “Entre dos tierras” de Héroes del Silencio.

Panini Comics reúne en este volumen Batman #388-400, Secret, Batman Annual #10, Detective Comics #554-567 y Secret Origins #6 y, un total de 656 páginas a color en rústica con solapas, con traducción de Santiago García. Es un pedazo de tomo que permite contemplar casi en tiempo real cómo Batman va abandonando la Edad de Bronce mientras otros nuevos aires se acercan. El principal responsable de esta etapa es Doug Moench, y conviene reivindicarlo porque entre el Batman de Miller y todo lo que vino después a veces parece que el personaje nació de nuevo en 1986 y que antes se dedicaba exclusivamente a perseguir delincuentes disfrazados de electrodomésticos. Moench llevaba trabajando con Batman mucho antes y seguía humanizando al personaje. Pero lo interesante es que no pretende convertirlo todavía en una criatura torturada que desayuna trauma y cena trauma. Su Batman sigue siendo oscuro, pero también es humano. Quizá demasiado en algunos momentos. Aquí Bruce Wayne siente, duda, se enfada, se enamora y tiene una vida que parece escrita por alguien que ha descubierto que los superhéroes también pueden tener problemas sentimentales. Y no pocos. Hasta tiene un intento de relación con la hija de Alfred que ya es decir.

Una de las grandes tramas del volumen es precisamente el contacto entre Batman, Catwoman (con un estilo bastante diferente a la actual) y Nocturna, a la que habría que añadir a Jason Todd, que ejerce de adolescente problemático antes de que posteriores autores decidieran subir considerablemente el volumen de su carácter insoportable. Moench utiliza a sus personajes como auténticos motores de continuidad. Lo que importa no es únicamente el villano de turno, sino cómo se relacionan Bruce, Selina, Jason, Gordon, Bullock, o Julia Pennyworth. Y aquí aparece uno de los encantos de la etapa. Este Batman todavía tiene tiempo para vivir.

Jason Todd, por ejemplo, está muy lejos del personaje que terminaría siendo. Aquí todavía es un Robin en formación, impulsivo y con ganas de demostrar que sirve para algo. Su relación con Harvey Bullock resulta especialmente divertida. El detective es todavía ese tipo gordito, brusco y bastante poco diplomático que parece haber llegado a Gotham después de perder una apuesta. Pero el guionista lo utiliza estupendamente como contrapunto del chavalín. Entre ambos se establece una relación sin llegar a ser amigos, pero si vecinos bien encarados.

Después llega la historia que da título al volumen, los célebres Cielos rojos. Crisis en Tierras Infinitas está ocurriendo ahí fuera y Gotham no podía quedarse al margen, así que tenemos cielos de color sospechoso, desastres naturales, villanos fugándose y alguna que otra referencia obligatoria al caos general. Pero lo interesante es que Moench no convierte aquello en una simple excursión turística al crossover de turno. Utiliza el evento como telón de fondo mientras continúa con sus propias historias. Y entonces entra Nocturna. Natalia Knight es una pieza fundamental de esta etapa y el centro de un entramado sentimental que convierte la vida privada de Bruce Wayne en algo parecido a una reunión de antiguos alumnos especialmente mal organizada. Nocturna es excientífica, antigua villana, figura casi maternal para Jason y antigua amante de Bruce. Todo muy sencillo, como puede comprobar cualquiera que haya intentado explicar un árbol genealógico de Batman a alguien que no lea cómics.

A eso se suma una Catwoman acusada de unos crímenes que no ha cometido, Gordon intentando mantener la ley en pie, Bullock persiguiendo sospechosos, Jason buscando su lugar y Bruce intentando averiguar qué demonios siente por cada mujer que aparece en su vida. Es un melodrama. Sin complejos. Y funciona bastante mejor de lo que debería. Moench sabe manejar este enorme batiburrillo de relaciones y, aunque algunas situaciones pueden parecer excesivamente sentimentales, hay algo tremendamente atractivo en contemplar a un Batman que todavía puede tener una conversación al sin que la habitación termine en llamas.

También ayuda muchísimo los dibujantes que aquí participan. Gene Colan es una de las grandes razones para acercarse a este volumen. Su Batman parece nacido específicamente para vivir entre sombras. Los rostros tienen una expresividad magnífica y sus figuras poseen ese movimiento tan característico del dibujante. Colan convierte Gotham en un lugar donde las sombras parecen tener personalidad propia y donde cada viñeta puede esconder algo desagradable. Tom Mandrake, por su parte, todavía estaba desarrollando el estilo que acabaría convirtiéndolo en uno de los grandes nombres del cómic oscuro de los noventa. Aquí ya aparecen sus manchas negras, sus composiciones atrevidas y unas anatomías que en ocasiones parecen haber recibido instrucciones contradictorias sobre dónde colocar los huesos. Pero incluso cuando se pasa de frenada, su Batman tiene fuerza. Su trabajo encaja especialmente bien con el tono más pasional y exagerado de Moench. Y no están solos. El volumen permite disfrutar también de nombres como Marshall Rogers, Denys Cowan, Paul Gulacy, Steve Lightle, George Pérez, Paris Cullins, Bill Sienkiewicz, Arthur Adams, Tom Sutton, Steve Leialoha, Joe Kubert, Ken Steacy, Rick Leonardi, Brian Bolland, Alfredo Alcalá, Ricardo Villagrám, Karl Kesel, John Byrne o Klaus Janson. Es decir, una reunión de dibujantes que hoy provocaría que medio internet empezara a discutir sobre quién es mejor antes siquiera de abrir el tomo.

Especialmente destacable es el número el #400. Es el típico cómic que demuestra que en los ochenta todavía había gente en las editoriales capaz de mirar un presupuesto y decir: «Sí, pero ¿y si contratamos a todo el mundo?». Stephen King escribe la introducción y por las páginas interiores pasan auténticas estrellas: Byrne, Pérez, Sienkiewicz, Adams, Kubert, Bolland, Leonardi y compañía. La historia no necesita ser la obra maestra definitiva de Batman para funcionar. Su principal virtud está precisamente en la celebración. Toda la galería de villanos del personaje aparece en una gigantesca fiesta de cumpleaños con Ra’s al Ghul como maestro de ceremonias y Arkham convertido en una oficina de empleo para delincuentes disfrazados. Es un espectáculo. Y como cierre resulta especialmente apropiado Detective Comics #567, escrito por Harlan Ellison y dibujado por Gene Colan. Es una historia más sencilla e íntima, pero funciona como despedida de un Batman que está a punto de dejar atrás una manera de entender el personaje. Como punto final me gustaría mencionar la historia de Orígenes Secretos número seis realizada por Roy Thomas, Marshall Rogers y Terry Austin. En estas viñetas nos explican de manera escueta pero muy contundente el origen del personaje desde su punto de vista. Algo interesante de observar con el tiempo y la llegada de Miller que le daría otra vuelta a la historia.  

Esa es, al final, la verdadera gracia de este tomo. No estamos ante el Batman alucinará a medio mundo y volverá loco al otro medio, ni ante el Absolute Batman que tenemos en nuestros días, ni ante el personaje que paso a ser un Bat-conejo como en la etapa de Snyder. Este es un Batman intermedio. Un Batman que todavía cree en sus secundarios, que se preocupa por Jason, que discute con Green Arrow y Canario Negro sobre los límites de la ley, que se mete en thrillers de espionaje y que puede dedicar varias páginas a resolver sus problemas sentimentales. Y sí, algunas historias son más flojas. El volumen es irregular y determinados recursos narrativos han envejecido bastante peor que otros. Hay tramas demasiado ingenuas, soluciones algo convenientes y un melodrama sentimental que puede llegar a saturar. Pero también hay historias excelentes, personajes muy bien tratados y un sentido de continuidad que hace que todo parezca formar parte de una misma Gotham.

Este es el hombre murciélago antes de convertirse en el Batman que todos creemos conocer (el redefinido por Frank Miller tras las «Crisis») Y quizá precisamente por eso resulta tan divertida esta etapa. Moench estaba cerrando una etapa mientras el mundo del cómic se preparaba para cambiar radicalmente. Colan demostraba que seguía siendo capaz de hacer maravillas con el personaje. Mandrake enseñaba que allí había un artista dispuesto a crecer. Y Batman, mientras tanto, seguía teniendo problemas con las mujeres, con Robin, con los villanos, con la policía y con su propia incapacidad para tener una vida normal. Vamos, que todo estaba exactamente como debía estar. Solo que el cielo se había puesto rojo. Así que, si quieres conocer una etapa de lo mas entretenida y relacionarlo con el evento que cambió DC Comics para siempre, te recomiendo que te acerques a este tomo de «DC Finest. Batman. Cielos rojos»

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