Conan vuelve a repartir espadazos y, por fortuna, todavía no parece haber descubierto la productividad, ni ninguna de esas modernas técnicas destinadas a conseguir que uno afronte la vida con serenidad. Bastante tiene el pobre con sobrevivir a monstruos, dioses antiguos, mercenarios codiciosos y toda esa fauna que puebla su mundo. El decimosegundo número de «La Espada Salvaje de Conan» vuelve a demostrar que Titan Comics ha entendido algo bastante sencillo. Para mantener vivo a Robert E. Howard no hace falta disfrazarlo de otra cosa. Basta con contar buenas historias de espada y brujería, poner delante a personajes con malas pulgas y dejar que las cosas terminen, preferiblemente, con alguien ensartado.

El plato fuerte del volumen es «El corazón de la oscuridad», escrito por Chris Ryall y dibujado por Gabriel Rodríguez, una combinación que sobre el papel resulta bastante más curiosa de lo que podría parecer. Rodríguez es inevitablemente reconocible para muchos lectores por Locke & Key, pero aquí demuestra que su particular sensibilidad hacia el horror encaja como un guante (preferiblemente uno hecho de piel de algún bicho que Conan haya destripado) con la espada y brujería. Ryall, por su parte, construye una aventura que no pretende descubrir la pólvora, algo que probablemente agradecerá cualquier lector que se acerque a Conan buscando precisamente lo que promete el título.
La historia arranca con Conan sobreviviendo por los pelos a un enfrentamiento con una criatura surgida de las profundidades volcánicas. Para complicar todavía más la jornada, el bárbaro termina infectado por un mejunje de origen sobrenatural y necesita la ayuda de una anciana llamada Hanna. Como Conan todavía conserva esa curiosa costumbre de devolver los favores en lugar de limitarse a decir «gracias» y desaparecer por el horizonte, promete encontrar a las hijas de su salvadora y devolverlas a casa. Naturalmente, nada puede ser tan sencillo. Para conseguirlo tendrá que asociarse temporalmente con un grupo de buscadores de tesoros, es decir, con gente que tiene exactamente el tipo de brújula moral que uno esperaría de alguien dispuesto a meterse en unas ruinas malditas porque ha oído rumores sobre oro. La expedición desemboca rápidamente en templos, criaturas monstruosas, magia oscura y una diosa ancestral con muy malas intenciones. Lo habitual en la agenda de Conan, vamos.

Ryall sabe manejar bastante bien los ingredientes clásicos de la espada y brujería. Hay aventura, violencia, monstruos, misterio, codicia y una amenaza sobrenatural que va creciendo conforme los protagonistas se internan en las profundidades. Eso no significa que el guion sea perfecto. En determinados momentos los diálogos pecan de cierta artificialidad y algunos personajes parecen anunciar lo que están pensando en lugar de conversar como seres humanos. Es uno de esos pequeños problemas que hacen que determinadas escenas pierdan naturalidad justo cuando deberían ganar tensión. Por suerte, el conjunto funciona y la historia tiene suficiente músculo para que estos tropiezos no terminen convirtiéndose en una herida mortal.
Entonces aparece Gabriel Rodríguez para recordarnos que una historia de Conan también puede ser una historia de terror. Su dibujo funciona especialmente bien cuando la aventura abandona los caminos conocidos y se mete de lleno en las cavernas y ruinas subterráneas. Las criaturas tienen presencia, los escenarios transmiten amenaza y las arquitecturas parecen diseñadas por alguien que decidió que construir templos normales era demasiado aburrido. Rodríguez aporta además una sensibilidad muy cercana al horror que hace que la aventura gane personalidad. Hay ecos que pueden recordar al terror gótico, a determinadas fantasías oscuras contemporáneas e incluso a esos videojuegos en los que entrar en una habitación demasiado silenciosa suele significar que en treinta segundos vas a descubrir una criatura con diecisiete brazos. Quizá en algunas páginas se eche en falta mayor profundidad en las sombras y una composición más contundente, pero cuando el dibujante se mete en las entrañas de este mundo consigue imágenes realmente poderosas.

Cuando uno ya está cómodamente instalado pensando que esto va a ser otra estupenda aventura de Conan, el volumen decide sacar a pasear a Bran Mak Morn. Porque aparentemente un solo bárbaro repartiendo espadazos no era suficiente. Fabian Nicieza firma «El precipicio», un relato en prosa protagonizado por el rey de los pictos. La premisa es tan sencilla como eficaz. Bran Mak Morn persigue a un mensajero romano y el enfrentamiento termina con ambos suspendidos al borde de un precipicio. Sí, exactamente el tipo de situación en la que cualquier persona sensata intentaría no encontrarse jamás. Ellos, en cambio, aprovechan el momento para enfrentarse verbalmente mientras la naturaleza se empeña en matarlos. Nicieza consigue condensar en muy pocas páginas una historia de supervivencia, enfrentamiento y determinación que encaja bastante bien con el espíritu de Howard. Bran no es Conan, y tampoco pretende serlo. Su historia tiene una personalidad diferente, más contenida y amarga, pero precisamente por eso funciona como contrapunto. Además, el desenlace introduce un giro que aporta una dosis considerable de tragedia. Porque si algo sabía hacer Howard era recordarnos que sobrevivir no implica necesariamente que las cosas vayan a acabar bien.
El tercer relato recupera a otro de los personajes de Howard que merecen mucha más atención: El Borak. Patrick Zircher escribe «La Maldición del becerro de oro», una pequeña historia que mezcla aventura, western y misticismo oriental con una soltura bastante notable. Francis Xavier Gordon, conocido como El Borak, está huyendo de una tribu después de haber matado a su jefe durante una disputa relacionada con una mujer. Porque, de nuevo, estamos en el universo de Robert E. Howard y las discusiones civilizadas tienen una duración aproximada de siete segundos. Zircher aprovecha muy bien el reducido espacio para construir una narración directa, pero es su combinación con Mirko Colak la que termina convirtiendo estas páginas en una de las peculiaridades del tomo. Colak apuesta por un blanco y negro contundente, lleno de masas de negro, contrastes y composiciones que transmiten una sensación de amenaza constante. Su dibujo se aleja bastante de la apariencia más convencional del cómic de superhéroes estadounidense y se acerca a una tradición gráfica mucho más europea. Aquí el blanco y negro no está para darle prestigio al asunto ni para que el editor pueda decir que también publica «cosas de autor». Es una herramienta muy eficaz.

Editada por Panini Comics en España y con traducción de Joan Josep Mussarra, esta entrega se completa con ilustraciones, pin-ups y la sección «Relatos Salvajes», firmada por Fran Calderón, además del trabajo de autores como Ivan Gil y Tom Raney. Todo ello contribuye a conservar esa sensación de revista que siempre ha formado parte del ADN de La Espada Salvaje de Conan. Porque una cabecera así necesita algo más que una historia principal. Necesita tener la sensación de que uno ha abierto una revista de aventuras y se ha metido dentro.
Quizá esta duodécima entrega de «La Espada Salvaje de Conan» no sea perfecta, y la aventura principal tiene algunos altibajos tanto en ciertos momentos. Pero la suma de sus partes resulta francamente satisfactoria. Chris Ryall y Gabriel Rodríguez entregan una aventura de Conan con monstruos, magia y mazmorras; Fabian Nicieza recupera a Bran Mak Morn con una historia breve pero contundente; y Patrick Zircher y Mirko Colak se marcan con El Borak uno de los relatos más interesantes del volumen. Al final, lo mejor de esta nueva etapa es que Conan sigue siendo Conan y que además nuevos lectores conocen personajes menos reconocidos de Howard. Mientras sigan con este nivel todos los relatos que salgan de estas páginas tendremos, como mínimo, más tiempo para pasar con nuestro querido cimerio.
