Jaadugar: una bruja en Mongolia 3. El conocimiento de la alquimia

En Mongolia tienen un problema muy serio: Fátima. Y eso que la pobre empezó la historia como esclava persa, que ya es una manera bastante poco recomendable de comenzar una vida. Pero en lugar de limitarse a intentar sobrevivir, que sería lo normal y lo sensato, la muchacha ha decidido meterse en política. Y cualquiera que conozca mínimamente la historia sabe que entrar en política dentro del Imperio mongol es como meterse en una jaula llena de tigres llevando un filete colgado del cuello. Tarde o temprano alguien acaba cenando.

Este tercer tomo de «Jaadugar: una bruja en Mongolia», publicado por Panini Manga y obra de Tomato Soup, demuestra que los dos tomos anteriores no eran más que el calentamiento. Aquí ya tenemos a Genghis Khan muerto, a sus hijos peleándose por el poder, esposas imperiales moviendo fichas, espías, guerras, venganzas y suficiente intriga palaciega como para que cualquier familia normal termine llamando a un terapeuta. Y eso que aquí ni siquiera parece existir el concepto de terapia familiar.

Fátima continúa con su particular plan, aunque a estas alturas la chica ha evolucionado bastante. Al principio quería vengarse de quienes destruyeron su vida. Ahora empieza a sospechar que quizá el problema sea algo más grande. Y teniendo en cuenta el tamaño del Imperio mongol, no parece precisamente un objetivo para un fin de semana. Aquí se arranca con la muerte de Genghis Khan y el reparto del pastel entre sus hijos. Un momento estupendo para recordar que los problemas familiares pueden solucionarse hablando. O asesinándose. En la familia de Fatian Qiyun Shengwu parece que la segunda opción tiene bastante más tradición. Bueno y en cualquier familia que tenga poder y dinero (que se lo digan al señor de Mango).

Fátima recibe la misión de infiltrarse como espía en la corte de Chagatai, pero el plan dura aproximadamente lo que tarda un villano de James Bond en explicar su estrategia antes de que todo explote. La capturan por el camino y termina delante de Doregene, esposa de Ogedei, el nuevo gran kan. Lo mejor del manga es que Fátima no necesita convertirse en una superheroína para resultar peligrosa. No tiene que repartir espadazos, derribar soldados ni aprender artes marciales en tres páginas. Le basta con pensar. Y eso, dentro de una corte en la que todo el mundo quiere poder, puede ser muchísimo más peligroso que llevar una espada. Porque aquí una conversación puede ser una batalla. Una mirada puede ser una amenaza. Un matrimonio puede ser un tratado internacional. Y una esposa del kan puede tener más poder político que un ejército entero. Vamos, que lo de «¿quién manda aquí?» tiene una respuesta bastante complicada.

La protagonista empieza a moverse cada vez más cerca del centro del poder. Primero consigue una posición, después otra, luego el favor de Boraqchin y finalmente la atención del propio gran kan. Fátima está ascendiendo socialmente con una rapidez que haría llorar de emoción a cualquier experto en meritocracia. Eso sí, conviene recordar que su currículum incluye espionaje, supervivencia, manipulación política y una venganza pendiente contra medio continente. Boraqchin, además, adquiere un protagonismo enorme. Y aquí Tomato Soup vuelve a demostrar que sabe cocinar sus personajes a fuego lento. Lo que podía parecer una figura secundaria termina convirtiéndose en una pieza fundamental del tablero. Nada aparece porque sí. Las relaciones que se han ido construyendo en los tomos anteriores empiezan a dar sus frutos y, por supuesto, algunos de esos frutos vienen con veneno.

Toda la serie está construida alrededor de la idea de ajustar cuentas y resulta que cuando algunos de los responsables desaparecen, la satisfacción no llega. Es como ahorrar durante veinte años para comprarte un Ferrari y descubrir que después de conducirlo cinco minutos sigues teniendo problemas para comprar una hamburguesa. La venganza no cura nada. Y Fátima empieza a comprender que el enemigo verdadero no tiene nombre y apellidos. Es el sistema que permitió que todo aquello sucediera. Lo interesante es que, para combatir ese sistema, Fátima tiene que aprender a desenvolverse dentro de él. Es decir, para destruir el monstruo primero tiene que convertirse en una experta en su funcionamiento. Una idea bastante peligrosa. Porque cuanto más poder adquiere, más difícil resulta distinguir si Fátima está infiltrándose en el imperio o si el imperio está infiltrándose en Fátima. Y esa es precisamente una de las grandes bazas de este tercer tomo. La protagonista ya no es solamente una víctima que intenta sobrevivir. Ahora es una jugadora. Y una jugadora que empieza a entender las reglas mejor que muchos de los que nacieron dentro del palacio.

Tomato Soup mantiene además un dibujo aparentemente delicado, limpio y hasta adorable para contar semejante colección de desgracias. Es una de esas maravillosas contradicciones que hacen que el manga funcione tan bien. Personajes de aspecto amable dedicándose a conspirar, traicionar, manipular y decidir el destino de personas como quien decide qué pedir para cenar. Visualmente todo parece demasiado bonito para el nivel de barbaridades que se están cocinando. Y eso tiene muchísimo encanto. El vestuario, las diferentes cortes, los espacios y la ambientación histórica siguen teniendo un peso enorme. La documentación está al servicio de la historia, no al revés. No hace falta que cada personaje aparezca señalando un mapa para recordarnos dónde estamos.

El ritmo también mejora considerablemente. El primer tomo necesitaba presentar el mundo y el segundo colocar las piezas. Aquí ya podemos recoger las palomitas porque empieza el espectáculo. Las alianzas cambian, los personajes ganan posiciones, otros las pierden y cada movimiento parece diseñado para provocar el siguiente desastre. Y uno ya sabe que cuando un capítulo termina con todo aparentemente tranquilo, lo sensato es sospechar. Mucho. Porque en este manga la tranquilidad no significa que no pase nada. Significa que alguien está pensando. Y normalmente alguien está pensando algo terrible. Además, en este tomo vemos como desarrollan el concepto de la Alquimia. Desde la perfectiva actual podrían considerarse muy peligrosas, pero en su momento resultaban imprescindibles para muchos curanderos que conseguían mantener la cabeza en su sitio si salvaban la vida a su amo.

Panini publica este tercer volumen en formato tankobon, con 176 páginas traducidas por Nuria Cimas Pita y una edición que mantiene la línea de los anteriores. Una buena noticia para quienes han llegado hasta aquí y ya tienen asumido que esta historia va a conseguir que memoricen nombres de esposas, hijos y sucesores mongoles con más facilidad que los cumpleaños de algunos familiares.

Al final, este tercer tomo de «Jaadugar: una bruja en Mongolia» es el momento en que Tomato Soup deja de jugar a presentarnos el tablero y empieza a lanzar las piezas por los aires. Fátima se acerca cada vez más al poder, las relaciones dentro de la familia imperial se complican y la venganza empieza a adquirir dimensiones bastante menos manejables. Y todo esto mientras el lector contempla el panorama pensando que quizá lo mejor sería que Fátima se comprara una casita en el campo, plantara unas zanahorias y se olvidara de la política. Pero no. Porque entonces no tendríamos este manga. Así que aquí seguimos, viendo cómo una esclava persa acaba convirtiéndose en una de las personas más peligrosas de la corte mongola simplemente utilizando algo que parece escasear bastante en palacio y con ganas de seguir sus andanzas.

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