Richard Rider vuelve a ponerse el casco de Nova, dispuesto a salvar el universo, proteger a los inocentes, repartir estopa entre alienígenas y, sobre todo, encontrar algún trabajo que le permita pagar la factura de la luz. Porque una cosa es ser el último miembro del Cuerpo Nova y otra muy distinta es intentar mantener el estómago lleno sin tener ni un euro para un café. El heroísmo está muy bien, pero la comida no entiende de sacrificios cósmicos.

«Nova: Centurion», editado por Panini Comics, recopila los seis números de la serie estadounidense. Jed MacKay recupera a nuestro cohete humano después de los acontecimientos de Imperial y decide que, tras años de guerras intergalácticas, muertes, resurrecciones, Aniquilaciones y traumas suficientes para llenar varias consultas de psicología, lo que necesita el bueno de Rich es convertirse en autónomo espacial (hasta el IRPF llega al cosmos). Así que nuestro héroe se dedica a aceptar trabajos de mercenario mientras intenta mantener operativa la Mundomente Xandoriana. Porque claro, salvar la galaxia no da para pagar el alquiler, pero transportar mercancía sospechosa para un alienígena con antecedentes seguramente sí.
La premisa tiene su gracia. Richard Rider está hecho polvo. Ha visto morir a prácticamente todo el mundo que podía morir a su alrededor, ha sido utilizado como arma viviente, ha cargado con el peso de acontecimientos capaces de traumatizar hasta a un Skrull con seguro médico y ahora tiene que seguir adelante. MacKay entiende bastante bien que Nova no necesita otra historia en la que simplemente llegue volando, diga cuatro frases heroicas y reviente a alguien contra una pared. Necesita un personaje que arrastre todo lo ocurrido anteriormente. Y aquí está uno de los principales aciertos del tomo: Nova tiene memoria. Algo que no siempre resulta tan sencillo como parece. El personaje lleva décadas atravesando guerras cósmicas y MacKay aprovecha buena parte de ese equipaje para construir un Rider cansado, vulnerable y bastante más humano de lo que podría parecer cuando uno recuerda que lleva un casco que básicamente convierte al muchacho en una central nuclear con piernas. El problema es que mantener esa central encendida cuesta dinero. Mucho dinero. Así que tenemos a Nova convertido en una especie de repartidor de Uber intergaláctico. Si necesitas transportar algo, proteger a alguien o meterte en una situación donde cualquier persona razonable llamaría a los Vengadores, Nova está disponible. Eso sí, primero hablamos de la tarifa.

Por el camino aparecen personajes como Pip el Troll, que ejerce una mezcla entre agente de contratación, buscavidas y amigo que conoce demasiadas formas de ganar dinero rápido. También aparece Aalbort, un magnífico concepto de personaje que mezcla un cazador con un gestor administrativo. Vamos lo que necesitamos casi todos los autónomos. El resultado es una historia que juega constantemente con esa mezcla de aventura cósmica y comedia de supervivencia. Nova puede atravesar sistemas solares a velocidades absurdas, enfrentarse a amenazas capaces de destruir planetas y enfrentarse a criminales intergalácticos, pero sigue teniendo problemas mucho más mundanos: cómo demonios mantener funcionando todo esto.
MacKay también demuestra que conoce bien la historia del personaje. Y no se limita a sacar nombres del baúl de los recuerdos para que el lector veterano diga “¡eh, me acuerdo de ese!”. La recuperación de Cammi, a quien Rider conoció durante Aniquilación, tiene verdadero sentido dentro de la historia. Su aparición vuelve a conectar a Nova con aquella etapa gloriosa del Marvel cósmico en la que parecía que cada poco tiempo alguien iba a destruir el universo. Cammi, además, llega con sus propios intereses y sus propios problemas, porque aparentemente en el espacio nadie puede simplemente saludar y tomar un café. Tiene que haber contrabando de mysterium, robos, criminales y una situación suficientemente complicada como para que Nova termine metido hasta las cejas. Y entonces aparece Star-Lord.

Si algo sabe hacer Marvel es juntar a dos personajes que llevan años sin verse y descubrir que ninguno tiene ganas de hacerlo. La relación entre Richard Rider y Peter Quill aporta otra capa interesante al relato. Después de Imperial, la amistad entre ambos está bastante tocada, y MacKay no hace como si aquí no hubiera pasado nada. Hay rencores, decepciones y heridas que todavía están abiertas. Una decisión bastante sensata, teniendo en cuenta que estos personajes llevan décadas sufriendo desgracias como para olvidar convenientemente las anteriores cada vez que empieza una nueva colección. Todo esto hace que este tebeo tenga una personalidad bastante definida. Es una serie de aventuras cósmicas, sí, pero con un protagonista cansado, económicamente jodido y emocionalmente hecho unos zorros. Una combinación que, curiosamente, resulta bastante más cercana que muchos superhéroes que tienen mansiones, mayordomos y una colección de problemas que se resuelven tirando dinero.
En el apartado gráfico, Álvaro López se encarga de buena parte del espectáculo y ofrece un Nova que luce especialmente bien cuando toca hacer aquello para lo que fue diseñado: volar como un misil humano y repartir energía por la galaxia. Los escenarios cósmicos tienen variedad, los extraterrestres presentan diseños suficientemente diferenciados y la acción funciona con soltura. Y es importante, porque una historia de Nova sin sensación de velocidad sería como un cómic de Daredevil en el que Matt Murdock se dedicara a rellenar formularios administrativos. Puede estar bien escrito, pero falta algo. López entiende el componente espectacular del personaje. Nova vuela, dispara, se estrella, vuelve a levantarse y sigue adelante. Y lo hace con una energía que encaja bien con la propuesta de MacKay. Tenemos también a Matteo Della Fonte que sustituye en a Álvaro en un número realizando un trabajo de lo más correcto sin que se note demasiado la ausencia del principal lápiz del tebeo. Por otro lado, Mattia Iacono contribuye al apartado artístico, reforzando esa sensación de aventura espacial colorida y explosiva que necesita una historia de este tipo.

Ahora bien, llegamos al pequeño detalle que convierte este tomo en una experiencia ligeramente ridícula: son seis números. Seis. Marvel nos presenta una nueva etapa para Richard Rider, recupera personajes, conecta con Imperial, explora las heridas del personaje, recupera a Cammi, introduce nuevas amenazas, nos trae de vuelta a Star-Lord, plantea una nueva situación para Nova y, cuando uno empieza a pensar que aquello puede ponerse realmente interesante, alguien mira las ventas y dice: “Bueno, hasta aquí hemos llegado”. Fin. Gracias por participar. Es una de esas situaciones en las que resulta complicado no imaginar al lector llegando a la última página con cara de idiota. No porque el final sea malo. Al contrario. La historia consigue cerrar razonablemente bien su argumento principal. El problema es que también deja clarísimo que había mucho más camino por recorrer. Y ahí está la verdadera tragedia de este comic. No parece una miniserie. Parece el principio de algo.
Se nota en la forma de presentar a los personajes, en las relaciones que empiezan a reconstruirse, en la situación de Richard Rider y en la cantidad de posibilidades que ofrece el escenario cósmico. MacKay parece estar colocando piezas para jugar una partida bastante más larga y Marvel decide retirar el tablero. Luego nos preguntamos por qué los lectores se acostumbran a no ilusionarse con nuevas series. El caso de Nova Centurion resulta todavía más sangrante porque el cómic funciona. No estamos ante una colección que uno termine pensando “bueno, al menos han sido solamente seis números”. Es entretenida, tiene buenos personajes, respeta la historia de Nova, ofrece acción espacial, recupera elementos del Marvel cósmico y consigue que Richard Rider vuelva a sentirse como un personaje con algo que contar.

No es perfecta, evidentemente. Tampoco estamos ante la nueva saga de Aniquilación, ni pretende serlo. Aquella etapa de Abnett y Lanning dejó el listón cósmico bastante alto y comparar cualquier nueva aventura espacial con aquello es una manera estupenda de arruinarle el día a cualquier guionista. Pero este tomo tiene algo que muchas series actuales agradecerían: ganas de contar una historia. Y también tiene a Jed MacKay, que sigue demostrando por qué se ha convertido en uno de los nombres importantes de Marvel. Su capacidad para combinar acción, humor, caracterización y conocimiento de la continuidad funciona especialmente bien aquí. Entiende que Richard Rider no necesita que le expliquen quién es. Necesita que le permitan evolucionar. Lástima que solo le hayan dado seis capítulos para hacerlo.
Así que «Nova: Centurion» termina siendo una de esas colecciones que uno recomienda mientras se pregunta qué demonios está haciendo Marvel con sus propias buenas ideas. Nos devuelven a Richard Rider, le dan una premisa divertida, recuperan personajes, exploran su trauma, lo mandan a trabajar de mercenario espacial, le colocan un contable armado, lo vuelven a juntar con Cammi y Star-Lord, le montan una aventura cósmica bastante maja y, justo cuando empieza a coger velocidad, le ponen una multa por exceso de entusiasmo. Así que, si te gusta Richard Rider, píllatelo. Si te gusta el Marvel cósmico, también. Aunque nos dejen con ganas de más, este tebeo es uno de los buenos de la “casa de las ideas”.
