Sangoma. Los condenados de Ciudad del Cabo. Prendiendo la mecha

Hace años que Sudáfrica abandonó el apartheid y aunque la segregación racial haya quedado atrás, muchas de las desigualdades persisten. Al igual que las cicatrices y recelos entre sectores de la población. Eso es una realidad de la que ya sirvió de inspiración a Caryl Férey para escribir su celebrada “Zulú” en 2008, novela de gran éxito que posteriormente fue llevada al cine por Jérôme Salle, en una adaptación protagonizada por Orlando Bloom y Forest Whitaker. Desde entonces, sus novelas policíacas ambientadas en países ajenos a Europa han traspasado los límites de su Francia natal. Relatos con una gran dosis de efectividad en cuanto al desarrollo de sus tramas, en las que no se descuida la ambientación, consiguiendo la sensación de ofrecer retratos sociales bastante nítidos. No siempre amables y, aunque, dramatizados en función de las necesidades del guion, suelen arrojar mucha luz. Aunque ésta no sea agradable ni cómoda.

En esa corriente se puede englobar “Sangoma. Los condenados de Ciudad del Cabo”(“Sangoma. Les damnés de Cape Town”), el último cómic que ha realizado con el siempre efectivo Corentin Rouge, recién estrenado por Norma con traducción de Eva Reyes de Uña. Un thriller en viñetas que supone la vuelta de Caryl Férey a esa Sudáfrica llena de heridas de la segregación racial. En esta ocasión, el asesinato de un empleado de una explotación agraria servirá para descubrir que, tras el crimen hay un asunto aún más turbio donde los ritos mágicos ancestrales y las tensiones políticas se entremezclan en el polvorín sudafricano. Un rio revuelto que cada corriente ideológica lo agita en función de sus intereses. Mientras tanto, está en juego y debate las propiedades agrícolas del país, muchas en manos de terratenientes afrikáners. Cuestión que se está discutiendo en el parlamento y no precisamente de forma sosegada. Al contrario, los que se resisten a perder sus privilegios los defienden de forma airada. Del mismo modo defienden sus posiciones quienes solo han obtenido una libertad pero siguen sin tener recursos materiales. Ese es el escenario político que se da cuando aparece el cadaver con el que da comienzo el caso y nos va llevar a un paisaje inquietante, donde lo más cruel de las supersticiones convive con la manipulación del odio en beneficio propio. En medio, el teniente Shane Shepperd , el policía encargado de la investigación de un caso que puede llegar a tener consecuencias y ramificaciones políticas de primer nivel.

Ese es el polvorín que retrata con nitidez Caryl Férey en su guion. No es su primera incursión en el noveno arte. “Maori”, “Mapuche” o, entre otros, “Lëd” ya dieron muestras de su dominio para trazar sólidos guiones destinados a las viñetas. Con “Sangoma” vuelve a dar ejemplo de su ”savoir faire” para el noveno arte, con un hábil manejo de los elementos propios del cómic, manejando con oficio el tempo narrativo, el tono y las elipsis, dejando en la trama lo esencial para que fluya orgánicamente.

A su lado, Corentin Rouge (“Río”, “Thorgal: Wendigo”, “XII Mistery: Calvin Wax” o, entre otros, “Milan K.”) hace crecer cada viñeta para maximizar la intensidad, mostrando toda la aspereza de una región llena de desigualdades, de la crueldad ancestral y los recelos entre diferentes. Cuidando cada expresión facial, dibujando escenas de acción contundentes. Así se componen unas páginas que tienen la efectividad de un disparo a quemarropa. Que recogen el sabor al polvo que se amontona entre las chabolas de los menos favorecidos. Que supuran el miedo alimentado en supersticiones ancestrales. Con el odio en un amenazante horizonte, avivado por intereses particulares y el recelo ante el diferente. Todo eso emana este sólido relato en viñetas, mientras se prende la mecha del polvorín social, avanza sin frenos la trama y la tensión aumenta.

Así se consigue que este cómic no se abandone hasta llegar a su última página. Desde las primeras páginas ambientadas en la época del apartheid, la trama se gana a cada lector con una contundente eficacia. Síntoma de la efectiva sinergia de guion y dibujo. Donde el color, obra del propio Rouge y de Alexandre Boucq, amplifica cada escenario y momento, convirtiendose en un elemento esencial para el resultado final.

Quedan, tras la lectura del cómic, sensaciones de haberse asomado a lugares oscuros del alma humana y cuestiones que van más allá del crimen que ha de resolver el teniente Shepperd. Un personaje que, por cierto, es tan sólido y tridimensional que podría protagonizar más aventuras después de la contada aquí. Por posibilidades en el contexto que se desenvuelve no será. Por lo pronto, nos quedamos con lo que se despliega en “Sangoma. Los condenados de Ciudad del Cabo”, que no es precisamente poco. Todo un thriller en viñetas áspero y crudo, con una excelente ambientación y unas páginas notables. De los que dejan huella por su bella factura. De los que impactan por lo que muestran. De los que, en definitiva, no se olvidaran tras su lectura.

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