A primera vista, «Bajo los árboles, donde nadie te ve. La consagración de la primavera» («Beneath the Trees Where Nobody Sees: Rite of Spring«) editado por Astiberri, parece uno de esos tebeos protagonizados por animalitos adorables que uno podría regalarle a un sobrino pequeño para inculcarle valores como la amistad, la convivencia y la importancia de no fiarse jamás de una osa parda que regenta una ferretería. Porque Patrick Horvath ha vuelto a Woodbrook, ese encantador pueblecito donde todo el mundo saluda al vecino, los animales llevan una vida aparentemente idílica y, si tienes mala suerte, puedes acabar convertido en piezas de recambio enterradas en un bosque. Lo normal en cualquier pueblo de lo que llamaríamos la España vaciada.

La primera entrega de «Bajo los árboles, donde nadie te ve» tenía una premisa tan absurda como irresistible. Imaginemos un cuento infantil protagonizado por animales antropomórficos, pongámosle estética de postal entrañable y, a continuación, metamos en medio a una asesina en serie. No una asesina atormentada, ni una pobre víctima de las circunstancias, ni una justiciera con complejo. Samantha Strong mata porque puede y porque, aparentemente, ser una adorable osa parda no le impide tener una considerable afición por descuartizar personas. Bueno, animales. Que en Woodbrook vienen a ser lo mismo, pero con más pelaje. Y lo verdaderamente perverso era que Horvath conseguía que Samantha resultase fascinante. La seguíamos mientras hacía su vida cotidiana, atendía su negocio, se relacionaba con sus vecinos y, entre una cosa y otra, se marchaba a la ciudad para cometer sus asesinatos siguiendo una serie de reglas destinadas a mantenerla a salvo. Samantha era metódica, tranquila y organizada. Una ciudadana ejemplar. Si descontamos el pequeño detalle de que sus clientes habituales podían terminar enterrados bajo tierra.
El problema al que se enfrenta una segunda parte es evidente: ¿cómo demonios continúas una historia cuyo principal atractivo era descubrir que la encantadora protagonista era una asesina? Pues Horvath hace algo bastante inteligente: cambia el punto de vista. Han pasado ocho años y Samantha ha tenido tiempo suficiente para disfrutar de su vida criminal sin demasiadas molestias. El caso que dejó atrás se ha enfriado, la policía ha seguido adelante y Woodbrook continúa funcionando como si nada hubiera ocurrido. Porque esa es otra de las grandes virtudes de este universo. Los horrores más espantosos pueden esconderse detrás de una fachada de normalidad tan impecable que hasta dan ganas de mudarse allí. Bueno, hasta que recuerdas que el índice de mortalidad debe de ser ligeramente superior a la media nacional. Pero internet ha llegado para fastidiarlo todo.

La tecnología vuelve a demostrar que sirve para dos cosas fundamentales. Perder horas viendo vídeos absurdos y arruinarles la existencia a los asesinos en serie. Ocho años después de la desaparición de aquel patito al que Samantha convirtió en un puzle, su hermana Mónica continúa buscando respuestas. La policía ya ha dejado el asunto atrás, pero ella no. Porque cuando desaparece alguien a quien quieres, ocho años no son necesariamente suficientes para aceptar que nunca vas a saber qué ocurrió. Y aquí este tebeo cambia el juego.
Mónica no es Samantha. No estamos ante otra psicópata encantadora que ha aprendido a esconder sus cadáveres con eficiencia administrativa. Es una mujer destrozada por la pérdida, atrapada durante años en una investigación personal que se ha convertido en una obsesión. Y Horvath aprovecha esa situación para construir algo más cercano al noir que al simple thriller de asesinos. La búsqueda de Mónica tiene algo triste, enfermizo y profundamente humano. Mientras intenta reconstruir el pasado, su propia vida se ha ido desmoronando. La ciudad la ha cambiado. La obsesión la ha consumido. Y cuanto más intenta encontrar respuestas, más evidente resulta que está persiguiendo algo que quizá ya no pueda devolverle nada.

Horvath sabe contar esto sin necesidad de montar una mascletá. Gran parte de la historia funciona precisamente por lo que no dice. Hay silencios, miradas, habitaciones vacías y personajes que parecen llevar encima una mochila llena de cadáveres. Y todo ello envuelto en esa estética aparentemente inocente que sigue siendo una de las grandes armas del autor. Porque aquí está la gracia: Patrick Horvath dibuja animalitos. Ositos, patitos, conejos, mapaches y demás criaturas que parecen haber escapado de un álbum ilustrado que debería estar colocado junto a Winnie the Pooh. Pero entonces aparece un cadáver, una mirada desencajada o una escena particularmente desagradable y recuerdas que estás leyendo una historia de horror. El contraste sigue funcionando de maravilla. De hecho, funciona porque Horvath no utiliza los animales simplemente como un truco. No son humanos disfrazados con orejas y hocicos puestos encima. Sus características animales forman parte de la identidad de los personajes y del propio ambiente. Eso permite que una conversación completamente cotidiana tenga un punto de extrañeza permanente. En Woodbrook todo parece ligeramente fuera de lugar, incluso cuando nadie está siendo asesinado. Y cuando llega la violencia, el efecto es todavía más desagradable. Porque nuestro cerebro está programado para mirar a un adorable patito y pensar que necesita un abrazo, no que probablemente esté a punto de ser descuartizado. Horvath juega precisamente con esa contradicción y consigue que lo tierno y lo macabro convivan sin que ninguno de los dos elementos anule al otro.
Pero este comic no vive exclusivamente de la sorpresa ni del gore. De hecho, uno de sus mayores aciertos consiste dejarnos a la principal protagonista como ese ente que esta presente en todas las viñetas aunque no esté. Sabemos quién es. Sabemos de lo que es capaz. Sabemos qué hizo. Y, por tanto, cada vez que aparece surge una tensión que no necesita explicaciones. Es como entrar en una habitación y descubrir que hay una bomba debajo de la mesa, pero nadie más parece haberse dado cuenta. Samantha puede estar comprando algo, hablando con un vecino o haciendo cualquier actividad completamente banal y nosotros estamos pensando: «Sí, sí, muy bonito todo, pero esta señora tiene un cementerio particular«. El suspense nace precisamente de esa información privilegiada que tenemos como lectores. Y Horvath sabe administrar el tiempo. Quizá incluso demasiado.

Uno de los aspectos más discutibles de esta continuación es que tarda más en arrancar que su predecesora. La primera historia tenía una estructura más inmediata y un motor muy bestia encendido. Aquí la investigación de Monica necesita espacio para desarrollarse y eso implica que durante algunos momentos la historia parece avanzar a velocidad de paseo por el parque. Pero claro, estamos hablando de un parque en Woodbrook. Así que uno tampoco se relaja demasiado. Cuando la historia decide pisar el acelerador, Horvath demuestra que sabe perfectamente dónde tiene que colocar el cuchillo. La segunda mitad adquiere otra intensidad y algunos acontecimientos consiguen que uno vuelva la página con la misma alegría con la que un personaje de película de terror abre una puerta que claramente debería permanecer cerrada.
En cuanto al dibujo, Horvath continúa haciendo un trabajo extraordinario. La iluminación, las sombras, los espacios y las composiciones tienen una importancia enorme. Hay escenas que podrían funcionar perfectamente como ilustraciones independientes, pero que dentro de la narración adquieren todavía más fuerza porque el autor utiliza cada encuadre para controlar nuestra mirada. El humo de un cigarrillo, una habitación iluminada apenas por una pantalla, una carretera nocturna o un bosque aparentemente tranquilo pueden transmitir más tensión que diez páginas de persecuciones. Y eso demuestra que el terror no necesita estar enseñando los dientes todo el tiempo. A veces basta con dejarlo sentado en una esquina. Esperando.

Al final, La consagración de la primavera demuestra que en Woodbrook la tranquilidad siempre es sospechosa y que los animalitos adorables tienen una facilidad pasmosa para acumular secretos, traumas y cadáveres. Patrick Horvath vuelve a demostrar que no hace falta llenar las viñetas de monstruos para hacer una historia terrorífica. Basta con poner un pueblo precioso, unos cuantos vecinos encantadores y una osa que sonríe mientras uno empieza a preguntarse dónde demonios estará el contenedor de basura orgánica.
Quizá la mayor crueldad del tebeo sea precisamente esa. Samantha sigue siendo fascinante, aunque sepamos perfectamente lo que ha hecho. Y mientras Mónica intenta reconstruir una tragedia que lleva ocho años pudriéndose bajo la superficie, nosotros asistimos al espectáculo preguntándonos cuánto puede tardar en explotar semejante olla a presión. Porque los secretos, como los cadáveres, pueden enterrarse durante mucho tiempo. Pero tarde o temprano alguien cava donde no debe. Y en este pueblito parece que todo el mundo lleva una pala. Así que, si después de leer este tebeo vuelves a mirar con ternura a un osito, un patito o cualquier otro animalito de aspecto entrañable, hazte un favor: sonríe, saluda y aléjate despacio. Nunca se sabe quién tiene un bosque cerca. Y, sobre todo, nunca se sabe quién tiene ganas de estrenarlo.
