Leer «Two-Fisted Tales» hoy tiene algo un poco difícil de describir. Uno abre el tomo, contempla esas portadas de tipos sudorosos, soldados con cara de haber tomado demasiadas malas decisiones y explosiones que parecen capaces de iluminar una habitación, y piensa: «Ah, qué bonito. Otro cómic de guerra». Luego empieza a leer y descubre que no, que aquí la guerra no es esa estupenda actividad recreativa en la que los héroes disparan mucho, sobreviven a todo y vuelven a casa con una medalla, una sonrisa y una película de Hollywood esperando. Aquí la guerra es una carnicería, una estupidez monumental y, sobre todo, un negocio en el que casi siempre pierde alguien que no tenía ninguna gana de participar. Eso lo vemos en el tercer tomo publicado por Diábolo Ediciones, un volumen que reúne los números 30 al 35 de la serie original de EC Comics y que demuestra, una vez más, que en los años cincuenta había gente haciendo cómics de guerra con más cerebro que lo que ronda actualmente.

Tenemos soldados, aviones, cañones, bayonetas, batallas, generales y toda esa parafernalia que invita a pensar que vamos a asistir a una gloriosa exhibición de testosterona dibujada. Pero detrás de todo ese ruido está Harvey Kurtzman, un señor que tenía la peculiar costumbre de mirar la guerra y preguntarse qué demonios estaba haciendo allí la gente. Una actitud bastante revolucionaria para una revista que, en teoría, debía vender aventuras bélicas a chavales. Porque Kurtzman no estaba particularmente interesado en convertir la guerra en un parque de atracciones. Prefería enseñarnos la parte en la que alguien muere, otro pierde una pierna, un tercero descubre que su superior es un imbécil y un cuarto se pregunta por qué narices lleva meses disparando contra alguien al que no conoce.
El resultado es un conjunto de historias que pueden parecer sencillas en su planteamiento, pero que esconden una mala leche considerable. Kurtzman era un pacifista y eso se nota. Muchísimo. Tanto que, después de leer unas cuantas historias, uno empieza a sospechar que el auténtico enemigo de Two-Fisted Tales no es el ejército contrario, sino la propia guerra. Y esa es precisamente una de las grandes virtudes de la serie. Conseguir que un género tradicionalmente entregado a la glorificación de las batallas se convierta en una reflexión bastante amarga sobre la estupidez humana.

Por supuesto, Kurtzman tenía una manera bastante particular de conseguirlo. Su método de trabajo era tan minucioso que prácticamente convertía al dibujante en un empleado con libertad creativa equivalente a la de una tostadora. Joe Kubert lo explica en su prólogo y la anécdota tiene bastante gracia, especialmente vista desde la perspectiva actual. Kurtzman no se limitaba a escribir un guion y decir «haz algo bonito». Indicaba con enorme precisión lo que debía suceder, cómo debía organizarse la página, dónde colocar las viñetas, qué debía aparecer en ellas e incluso cómo debían funcionar textos y bocadillos. Vamos, que al dibujante sólo le faltaba recibir también una nota diciendo qué marca de lápices debía utilizar y en qué dirección tenía que respirar.
Hablando de maestros, el desfile de dibujantes que aparece en este volumen resulta directamente obsceno. Aquí tenemos a Wally Wood, Jack Davis, Joe Kubert, Gene Colan, John Severin, Bill Elder, George Evans, Reed Crandall, Ric Estrada y compañía. Es decir, una alineación que hoy sería capaz de provocar una parada cardíaca entre los aficionados al cómic clásico. Si EC hubiera añadido además una máquina de café con buen servicio, probablemente habría sido imposible mejorar la plantilla.

Wally Wood vuelve a demostrar en estas páginas por qué su nombre merece estar escrito con letras enormes. Su dominio de la anatomía, el detalle y la puesta en escena convierte cada página en una pequeña clase magistral. Pero lo mejor es que su espectacularidad nunca traiciona el tono de las historias. Puede dibujar una batalla con una precisión asombrosa y, al mismo tiempo, transmitir el caos, el miedo y la brutalidad que hay debajo del espectáculo. Jack Davis juega en otra liga. Sus personajes tienen una expresividad capaz de contar media historia sin necesidad de abrir la boca. Davis podía dibujar un soldado agotado, un oficial histérico o un tipo a punto de morir con una economía gestual impresionante. Su estilo, tan reconocible, consigue además que incluso las situaciones más terribles tengan una personalidad visual que sigue funcionando décadas después. Y luego está Joe Kubert, cuyo trabajo en estas páginas resulta especialmente interesante precisamente por el contexto que aporta en su prólogo. Ver lo que hizo siguiendo las instrucciones de Kurtzman permite apreciar hasta qué punto un gran dibujante puede convertir un guion extremadamente controlado en imágenes llenas de fuerza. Kubert no necesitaba que le explicaran cómo dibujar una guerra. Afortunadamente para nosotros, decidió demostrarlo. Gene Colan, John Severin, George Evans o Reed Crandall completan un reparto que hace que cualquier aficionado al cómic americano clásico tenga que contenerse para no empezar a señalar nombres con entusiasmo infantil. «¡Mira, este! ¡Y este otro! ¡Y este también!». Una reacción perfectamente razonable ante semejante acumulación de talento.
La edición de Diábolo también ayuda a apreciar el material: cartoné, color, 216 páginas y una reproducción que permite disfrutar de la enorme cantidad de detalle que los dibujantes introducían en cada página. La traducción de Santiago García y Alfonso Bueno completa un trabajo editorial que permite acercarse a estas historias con comodidad, manteniendo el tono y la contundencia de unos relatos que, pese a tener más de setenta años, siguen golpeando con bastante fuerza.

El tercer tomo de «Two-Fisted Tales» demuestra que un buen cómic bélico no necesita convertir la guerra en una fiesta de explosiones. Puede hacer algo mucho más difícil: mostrarla como lo que realmente es. Una sucesión de decisiones absurdas, sacrificios humanos, miedo, propaganda, heroísmo ocasional y tragedias perfectamente evitables. Kurtzman lo entendió cuando todavía había quien pensaba que un cómic de guerra debía servir para enseñar a los chavales lo estupendo que era ponerse un uniforme y salir a pegar tiros. Él decidió hacer exactamente lo contrario. Rodeado de algunos de los mejores dibujantes que podían encontrarse en Estados Unidos, convirtió estas viñetas en una bofetada contra la épica barata. Y después de leer estas treinta historias, uno termina con una conclusión bastante poco militar: quizá el mayor acto de valentía sea reconocer que la guerra es una auténtica mierda. Eso sí, si después de semejante lección histórica alguien sigue pensando que la guerra mola, siempre puede regalarle el tomo. Con un poco de suerte, aprende algo. Y si no, al menos ya tiene un libro pesado que puede utilizar para esconderse cuando vea venir el próximo reclutador.
