Pillar un tomo de Conan siempre implica asumir ciertos riesgos. Uno puede encontrarse con hechiceros, monstruos, reyes con demasiadas ganas de conservar el trono, criaturas surgidas de dimensiones que sería mejor no visitar y, por supuesto, con Conan intentando solucionar todos esos problemas de la manera más diplomática posible. Utilizando una espada del tamaño de un tendedero. Lo que uno no espera necesariamente es encontrarse con una crisis de sucesión editorial. Pero la Biblioteca Conan de La Espada Salvaje de Conan 22, publicado por Panini Comics, viene precisamente con ese pequeño terremoto. Roy Thomas se marcha después de haber convertido la colección en una de las grandes referencias de la espada y brujería, y Bruce Jones toma el relevo. Sí, amigos, ha llegado el momento en que hasta Conan tiene que enfrentarse a algo más aterrador que un demonio ancestral: un cambio de guionista.

El volumen recopila The Savage Sword of Conan 68-70 y sirve como una especie de fiesta de despedida en la que nadie se atreve a tirar confeti porque probablemente algún hechicero lo convertiría en una criatura carnívora. Thomas se empieza a despedir con «Capas negras de Ophir», una historia en la que Conan llega a un reino donde, sorprendentemente, la política está hecha una mierda. Reina legítima secuestrada, facciones enfrentadas, conspiraciones, intereses ocultos y personajes que sonríen demasiado mientras hablan. Vamos, el funcionamiento normal de cualquier corte real. La única diferencia es que en Ophir, cuando alguien te cae mal, no hace falta organizar una campaña de desprestigio: basta con intentar asesinarlo. Mucho más eficiente y, sobre todo, bastante más honesto. Thomas demuestra una vez más que conoce perfectamente los mecanismos del personaje. Conan se mueve por ese nido de serpientes con la misma confianza con la que un bárbaro se acerca a una taberna llena de borrachos. Esperando problemas, pero dispuesto a disfrutar del espectáculo. El cimmerio aparece además algo más maduro y sombrío, todavía marcado por el recuerdo de Bêlit, y eso permite que el relato tenga una dimensión algo más melancólica. No demasiado, tampoco nos emocionemos. Luego están Ernie Chan y Alfredo Alcalá, que se encargan de que todo ese caos político tenga un aspecto gloriosamente bárbaro. Sus páginas tienen ese sabor clásico donde hasta una puerta parece haber sido diseñada por alguien que considera que las dimensiones normales son para gente aburrida. Los personajes tienen presencia, los escenarios son enormes y Conan parece capaz de levantar una columna romana con una mano mientras con la otra se pregunta por qué demonios ha vuelto a meterse en política.
«El ojo del hechicero» continúa la fiesta con otro de los grandes pasatiempos hiborios. Transportar algo misterioso sin preguntar demasiado qué demonios estás transportando. Conan acepta escoltar un carruaje cuyo contenido desconoce porque, aparentemente, nadie le enseñó en su infancia que cuando un desconocido te ofrece dinero para proteger una cosa que no puedes ver, lo más sensato es sospechar. Pero tampoco vamos a exigirle educación financiera a un hombre que ha pasado media vida peleándose con monstruos. La historia reúne buena parte de los ingredientes que hicieron grande la etapa de Thomas: misterio, brujería, aventura, violencia, secundarios con más problemas de los recomendables y un protagonista que tiene la curiosa capacidad de encontrarse con la peor gente posible en el momento menos oportuno. Chan y Alcalá vuelven a demostrar que sabían perfectamente qué hacer con Conan y consiguen que cada página tenga ese aire de leyenda oscura y musculada que uno espera encontrar aquí.

Entonces llega «El habitante de las profundidades», donde Bruce Jones entra en escena y recibe el equivalente editorial a que alguien te entregue las llaves de un castillo mientras te informa de que dentro hay tres fantasmas, seis demonios y un bárbaro armado que no ha leído el contrato. Su debut apuesta por el misterio y el horror, con Conan llegando a un pueblo aparentemente abandonado y descubriendo que las únicas habitantes que quedan son mujeres. Una situación que, en cualquier otra historia, podría parecer una oportunidad de vacaciones. En Conan, por supuesto, significa que algo monstruoso está a punto de salir de una cueva.
Jones entiende rápidamente el truco. No necesita convertir al cimmerio en otra persona ni ponerse a reinventar la rueda con una espada dentro. Le basta con coger los elementos esenciales del personaje, añadir una buena ración de terror y dejar que la situación se descontrole. Y vaya si se descontrola. Criaturas sobrenaturales, violencia, misterio y horror corporal convierten el relato en una historia bastante más oscura, pero sin que deje de parecer una aventura de Conan. El guion tiene ritmo, sabe crear intriga y consigue algo especialmente importante cuando se sustituye a un autor tan asociado a un personaje. No intenta demostrar desesperadamente que el nuevo guionista ha llegado para cambiarlo todo. Jones parece entender que Conan no necesita una reinvención. Necesita problemas. Muchos problemas. Preferiblemente problemas que puedan resolverse golpeando cosas con una espada. Y para acompañar el debut aparece John Buscema, que continúa demostrando por qué su nombre está inevitablemente unido a la imagen clásica del cimmerio. Cuando Buscema dibuja a Conan, no parece que esté posando para una portada de gimnasio. Parece que ese tipo realmente ha sobrevivido a veinte años de guerras, tabernas, mazmorras y decisiones vitales cuestionables.

El resultado de las tres historias es bastante curioso. Por un lado, tenemos a Roy Thomas cerrando su etapa con relatos que siguen demostrando que dominaba perfectamente la fórmula. Por otro, tenemos a Bruce Jones entrando con una propuesta algo más terrorífica y demostrando que se puede cambiar de guionista sin que el cimmerio tenga que someterse a una cirugía de personalidad. Conan sigue siendo Conan. Los reyes siguen siendo unos tipos sospechosos. Los hechiceros siguen teniendo la saludable costumbre de ocultar información. Y las criaturas de las profundidades continúan sin comprender que enfrentarse a un bárbaro de dos metros con problemas de paciencia suele terminar mal.
Panini Comics presenta el volumen en cartoné, con 200 páginas, buen tamaño y una reproducción que permite disfrutar como corresponde del trabajo de artistas como Buscema, Chan y Alcalá. Además del material principal, la edición incluye artículos de Fran Calderón y Louise Simonson, junto con portadas, bocetos y reproducciones de páginas originales. Todo ese material extra ayuda a entender el contexto de una etapa que está llegando a un punto de inflexión y permite apreciar todavía más el trabajo de unos autores que dejaron una huella gigantesca en el personaje.

El vigesimosegundo tomo de La Espada Salvaje de Conan queda, en definitiva, como una entrega de transición que tiene bastante más interés del que podría parecer sobre el papel. No porque Thomas firme aquí necesariamente su obra definitiva, sino porque estamos asistiendo al momento exacto en que una de las etapas fundamentales del personaje llega a su final y otra empieza a levantar la espada. El resultado es entretenido, sólido y muy reconocible. Y eso, teniendo en cuenta que estamos hablando de una colección que lleva ya 70 números haciendo prácticamente lo mismo tiene bastante mérito. Porque ese es el secreto de Conan. Puedes cambiar al guionista, al dibujante, el reino, el monstruo, el hechicero, la reina o incluso el número de cadáveres por página. Al final, el cimmerio seguirá entrando por la puerta, mirando alrededor con cara de pocos amigos y preguntándose por qué nadie ha aprendido todavía que dejar tranquilo a un bárbaro armado suele ser una excelente política de supervivencia.
