Latveria tiene un problema. Bueno, en realidad tiene varios, pero el principal es que se ha quedado sin el Doctor Muerte, lo que viene a ser como quitarle a una dictadura su dictador. De repente todo el mundo descubre que tiene opiniones, ambiciones y, sobre todo, ganas de ocupar el despacho. Y ahí aparece el Capitán América, porque cuando hay una guerra civil, fosas comunes, grupos insurgentes, genocidio, armas secretas y un país entero a punto de saltar por los aires, lo lógico es enviar a Steve Rogers. Que para algo lleva las barras y estrellas en el escudo y tiene una notable experiencia metiéndose donde nadie le ha invitado.

Este tercer tomito de «Capitán América», editado por Panini Comics y que recopila los números 7 a 9 de la serie estadounidense, continúa la etapa escrita por Chip Zdarsky con una historia que abandona definitivamente la idea de que esto va a ser simplemente otra colección de mamporros superheroicos y se mete de lleno en el thriller político, el espionaje, las guerras internas y esos dilemas morales que tanto gustan al bueno de Steve. Porque pegarle un puñetazo a un villano es sencillo. Lo complicado es decidir qué hacer cuando todos los bandos aseguran que ellos son los buenos y las fosas comunes están llenas de gente que no tuvo tiempo de leer el programa electoral.
Zdarsky plantea una situación bastante incómoda para el Capitán América. Steve llega a Latveria con una misión concreta, pero pronto descubre que la realidad tiene la desagradable costumbre de no respetar las órdenes militares. Mientras distintas facciones se disputan el futuro del país, la población civil sufre las consecuencias y el bueno de Rogers se encuentra ante uno de esos dilemas que tanto le gustan al personaje. Obedecer las órdenes recibidas o hacer aquello que considera moralmente correcto. Y si alguien piensa que la respuesta de Steve va a ser «me vuelvo a casa porque esto no es asunto mío«, probablemente no haya leído demasiados cómics del Capitán América.

La gracia está precisamente en que Zdarsky entiende que Steve Rogers funciona mejor cuando tiene que tomar decisiones difíciles que cuando simplemente tiene que repartir golpes con el escudo a diestro y siniestro. Este Capitán América no es un ingenuo que cree que el mundo puede arreglarse con un discurso sobre la libertad y tres hostias bien dadas. Ha visto demasiadas guerras, demasiadas manipulaciones y demasiados gobiernos haciendo cosas cuestionables como para tragarse cualquier bandera sin mirar qué hay detrás. Y eso convierte estos tres números en una lectura bastante más interesante de lo que podría sugerir la premisa inicial. Porque tenemos a Hulk Rojo, Latveria, el fantasma político de Doctor Muerte, S.H.I.E.L.D., insurgentes, sectas, armas secretas y conspiraciones. En manos de otro guionista, esto podría acabar convertido en una ensalada Marvel en la que alguien grita «¡por Latveria!» mientras explota algo al fondo. Zdarsky, sin embargo, intenta mantenerlo todo dentro de una historia de espionaje y conflicto político en la que los elementos superheroicos entran como una amenaza adicional, no como sustituto de la trama.
En el apartado gráfico aparece el principal problema del volumen: el baile de dibujantes. Tenemos a Delio Díaz, Frank Alpizar, Jan Bazaldua y Ton Lima, y aunque cada uno tiene sus virtudes, la sucesión de estilos provoca que la colección pierda cierta identidad. No es que haya que exigir que todos dibujen exactamente igual, pero cuando uno termina de acostumbrarse a unos rostros, unas proporciones y un tipo de viñeta, llega el siguiente número y parece que el Capitán América ha cambiado de universo. Delio Díaz y Frank Alpizar ofrecen un trabajo funcional y adecuado para el tono de thriller y acción, mientras que Jan Bazaldua consigue especialmente buenos resultados a la hora de representar la Latveria devastada por el conflicto. El ambiente de guerra, las calles destruidas y la sensación de peligro constante funcionan bien, especialmente gracias al trabajo de Romulo Fajardo Jr. con el color. Tom Lima, por su parte, aporta un dibujo que encaja bien con el tono más oscuro de la historia y sabe manejar tanto las escenas de acción como los momentos más sombríos. El problema no está necesariamente en que ninguno de los artistas pueda hacer un buen trabajo, sino en que el conjunto carece de esa continuidad que siempre ayuda a que una etapa parezca una obra compacta. Es el típico caso en el que uno piensa: «La historia está funcionando, pero ¿podemos dejar que un dibujante termine de hacer el Capitán América antes de cambiarlo por otro?«. La respuesta, evidentemente, es no. Porque la industria del cómic estadounidense tiene sus propios demonios y los calendarios de entrega suelen ser bastante más poderosos que cualquier amenaza de Doctor Muerte.

En definitiva, este tercer volumen de Capitán América confirma que Chip Zdarsky tiene bastante más interés en explorar qué significa ser Steve Rogers en un mundo políticamente podrido que en limitarse a ponerlo a repartir leches. Y eso es una estupenda noticia. La historia no siempre resulta perfecta y el baile artístico le resta fuerza al conjunto. Además, la trama política exige cierta atención y no siempre consigue que todas las piezas encajen con la misma naturalidad. Pero cuando Zdarsky se centra en Steve, en sus decisiones y en el conflicto entre obedecer órdenes y hacer lo correcto, la serie alcanza un nivel notable. Y mientras tanto, Latveria sigue ardiendo, Doctor Muerte continúa siendo una ausencia bastante más problemática de lo que cabría imaginar, El General Ross sigue cabreado y nosotros con ganas de catar el siguiente número.
