Albion: nostalgia superheroica

El Gobierno británico tuvo una idea magnífica. Coger a todos los superhéroes de la vieja escuela, encerrarlos en una prisión secreta, borrar su existencia de la memoria colectiva y convertir sus cómics en simples obras de ficción. Una operación impecable. Nada puede salir mal cuando tu estrategia para solucionar un problema consiste en secuestrar personajes, censurar tebeos y confiar en que nadie recuerde nada. Lo normal. Probablemente el mismo comité que aprobó el Brexit estaba ya haciendo prácticas. Pero, claro, siempre queda un lector de cómics. Y un lector de cómics con memoria es una criatura especialmente peligrosa. Así llegamos a «Albion», una historia publicada originalmente por WildStorm entre 2005 y 2006 que ahora recupera Dolmen Editorial en una edición en tapa dura de 152 páginas. Y resulta que detrás de todo este despropósito hay una idea de Alan Moore. Porque si alguien puede mirar un montón de personajes olvidados de los cómics británicos de los años sesenta y pensar «voy a meterlos a todos en una historia sobre la memoria, la ficción y la industria del cómic», ese señor que vive en Northampton. Probablemente después se vaya a su jardín a invocar algún demonio victoriano.

La premisa es una auténtica declaración de amor a esos tebeos que hoy muchos lectores conocemos más por referencias que por haberlos leído. Danny es un joven huérfano y lector compulsivo de cómics, es decir, una persona con unas perspectivas sociales bastante mejores de lo que parece. Penny, hija de Eric Dolmann, se convierte en su compañera de viaje para descubrir qué demonios ocurrió con aquellos héroes que protagonizaron las revistas británicas de su infancia. Y ahí empieza la fiesta: Zarpa de Acero, Janus Stark, Capitán Huracán, Tim Kelly, Dolmann y sus muñecos, Gogra, Mytek y compañía no son simplemente personajes de papel. En Albion son personas reales que han sido convenientemente apartadas de la sociedad. Porque aparentemente ser un superhéroe británico en los sesenta tenía una desventaja importante frente a Superman. Podía venir el Gobierno y hacerte desaparecer de los quioscos.

La gracia del asunto está precisamente en esa pregunta tan sencilla como puñetera: ¿qué ocurriría si aquellos personajes que llenaron las páginas de muchos tebeos existieran realmente? No estamos ante una nueva versión de los superhéroes Marvel ni ante un intento de ponerles abdominales digitales y una mandíbula capaz de cortar diamantes. Esto es otra cosa. Más británica, más extraña y bastante más preocupada por rescatar una parte de la cultura popular que parecía condenada a acumular polvo en los archivos. Y aquí aparece la principal virtud y, al mismo tiempo, el principal problema de Albion: cuanto más conozcas los cómics británicos clásicos, más disfrutarás de la broma. Si sabes quién es Zarpa de Acero, probablemente estés sonriendo. Si además has leído sus aventuras originales, posiblemente estés disfrutando como un jubilado al que acaban de regalar una tarde libre. Si no tienes ni idea de quién demonios es Mytek, puede que durante algunas páginas estés pensando que te has metido por error en una conversación de veteranos de una asociación secreta de coleccionistas. Porque Albion no pretende explicártelo absolutamente todo. Te lanza nombres, personajes, referencias y situaciones esperando que comprendas que estás contemplando un enorme museo de la memoria popular británica. Es un cómic sobre cómics, pero no sobre los cómics que normalmente aparecen en las listas de «las cien obras imprescindibles». Aquí el homenaje se dirige a los tebeos que alimentaron la imaginación de varias generaciones y que, con el paso del tiempo, quedaron bastante más olvidados que sus equivalentes estadounidenses.

El concepto parte de Alan Moore, pero el guion corre a cargo de Leah Moore y John Reppion. Y conviene señalarlo porque acercarse a Albion esperando encontrarse otro Watchmen escrito directamente por Moore sería una magnífica forma de terminar decepcionado antes de llegar a la página diez. La obra tiene ideas claramente relacionadas con las obsesiones habituales del barbudo. Pero el resultado es bastante más directo. No estamos ante una obra que necesite un mapa conceptual, tres lecturas y una tesis doctoral para entender qué acaba de suceder. Albion quiere contar una aventura y, al mismo tiempo, rendir homenaje a un montón de personajes olvidados. Y en ese sentido funciona razonablemente bien.

El dibujo de Shane Oakley es probablemente uno de los grandes argumentos a favor del álbum. Su trabajo consigue moverse entre diferentes épocas y registros con bastante naturalidad. Las páginas que evocan los antiguos cómics británicos poseen un sabor diferente al de la narración contemporánea, y esa capacidad para recrear gráficamente distintos estilos es fundamental para que el homenaje no se quede en una simple colección de nombres. Oakley demuestra además una influencia que resulta bastante evidente: el añorado Kevin O’Neill. Y no es precisamente una mala referencia cuando estás dibujando una historia concebida alrededor de personajes extravagantes, héroes olvidados y una estética que necesita abrazar la rareza en lugar de esconderla debajo de una capa de pintura digital. George Freeman también aparece acreditado en el apartado artístico, completando un equipo que entiende perfectamente que Albion necesita transmitir la sensación de estar abriendo un viejo baúl lleno de revistas polvorientas. Y esa sensación es importante. Aquí el dibujo no pretende modernizar artificialmente aquellos personajes, sino recordar de dónde vienen.

Uno de los grandes placeres de la edición de Dolmen está, precisamente, en que no se limita a presentarnos la miniserie. El volumen permite acercarse a los personajes originales y comprender mejor el contexto del homenaje. Para el lector veterano es una oportunidad de reencontrarse con viejos conocidos y para el recién llegado puede convertirse en una puerta de entrada a un territorio que probablemente desconocía. Y ese quizá sea el verdadero triunfo de «Albion». No es necesario considerar que estamos ante una obra maestra absoluta para reconocer que consigue algo bastante más difícil: despertar curiosidad.

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