La historia de la ciencia está llena de nombres que todos conocemos y de otros que, por alguna razón, parecen haber quedado atrapados en una esquina polvorienta de los libros de texto. Sabemos quién fue Thomas Edison, reconocemos a Nikola Tesla incluso aunque no sepamos explicar exactamente qué hizo y probablemente podamos identificar a Albert Einstein sin necesidad de que aparezca con un cartel que diga «soy Einstein». Pero entre todos esos nombres ilustres existen inventores que realizaron aportaciones extraordinarias y que, pese a ello, apenas forman parte de la memoria colectiva. Uno de ellos es Mónico Sánchez Moreno. Y precisamente ahí comienza el principal mérito de «Mónico 1909. Crononauta», publicado por Serendipia Editorial: conseguir que un personaje real que podría parecer salido de una novela de aventuras vuelva a despertar nuestra curiosidad.

Con guion de Javier Marquina, dibujo de Luis Javier Lorente, color de José Zapata, el cómic propone una aproximación especialmente interesante porque no se limita a contar una biografía. Parte de la vida real de Mónico Sánchez para construir una aventura que combina divulgación científica, contexto histórico y ciencia ficción. Es decir, primero nos explica por qué este hombre fue extraordinario y después decide que, ya que estamos, podemos ponerle una máquina del tiempo entre las manos. Porque aparentemente inventar una máquina portátil de rayos X no era suficiente.
Mónico Sánchez nació en Piedrabuena, en Ciudad Real, en una época en la que proceder de una familia humilde podía convertirse en un obstáculo formidable para alguien que quisiera dedicarse a la ciencia. Sin embargo, desde muy joven mostró una enorme curiosidad por la electricidad. Y esa curiosidad es uno de los elementos fundamentales que el cómic consigue transmitir. Mónico no aparece simplemente como un personaje que «tuvo una buena idea», sino como alguien impulsado por el deseo de comprender cómo funcionaban las cosas y, sobre todo, por la voluntad de aprender.

Ese aspecto resulta especialmente importante desde un punto de vista educativo. La obra muestra que el progreso científico no surge únicamente de disponer de grandes laboratorios, universidades prestigiosas o enormes cantidades de dinero. También necesita curiosidad, perseverancia y capacidad para aprovechar las oportunidades. Mónico tuvo que abandonar su entorno y trasladarse a Nueva York para continuar su formación. El contraste entre su procedencia y el escenario tecnológico que encuentra al otro lado del Atlántico permite entender mejor la magnitud de su aventura personal.
Nueva York aparece como uno de los grandes escenarios del cómic y, al mismo tiempo, como representación de una época fascinada por la electricidad. A comienzos del siglo XX, la tecnología eléctrica estaba transformando las ciudades, las comunicaciones, la industria y la vida cotidiana. La electricidad no era simplemente una herramienta. Simbolizaba la llegada del futuro. Las exposiciones y ferias tecnológicas funcionaban como auténticos escaparates de ese mundo nuevo en el que parecía que cualquier cosa podía ser posible. Y ahí entra Nikola Tesla. El encuentro entre Mónico y Tesla durante la III Feria de la Electricidad, celebrada en el Madison Square Garden en 1909, sirve como punto de inflexión para la historia. Tesla aparece como una figura fundamental dentro de ese ambiente de innovación y experimentación, pero el verdadero protagonista continúa siendo Mónico. El cómic utiliza la relación entre ambos para introducir el elemento fantástico y convertir una historia de superación científica en una aventura temporal.

La transformación de inventor en crononauta permite a Javier Marquina jugar con una cuestión que resulta mucho más interesante de lo que podría parecer inicialmente: ¿qué haríamos si pudiéramos regresar al pasado y modificar nuestras decisiones? Esta pregunta es, en realidad, el corazón de la obra. La máquina del tiempo no funciona únicamente como mecanismo narrativo para introducir aventuras. También permite reflexionar sobre las consecuencias del progreso científico y sobre esa vieja tentación humana de corregir aquello que consideramos un error. Si pudiéramos volver atrás y cambiar una decisión, ¿lo haríamos? Y, todavía más importante, ¿seríamos capaces de prever todas las consecuencias?
La ciencia ficción ha utilizado esta idea infinidad de veces, desde las paradojas temporales hasta los universos alternativos, pero en este tebeo encuentra una manera eficaz de integrarla en una historia relacionada con la ciencia y la figura de un inventor real. El resultado es un cómic que puede leerse como aventura, pero que también permite utilizar la ficción como puerta de entrada hacia la historia de la ciencia. Porque uno de los grandes aciertos del volumen consiste precisamente en que después de terminarlo el lector probablemente tendrá ganas de investigar quién fue realmente Mónico Sánchez. Y eso, en cualquier obra de divulgación, debería considerarse una pequeña victoria. Su principal invento fue la máquina portátil de rayos X, desarrollada en una época en la que esta tecnología era todavía relativamente reciente. La posibilidad de disponer de un aparato más manejable y transportable tenía enormes implicaciones, especialmente en el ámbito médico. La historia de los rayos X, además, permite comprender cómo numerosos descubrimientos científicos necesitan posteriormente de ingenieros e inventores capaces de convertir una tecnología experimental en una herramienta práctica. El cómic puede servir, por tanto, como introducción a cuestiones tan diferentes como la electricidad, la evolución tecnológica, la historia de la medicina o el desarrollo de los aparatos de rayos X. Y lo hace sin convertir la narración en una clase disfrazada de tebeo. Ese equilibrio es complicado. Cuando una obra quiere enseñar demasiado, existe el peligro de que la historia termine pareciendo un libro de texto con dibujos. Cuando se centra exclusivamente en la aventura, la información histórica puede convertirse en una simple excusa decorativa. Aquí intenta caminar por el término medio y, en líneas generales, lo consigue.

La parte gráfica corre a cargo de Luis Javier Lorente, que se enfrenta a un escenario particularmente atractivo. Una época de transición en la que convivían la estética del pasado con los signos visibles de la modernidad. La representación de principios del siglo XX necesita transmitir esa sensación de mundo que está cambiando a una velocidad vertiginosa. Y el color de José Zapata contribuye a reforzar la ambientación y a diferenciar los distintos momentos y escenarios de la aventura. También es importante destacar la presencia de la reseña histórica de Juan Pablo Rozas. Este complemento permite profundizar en la figura real de Mónico y ayuda a separar los hechos documentados de los elementos pertenecientes a la ficción. Es una decisión editorial muy acertada, porque evita que el lector termine confundiendo la aventura cronológica con la biografía auténtica del inventor.
Además, la historia plantea una reflexión interesante sobre la relación entre ciencia y responsabilidad. Durante mucho tiempo, la imagen popular del inventor ha estado asociada al genio solitario que crea algo extraordinario y cambia el mundo. Sin embargo, cualquier avance tecnológico tiene consecuencias. La electricidad puede iluminar una ciudad, pero también puede matar. Los rayos X pueden convertirse en una herramienta médica extraordinaria, pero su utilización exige conocimientos y precauciones. Y una máquina capaz de alterar el tiempo, por supuesto, es una pésima idea incluso antes de leer las instrucciones. La aventura de Mónico funciona así como una metáfora sobre el poder que proporciona el conocimiento. Saber más nos permite hacer más cosas, pero también aumenta nuestra responsabilidad sobre aquello que hacemos.

En ese sentido, este comic puede resultar especialmente interesante para lectores jóvenes. No porque intente convertir a Mónico en una especie de superhéroe científico, sino porque presenta la ciencia como una actividad vinculada a la curiosidad, la imaginación, el esfuerzo y la capacidad de hacerse preguntas. Y quizá ese sea uno de los mensajes más valiosos que puede transmitir una obra de divulgación: la ciencia no comienza cuando alguien conoce todas las respuestas, sino cuando alguien se atreve a preguntar por qué.
Al final, el mayor logro de «Mónico 1909. Crononauta» no consiste solamente en contar una aventura de ciencia ficción. Consiste en conseguir que el lector termine pensando en la persona que existió detrás del personaje. Mónico Sánchez fue real, salió de Piedrabuena, viajó hasta Estados Unidos, estudió, experimentó y terminó desarrollando una máquina portátil de rayos X en una época en la que la tecnología estaba cambiando el mundo. Por eso se demuestra que divulgar no significa aburrir, que la historia de la ciencia puede convertirse en una aventura y que un buen cómic puede hacer algo tan sencillo y tan importante como despertar la curiosidad. Porque quizá la mejor enseñanza que deja esta obra sea precisamente esa. Antes de inventar una máquina para viajar en el tiempo, conviene empezar preguntándose qué podemos aprender del pasado. Y para eso, afortunadamente, todavía no necesitamos electricidad de alto voltaje ni una visita de Tesla. Solo un buen tebeo y ganas de descubrir.
