Marvel Premiere. Instantánea Marvels: un clásico homenaje

Marvel tiene una curiosa habilidad para hacer que hasta el acontecimiento más apocalíptico parezca una tarde de tráfico en Madrid. Mientras los Vengadores están salvando el planeta, alguien pierde el coche; mientras Spiderman se dedica a balancearse entre edificios, un pobre desgraciado descubre que le han destrozado el escaparate; y mientras el Capitán América intenta arreglar Estados Unidos, algún ciudadano probablemente está intentando llegar a fin de mes sin que una invasión alienígena le reviente el alquiler. Porque, seamos sinceros, ser ciudadano del Universo Marvel tiene que ser agotador. Y precisamente de eso va este Marvel Premiere Instantánea MarvelsMarvel Snapshots Specials«), de toda esa gente que aparece en segundo plano mientras los superhéroes hacen el trabajo espectacular y ellos recogen los cascotes.

La propuesta recupera el espíritu de Marvels, aquella maravillosa idea de Kurt Busiek y Alex Ross que en 1994 decidió mirar el Universo Marvel desde el suelo, justo donde caen los edificios, las motos y, ocasionalmente, algún héroe con exceso de confianza. Un cuarto de siglo después, Marvel decidió volver a sacar la cámara de fotos y apuntar a los mortales. El resultado fueron ocho historias que recorren distintas épocas y rincones del Universo Marvel, con un ejército de autores dispuesto a demostrar que los superhéroes pueden ser interesantes incluso cuando no están pegándole una paliza a alguien. Y eso tiene mérito, porque hacer un cómic de Marvel sin que el protagonista se pase veinte páginas gritando el nombre de su ataque especial requiere cierto valor. Aquí Namor, los 4 Fantásticos, Spiderman, los Vengadores, los X-Men, el Capitán América y la Capitana Marvel están presentes, pero casi siempre como gigantescos satélites alrededor de personajes que normalmente no tendrían ni una viñeta de protagonismo. Son los extras de lujo de su propio universo. Y funciona sorprendentemente bien.

La primera parada es “Reunión”, con Alan Brennert y Jerry Ordway llevando a Betty Dean a un parque de atracciones junto a Namor. Lo que comienza con la pinta de acabar en algodón de azúcar, montañas rusas y alguna criatura marina haciendo horas extra termina convirtiéndose en una historia sobre las heridas de la guerra y las cicatrices que no aparecen en una radiografía. Namor regresa del conflicto mundial cargando con un trauma que no desaparece porque tengas poderes, sangre atlante y una musculatura capaz de provocar complejos hasta a una estatua griega. Betty es el verdadero corazón de la historia y Brennert entiende que el heroísmo también puede consistir en comprender a alguien que ya no es el mismo que antes. Ordway aporta ese dibujo clásico y elegante que parece decirnos que, aunque hayan pasado décadas, Marvel todavía conserva fotografías en sepia guardadas en algún cajón. Es una apertura sólida, nostálgica y bastante más seria de lo que uno podría esperar de una historia que empieza en un parque de atracciones.

Después llega “Glennville X-Siempre”, escrita por Evan Dorkin y Sarah Dyer, con Benjamin Dewey al dibujo. Y aquí Marvel demuestra que también puede hacer una historia sobre Johnny Storm sin que Johnny Storm tenga que incendiar absolutamente nada. La protagonista es Dorrie Evans, antigua novia del joven Johnny, que regresa al pasado mientras una reunión de antiguos alumnos sirve para desempolvar recuerdos. La gracia está precisamente en que no necesitamos otra aventura del Hombre de Fuego. Lo interesante es saber qué ocurre con las personas que se quedaron atrás mientras Johnny se convertía en miembro de los 4 Fantásticos, se enfrentaba a amenazas cósmicas y acumulaba suficiente material sentimental como para llenar una telenovela de sobremesa. Dorkin y Dyer construyen una historia tierna y cercana, mientras Dewey aporta un dibujo cálido y expresivo. Es de esas historias que empiezas pensando “vamos a ver qué me cuentan estos” y terminas con una sonrisa bastante sospechosa.

Donde el tomo empieza a sacar músculo de verdad es en “Los proyectos”, de Mark Russell y Ramón K. Pérez. Félix es un joven del Bronx con talento científico que recibe una oferta de IMA. Y claro, cuando una organización de supervillanos te ofrece trabajo, lo lógico sería preguntar por el salario, el seguro médico y cuántos compañeros han acabado convertidos en monstruos radiactivos. Félix tiene, sin embargo, problemas bastante más serios: pobreza, falta de oportunidades y la necesidad de ayudar a su familia. Russell vuelve a demostrar su capacidad para convertir una historia aparentemente superheroica en una bofetada social. Félix no es un villano de opereta. Es alguien que podría acabar tomando una mala decisión porque las circunstancias le han dejado pocas buenas. Ramón K. Pérez se luce con un dibujo dinámico y expresivo con ecos de otras épocas. El resultado es probablemente una de las mejores historias del tomo y una demostración perfecta de por qué el concepto de Marvels sigue funcionando: los superhéroes pueden ser espectaculares, pero las consecuencias las pagan quienes no tienen poderes.

Luego aparece “Y el resto los seguirá”, con Jay Edidin y Tom Reilly, centrada en un joven Scott Summers. Y aquí llega el pequeño problema de la colección. No porque la historia sea mala. De hecho, funciona estupendamente como relato de origen de Cíclope. El problema es que Marvels tiene una regla no escrita bastante sencilla. Queremos mirar a los superhéroes desde fuera, no meternos dentro de su cabeza mientras todavía están haciendo cola para convertirse en superhéroes. Scott es un futuro X-Men, no un ciudadano corriente contemplando el espectáculo desde la acera. Por eso la historia chirría ligeramente dentro del conjunto.

Por suerte, Howard Chaykin aparece después para recordarnos cómo se hace esto: “Planos aberrantes” nos presenta a Dutch y Ronnie, dos delincuentes de poca monta que intentan sobrevivir entre golpes menores, malas decisiones y esa maravillosa certeza de que probablemente la vida no va a mejorar por arte de magia. Spiderman aparece apenas unas viñetas, pero su presencia pesa como una sombra gigantesca. Y ahí está el truco. Chaykin no necesita que Spiderman protagonice la historia. Basta con que exista en el mismo universo para que estos dos pobres diablos tengan que lidiar con las consecuencias. El guion tiene ese aroma noir tan característico del autor, con diálogos afilados, personajes rotos y una suciedad moral que le sienta de maravilla al concepto. Chaykin demuestra que puede hacer una historia de Spiderman sin hacer prácticamente una historia de Spiderman. Y eso, en este contexto, es exactamente lo que se le pide.

Latidos”, de Barbara Randall Kesel y Staz Johnson, probablemente sea la joya más simpática del conjunto. Un paramédico, una enfermera y varios civiles quedan encerrados en un búnker mientras fuera los superhéroes hacen lo que mejor saben hacer. Convertir Manhattan en una zona de obras permanente. Y, mientras esperan a que termine el apocalipsis de turno, ocurre algo tan revolucionario como que dos personas empiezan a conocerse. No explota nada durante un buen rato y, sorprendentemente, nadie muere. Kesel construye una comedia romántica deliciosa que utiliza el caos superheroico como telón de fondo. Los protagonistas hablan de héroes como quien comenta el tiempo, porque en este mundo ver a Hulk atravesar una pared probablemente sea equivalente a nosotros viendo que ha llovido.

Con “El programa”, Saladin Ahmed y Ryan Kelly se meten de lleno en Civil War. Y aquí la broma deja paso a una historia bastante más política. Un trabajador de S.H.I.E.L.D. se encuentra atrapado entre el cumplimiento de las órdenes y su propia conciencia mientras las consecuencias del Acta de Registro Superheroico caen sobre personas corrientes. Lo interesante es que no estamos viendo a Iron Man y al Capitán América discutir sobre quién tiene razón mientras destruyen media ciudad. Estamos viendo al empleado que tiene que recoger los pedazos administrativos de aquella guerra civil. Y para cerrar aparece Mark Waid acompañado por Claire Roe con “¿Y tú quién eres?”, protagonizada por Jenni, una adolescente que no tiene demasiado claro quién es ni qué quiere hacer con su vida. Vamos, que tiene poderes o no los tiene, sigue siendo adolescente. No existe mutación capaz de solucionar eso. La historia conecta generaciones de héroes y demuestra cómo los personajes que admiramos pueden convertirse en referentes para quienes vienen detrás. Carol Danvers, Ben Grimm, los 4 Fantásticos y Kamala Khan aparecen como eslabones de una cadena de inspiración que termina llegando hasta Jenni.

Además, las cubiertas de Alex Ross funcionan como un estupendo recordatorio visual de la conexión con la obra original. Panini Comics presenta el material en un tomo en rústica de 264 páginas, con introducción de Kurt Busiek, artículo final de Pedro Monje, portadas originales y una galería de alternativas. En definitiva, este «Marvel Premiere de Instantánea Marvels» funciona porque recuerda algo que los cómics actuales de superhéroes suelen olvidar. Mientras Thor pelea contra dioses, Spiderman persigue delincuentes y los Vengadores intentan salvar el universo por decimoquinta vez esta semana, alguien tiene que volver a casa, encontrar el supermercado destruido y preguntarse quién demonios va a pagar la reparación.

No todas las historias alcanzan el mismo nivel y la de Cíclope se aleja demasiado de la premisa, pero las mejores entregas justifican sobradamente el viaje. Especialmente cuando Chaykin, Russell, Kesel o Waid encuentran ese delicado equilibrio entre nostalgia, humor y humanidad. El resultado es un tomo que no pretende competir con Marvels, sino recordar por qué aquella idea era tan buena. Porque quizá la verdadera superpotencia del Universo Marvel no sea volar, lanzar rayos, trepar paredes o levantar el martillo hechizado por Odín. Quizá sea sobrevivir viviendo en Nueva York cuando cada martes aparece un loco con poderes, cada jueves invade la ciudad un ejército alienígena y el viernes tienes que explicar al seguro que el agujero de la pared lo provocó “un incidente relacionado con los Vengadores”. Y eso sí que merece una serie propia.

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