Si alguna vez has pensado que vivir en la Edad Media debía de tener su encanto, te recomiendo una cosa. Lee «Memorias de Gris» (Memoires de Gris) y se te pasa. Porque una cosa es contemplar un castillo al atardecer, imaginarse a un caballero cabalgando heroicamente por un paisaje de postal y pensar aquello de «qué época tan romántica», y otra muy distinta es levantarse por la mañana, descubrir que el señor feudal necesita dinero para financiar una guerra que está a quinientos kilómetros y comprobar que, casualmente, el dinero lo va a poner el que viste y calza. Bienvenidos a Gris, un lugar donde la nobleza tiene privilegios, el clero tiene explicaciones para todo, el pueblo tiene hambre y la esperanza tiene la mala costumbre de morirse antes que los protagonistas. Vamos un lugar que no está muy lejos de la realidad cambiando espadas por pistolas.

Sylvain Ferret decide hacer turismo histórico y descubre que el pasado no estaba para tirar cohetes. Así nace Memorias de Gris, una fantasía medieval de 240 páginas publicada por Yermo Ediciones en un estupendo volumen cartoné de gran formato, en la que Ferret se ocupa de todo: guion, dibujo y color. Una decisión admirable. Gris es una tierra castigada por la guerra, los impuestos y la miseria. Es decir, un lugar tan mal gestionado que uno sospecha que el responsable de economía podría haber realizado un máster en administración pública contemporánea o ser primo de Montoro (quien sabe). La población está exhausta, las cargas fiscales son insoportables y los poderosos continúan viviendo estupendamente mientras los de abajo se preguntan si este mes podrán comer o tendrán que conformarse con una piedra especialmente nutritiva. El contexto, por tanto, es luminoso y optimista.
En medio de este maravilloso escenario reaparece Pierre de la Niebla, un caballero que regresa de las Cruzadas prácticamente muerto. Y digo prácticamente porque, para desgracia de la tranquilidad de todos, todavía le quedaban cosas pendientes. Entre ellas, reencontrarse con Marion, la curandera a la que abandonó muchos años atrás. Marion, que evidentemente no había tenido suficiente con la vida que le había tocado, decide devolverle la vida. Porque hay gente que, en lugar de aprender de sus errores, los resucita. Y aquí comienza el auténtico problema.

Pierre y Marion fueron amigos durante su infancia. Compartieron sueños, secretos y afectos, pero el tiempo, la guerra, las diferencias sociales y las decisiones equivocadas hicieron el resto. Lo que podría haber sido una bonita historia de amor acaba convertido en una especie de terapia de pareja medieval en la que, por supuesto, no hay terapeuta, porque bastante trabajo tiene la gente intentando no morir. Ferret construye la narración alrededor de ese pasado. Y lo hace utilizando abundantes saltos temporales. Muchos. Bastantes. Los suficientes como para que, en determinados momentos, el lector pueda sentirse menos leyendo un cómic y más participando en una oposición para funcionario especializado en cronología medieval.
El recurso funciona, porque permite descubrir progresivamente qué sucedió entre Pierre y Marion y por qué ambos han terminado siendo quienes son. El pasado no se entrega de golpe, sino que aparece fragmentado, como una serie de piezas que hay que ir colocando. El problema es que algunas piezas están escondidas debajo del sofá. Los flashbacks están diferenciados visualmente y ayudan a orientarse, pero aun así la estructura puede resultar exigente. Conviene estar atento a los personajes, las relaciones y las diferentes épocas. Aquí no sirve eso de «leo cinco páginas y me pongo a mirar el móvil». Cuando vuelves, Pierre puede estar muerto, vivo, siendo niño o haciendo algo completamente distinto, y uno empieza a sospechar que Ferret disfruta un poco demasiado con nuestra confusión. Pero hay que reconocerle algo: cuando todo empieza a encajar, la estructura adquiere sentido. Porque Memorias de Gris no es realmente una historia sobre un caballero y una curandera. Es una historia sobre las consecuencias. Sobre lo que hacemos cuando somos jóvenes y sobre cómo esas decisiones nos persiguen durante años. Sobre personas que intentan escapar de su pasado y descubren que el pasado tiene mejores piernas que ellas. Y en Gris prácticamente nadie puede presumir de tener las manos limpias.

Aquí no encontraremos héroes impolutos. Ni falta que hace. Ferret construye personajes ambiguos, contradictorios y profundamente humanos. La nobleza tiene sus miserias, los pobres tienen sus propias sombras y los personajes que podrían ocupar el lugar de los buenos tampoco tardan demasiado en demostrar que la pureza moral está sobrevalorada. En ese sentido, la historia bebe claramente del mito del arquero del bosque de Sherwood. Los pobres, los marginados, los desertores y todos aquellos a quienes la sociedad ha decidido que ya no necesita encuentran refugio en el bosque. Allí se organiza una resistencia contra los poderosos. Aquí nadie parece especialmente dispuesto a cantar mientras roba a los ricos. Hay hambre, violencia y desesperación. La gente no se convierte en rebelde porque haya descubierto una vocación revolucionaria durante una tarde aburrida, sino porque el sistema les ha dejado pocas alternativas. Cuando no tienes nada que perder, incluso una flecha dirigida hacia un recaudador empieza a parecer una inversión bastante razonable.
La ambientación medieval está magníficamente integrada en la historia. Ferret no necesita recurrir a una sucesión interminable de explicaciones históricas para mostrarnos la dureza del periodo. Basta con observar cómo viven los personajes. La pobreza, la desigualdad, las supersticiones y la violencia forman parte del paisaje. Y luego está Marion. Curandera, mujer y señalada como bruja. Una combinación estupenda si uno pretende vivir tranquilo en una sociedad dominada por el miedo y la superstición. Marion representa además esa frontera entre las antiguas creencias y un cristianismo cada vez más dominante. En un mundo donde lo que no se comprende suele acabar considerado maligno, saber curar puede convertirse en una profesión de riesgo.

La fantasía aparece precisamente por ahí. No domina el relato, pero introduce un elemento sobrenatural que amplía la dimensión del mundo. Ferret no convierte Memorias de Gris en un desfile de monstruos y hechizos. Aquí el componente fantástico es mucho más atmosférico y está subordinado al drama humano. Y probablemente sea lo mejor. Porque para ser sinceros, los seres humanos de este cómic ya hacen cosas suficientemente horribles sin necesitar la ayuda de un demonio.
Visualmente, Ferret mantiene esa misma filosofía. Su dibujo es oscuro, áspero y muy apropiado para el universo que está construyendo. Los escenarios están cargados de detalles y transmiten una sensación constante de desgaste. No hay demasiada belleza gratuita. Hasta los paisajes parecen haber pasado por una mala racha. La elección del color es especialmente importante. Gris es gris. Literalmente. La paleta apagada y los tonos sombríos convierten la atmósfera en una extensión del propio argumento. Aquí no hay cielos radiantes anunciando una nueva era de esperanza. Si aparece un rayo de sol, probablemente sea porque alguien se ha equivocado de álbum. Los cambios cromáticos también sirven para diferenciar las distintas épocas de la narración, aunque los saltos temporales pueden seguir generando cierta confusión. Los rostros de algunos personajes son relativamente sencillos y en determinados momentos cuesta identificar a unos y otros, algo especialmente delicado en una historia que obliga al lector a reconocer personas en diferentes etapas de sus vidas. Sin embargo, cuando Ferret se concentra en los grandes escenarios, el resultado es espectacular. Hay páginas de gran fuerza visual, panorámicas que transmiten la inmensidad del territorio y composiciones que consiguen que los personajes parezcan diminutos frente al mundo que los rodea. Y eso es exactamente lo que necesita la historia. Porque los protagonistas de Memorias de Gris no controlan realmente su destino. Creen hacerlo, pero siempre hay algo más grande que ellos: la guerra, la sociedad, la religión, la pobreza, la familia o simplemente sus propias decisiones.

En resumen, Sylvain Ferret consigue una obra ambiciosa, oscura y visualmente poderosa. No siempre es sencilla, no siempre es rápida y desde luego no es una lectura para quien busque una tarde de evasión luminosa. Pero sí ofrece una fantasía medieval adulta, amarga y llena de personajes imperfectos. «Memorias de Gris» demuestra que no hace falta inventar demasiados monstruos cuando tienes nobles, guerras, superstición, hambre y seres humanos intentando sobrevivir. Y quizá esa sea la auténtica moraleja del álbum: puedes viajar al futuro, viajar al pasado, morir, resucitar, enamorarte, rebelarte contra el poder y esconderte en un bosque. Pero los impuestos siempre encuentran el camino de vuelta. Como los ex. Como los malos recuerdos. Como las buenas historias.
