La Visión y la Bruja Escarlata: temed al segador

Casarse durante cincuenta años con alguien debería dar derecho, como mínimo, a una cena tranquila, una tarta con mucha nata y una jubilación sentimental con descuento. Pero si eres la Visión y tu esposa es la Bruja Escarlata, celebrar las bodas de oro significa abrir portales de muerte por medio mundo, resucitar al marido y volver a encontrarte con un antiguo enemigo que lleva años empeñado en convertir vuestro matrimonio en una experiencia todavía más incómoda. Porque en Marvel incluso los aniversarios vienen con villanos, cadáveres y traumas familiares. «La Visión y la Bruja Escarlata», publicado por Panini Comics, celebra los cincuenta años de matrimonio de una de las parejas más peculiares de Marvel con una historia que pretende mirar al pasado, recuperar elementos de la mítica etapa de Visión de Tom King y Gabriel Hernández Walta y, de paso, demostrar que en este universo nadie tiene derecho a morirse tranquilamente.

El volumen recopila los cinco números de The Vision & the Scarlet Witch, con Steve Orlando al guion y Jacopo Camagni y Lorenzo Tammetta encargándose del dibujo, mientras Ruth Redmond pone el color. Son apenas 120 páginas en formato rústica, suficientes para que Orlando vuelva a meterse hasta las rodillas en el universo de Wanda después de una larga relación creativa con el personaje. De hecho, si uno quisiera construir un pequeño altar dedicado a la Bruja Escarlata con todo lo que ha escrito Orlando sobre ella, ya tendría material suficiente para empezar a preocupar a los vecinos.

La historia parte de una idea bastante atractiva. Aparecen misteriosas puertas negras en distintos lugares del mundo que prometen a quienes se acercan algo que Marvel sabe vender especialmente bien: recuperar a sus seres queridos muertos. Porque si algo hemos aprendido leyendo cómics de superhéroes es que cuando alguien te ofrece hablar otra vez con un familiar fallecido a través de una puerta misteriosa, lo sensato es salir corriendo. El problema es que los personajes de Marvel tienen una relación bastante creativa con el sentido común, así que las puertas empiezan a atraer gente como si fueran oficinas públicas repartiendo milagros.

Detrás de todo está Grim Reaper, el Segador, uno de esos villanos que llevan tanto tiempo intentando matar a Visión que ya deberían tener una tarjeta de fidelidad. El personaje recupera aquí su histórica obsesión con el androide y vuelve a convertir la muerte en un asunto familiar. Y ahí entra Wanda, que tendrá que hacer lo que mejor se le da. Utilizar poderes capaces de alterar la realidad para solucionar un problema que, previsiblemente, terminará creando otros tres problemas nuevos y bastante más caros.

Aquí es donde Steve Orlando intenta jugar con la historia compartida de la pareja y, sobre todo, con la herencia de aquella magnífica La Visión de King y Walta. La referencia es evidente y, en determinados momentos, incluso resulta estimulante. Orlando entiende que Visión funciona especialmente bien cuando se explora la contradicción entre su apariencia humana, su naturaleza artificial y su deseo de comprender aquello que significa ser una persona. También recupera la relación con Wanda desde una perspectiva que intenta recordar que estamos ante una pareja con una historia bastante más complicada que un simple “se quieren mucho y lanzan rayos de colores”.

El problema es que el guion empieza prometiendo bastante más de lo que termina entregando. La primera mitad funciona razonablemente bien. Las puertas, la presencia del Segador, la investigación y el regreso de Visión crean una atmósfera interesante. Hay misterio, referencias al pasado y una sensación de que la historia puede desembocar en algo realmente potente. Uno incluso empieza a pensar que quizá Orlando ha decidido ponerse serio y aprovechar la ocasión para hacer una historia sobre identidad, muerte, duelo y las heridas que arrastra una pareja que ha vivido literalmente lo imposible.

Entonces llega la segunda mitad y es ahí cuando el cómic empieza a tomar una curva que no estaba señalizada. La relación entre Wanda y Visión adquiere un protagonismo cada vez mayor y, aunque la intención es comprensible, la ejecución resulta demasiado azucarada. La pareja parece recuperar por momentos una dinámica romántica que pasa por encima de buena parte de la historia que han compartido. Después de todo lo que han vivido, de todas las separaciones, tragedias, resurrecciones, hijos imposibles, manipulaciones y catástrofes cósmicas, resulta curioso que el guion termine acercándose a una especie de terapia matrimonial con superpoderes. El problema no es que exista romance. El problema es que el romance termina comiéndose la historia.

En el apartado gráfico encontramos a Jacopo Camagni y Lorenzo Tammetta, dos artistas que se reparten las páginas con bastante solvencia. Sus estilos encajan bien y permiten que el volumen mantenga una apariencia homogénea. El dibujo apuesta por una estética dinámica y de cierto aire caricaturesco, especialmente visible en las expresiones faciales. Funciona correctamente en las escenas de acción y permite que los momentos sobrenaturales tengan una personalidad visual bastante clara. Sin embargo, tampoco estamos ante un despliegue artístico que vaya a dejar al lector mirando las páginas durante diez minutos con la mandíbula desencajada. El trabajo es eficaz, pero bastante más funcional que espectacular. En una historia protagonizada por Wanda, Visión y el Segador, con puertas sobrenaturales apareciendo por todo el mundo y la muerte haciendo horas extra, había posibilidades para una propuesta visual mucho más inquietante.

Al final, «La Visión y la Bruja Escarlata» es un cómic que empieza con una puerta abierta hacia una historia estupenda y termina entrando por otra bastante más convencional. Tiene buenas ideas, cariño por los personajes y un Orlando que demuestra conocer muy bien a Wanda, pero también una segunda mitad más floja, unos diálogos que pierden fuerza y un tratamiento romántico que en determinados momentos roza el almíbar industrial. Como homenaje al matrimonio de Wanda y Visión, se queda corto. Como aventura de la Bruja Escarlata, funciona mejor. Y como intento de recoger el testigo de Tom King, demuestra algo bastante evidente. Puedes poner una casa llena de androides, cadáveres, brujería y puertas al más allá, pero conseguir que una historia sobre Visión tenga la misma fuerza que el otro tebeo requiere bastante más que llamar al Segador y esperar que haga el trabajo sucio.

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