Marvel Gold. Lobezno 2: conspiraciones, junglas y revoluciones

Comprar un tomo de Lobezno de casi quinientas páginas debería venir acompañado de una advertencia sanitaria: “Puede provocar nostalgia, necesidad compulsiva de volver a leer cómics de los ochenta y una preocupante tolerancia hacia argumentos que incluyen dictadores, conspiraciones internacionales y señores con garras solucionando problemas diplomáticos”. Pero uno abre el volumen, ve aparecer nombres como Archie Goodwin, Walter Simonson, John Byrne, Mike Mignola, Gene Colan, Howard Chaykin, John Buscema o Peter David y comprende que ya está perdido.

Panini Comics recupera en este segundo Marvel Gold dedicado al mutante canadiense «Wolverine/Nick Fury»: Scorpio Connection«, «Wolverine: The Jungle Adventure» y los números 17 a 30 de la colección regular. Son 486 páginas en las que Logan pasa de espía accidental a aventurero selvático, revolucionario involuntario, detective de los bajos fondos y hombre con una capacidad extraordinaria para convertir cualquier situación cotidiana en una carnicería internacional. Lo normal en la vida de un tipo cuyo plan A consiste en sacar las garras y cuyo plan B consiste en sacar las garras un poco más fuerte. Y precisamente ahí reside uno de los encantos de este Lobezno clásico. Todavía estamos ante un personaje que no necesita explicar su trauma cada tres viñetas ni descubrir un nuevo secreto familiar antes de la página diez. Logan sigue siendo ese tipo misterioso que parece haber vivido más vidas que un gato y que, cuando alguien le pregunta por su pasado, responde con una mirada amenazadora, una frase seca y la promesa implícita de que quizá sea mejor cambiar de tema.

El volumen arranca con «La conexión Escorpio«, una novela gráfica firmada por Archie Goodwin y Howard Chaykin que tiene la simpática particularidad de demostrar que, para hacer una gran historia de Lobezno, a veces lo mejor es quitarle protagonismo. Aquí el auténtico protagonista es Nick Furia, mientras Logan ejerce de secundario de lujo. Es como contratar a una estrella de Hollywood para que salga diez minutos en una película y descubrir que esos diez minutos son mejores que todo lo demás. Goodwin se marca una historia de espionaje clásico con conspiraciones, traiciones, agentes secretos, persecuciones y personajes que parecen llevar décadas sin disfrutar de una tarde tranquila. Chaykin, por su parte, dibuja a Nick Furia como un veterano de guerra que ha llegado a ese punto de la vida en el que ya no se sorprende de nada porque probablemente ha visto cosas que harían pedir la jubilación anticipada a cualquier ser humano razonable. El tono noir funciona estupendamente. La historia tiene esa atmósfera de cine de espías de los setenta y ochenta, con personajes que hablan como si cada conversación fuese a terminar con una traición y tipos que aparecen en lugares remotos con una facilidad que hoy requeriría tres escalas de avión y un máster en logística internacional. Lo mejor es que Logan no necesita convertirse en el centro absoluto de la historia. Goodwin entiende perfectamente que el personaje funciona igual de bien como detonante que como protagonista. Su presencia añade peligro, mala leche y ese particular sentido del honor que hace que uno pueda imaginarlo resolviendo cualquier conflicto mientras gruñe que él no se mete en asuntos ajenos.

Después llega «La aventura en la jungla«, con Walter Simonson al guion y Mike Mignola al dibujo. Y aquí la cosa se vuelve considerablemente más pulp. Logan termina en la Tierra Salvaje, porque evidentemente no había suficientes problemas en Madripur y alguien decidió que lo que necesitaba el mutante era un poco de selva, criaturas peligrosas y una amenaza de proporciones bíblicas. La historia es bastante más sencilla que lo anterior pero tiene un atractivo evidente: Mignola. Estamos ante un artista que todavía estaba desarrollando el estilo que posteriormente lo convertiría en uno de los grandes nombres del cómic, pero ya aparecen muchas de sus virtudes. Las sombras, las siluetas, las masas negras y esa capacidad para convertir una página en algo que parece salido de una película de aventuras rodada con presupuesto suficiente para comprar tres antorchas.

Entonces comienza la colección regular con los números 17 a 30, y aparece John Byrne. Porque si Marvel tenía un personaje mutante que estaba empezando a convertirse en una estrella y un dibujante que había contribuido decisivamente a convertirlo en una estrella, lo lógico era juntarlos y esperar que saltasen chispas. Byrne ya había dejado una huella gigantesca en la Patrulla X y conocía a Logan perfectamente. Su manera de dibujarlo sigue teniendo una fuerza extraordinaria. El canadiense parece permanentemente enfadado con el universo, con el vecino, con el precio de la gasolina y probablemente con la persona que dejó abierta la nevera.

El guion de Archie Goodwin cambia el escenario y abandona parte del ambiente de Madripur para introducir a Logan en una trama mucho más cercana al cine de acción de los ochenta. Revoluciones, repúblicas bananeras, conspiraciones, ciborgs, villanos megalómanos y referencias al nazismo que, vistas desde hoy, han envejecido bastante peor que el propio Lobezno. El resultado es un arco que apuesta descaradamente por el entretenimiento. No hay demasiada intención de detenerse a analizar las complejidades geopolíticas de la república ficticia de turno. Si hay una revolución, Logan se mete en ella. Si hay un ejército, Logan pelea contra él. Si aparece un ciborg, Logan intenta destriparlo. Si alguien tiene un plan maligno, probablemente debería haber comprobado antes si en la habitación había un canadiense con tres cuchillas en cada mano. Además, Byrne está especialmente cómodo cuando toca representar la faceta más salvaje del personaje. El entintado de Klaus Janson endurece todavía más el resultado, aunque en algunos momentos su acabado puede resultar demasiado contundente. Pero las composiciones siguen teniendo una fuerza enorme y dejan algunas páginas que justifican por sí solas la presencia del dibujante en el tomo.

La cosa cambia de nuevo con «Cegado por la nieve«, una historia corta escrita por Peter David y dibujada por Gene Colan junto a Mark Chiarello. Aquí regresamos a un ambiente más urbano y callejero, con un joven carterista que se mete en un problema considerable al robar algo que no debería haber tocado. Peter David aporta humor y humanidad, mientras Gene Colan demuestra una vez más que podía dibujar prácticamente cualquier cosa con una elegancia insultante. Es una historia pequeña, pero tiene algo que se agradece muchísimo: recupera al Lobezno de las pequeñas historias. Al tipo que no necesita salvar el planeta para resultar interesante. Basta con ponerle delante a alguien en problemas y dejar que haga lo que mejor sabe. A partir de ahí Jo Duffy toma las riendas. Aquí el tomo entra en terreno más irregular. Las ideas siguen estando ahí, pero el nivel baja ligeramente (bueno menos por John Buscema) y el apartado artístico se convierte en una especie de desfile de dibujantes. Barry Kitson, Bill Jaaska, Klaus Janson y compañía hacen un trabajo competente, pero tanta variedad termina afectando a la cohesión visual.

Es quizá el principal defecto del volumen: la irregularidad. No todo está al mismo nivel. Algunas historias son excelentes, otras funcionan como entretenimiento y alguna parece estar ahí porque alguien, en algún despacho de Marvel, decidió que ya que habían pagado las páginas, mejor publicarlas. Pero incluso los momentos menos brillantes tienen interés histórico. Estamos viendo cómo Lobezno pasa de ser una pieza importante dentro de los X-Men a convertirse en una máquina editorial autónoma. Marvel empieza a comprobar que puede meterlo en cualquier género y, sorprendentemente, el personaje aguanta.

La edición de Panini Comics sigue con el mismo nivel. Las 486 páginas en tapa dura convierten el volumen en un objeto contundente, algo que resulta especialmente apropiado cuando hablamos de Lobezno. Si alguien intenta robártelo, siempre puedes utilizarlo como arma improvisada. El papel, el color y la reproducción acompañan bien a un material que exige una edición generosa, y los extras son otro de los atractivos: portadas originales, material de Marvel Age, pin-ups, páginas a lápiz y otros documentos que permiten disfrutar también de la trastienda editorial.

En conjunto, este segundo Marvel Gold es una continuación muy disfrutable del primero y, sobre todo, una excelente radiografía del momento en que Lobezno comenzó a convertirse en uno de los grandes iconos de Marvel. El personaje todavía conserva misterio, mala leche y personalidad, pero ya empieza a sufrir esa enfermedad incurable que afecta a todos los personajes populares: la multiplicación. Más historias. Más especiales. Más apariciones. Más proyectos. Más Lobezno. Porque si una historia de Logan funciona, hagamos otra. Y si funciona también, otra. Y si vuelve a funcionar, metamos a Nick Furia. Y si eso funciona, una jungla. Y si la jungla funciona, John Byrne. Y si Byrne funciona, una revolución. Y si la revolución funciona, unos ciborgs. Y si los ciborgs funcionan, ya veremos qué demonios hacemos después. La respuesta, evidentemente, será Larry Hama.

Pero eso será en el siguiente volumen. Mientras tanto, este segundo Marvel Gold de Lobezno deja una conclusión bastante clara. Quizá Logan no sea el mejor planificador del Universo Marvel, pero sus cómics saben encontrar caminos para entretener. Puede que algunas aventuras hayan envejecido con la elegancia de una lata olvidada al sol, pero cuando el material despega, lo hace con una fuerza considerable. Y después de 486 páginas uno termina agotado, satisfecho y ligeramente preocupado por haber disfrutado tanto viendo a un canadiense cabreado atravesar conspiraciones internacionales con las garras por delante. Pero tranquilo. El factor curativo también funciona con los lectores. Solo hay que esperar al próximo Marvel Gold dedicado «al mejor en lo que hace».

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